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Etiquetas:   Análisis internacional   -   Sección:   Opinión

La ola balcanizadora

Isaac Bigio
Isaac Bigio
domingo, 11 de junio de 2006, 22:53 h (CET)
El término ‘balcanización’ proviene de la multiétnica península suroriental europea, donde suelen desencadenarse procesos de fragmentación estatal. El 21 de mayo, Montenegro se convirtió en el noveno país de dicho entorno en ir hacia una independencia internacionalmente reconocida en los últimos quince años. La ola de separatismos étnicos que surgió en el Este europeo desde 1991 es algo que ha ido impactando en América Latina y que podría influir en el impulso hacia movimientos regionalistas como los de Santa Cruz (Bolivia) o Zulia (Venezuela) o hacia la formación de autonomías indígenas.

El término ‘balcanización’ también fue usado para describir la fragmentación de la América hispana en 18 Estados (pese a que todos éstos comparten un mismo pasado colonial, lengua, cultura y credo). La última fragmentación latinoamericana fue cuando Panamá se separó de Colombia en 1903.

La ruptura de Montenegro marca un hito. Era la única de las ex repúblicas socialistas sin independizarse.
Desde entonces, América Latina ha mantenido cierta estabilidad en sus fronteras (salvo alteraciones fronterizas entre vecinos) y nunca ha ocasionado nuevas fracturas o a la conformación de nuevas naciones por criterios étnicos.

En cambio, desde esa fecha hasta la actualidad, Europa ha visto nacer unos 40 nuevos Estados (algunos de los cuales ya no existen), especialmente al final de las dos guerras mundiales y de la Guerra Fría. La ruptura de Montenegro marca un hito. Esta era la única de las ex repúblicas socialistas federadas que no se había independizado luego de que en 1991-92 se separaron las quince republicas soviéticas, cinco de las seis yugoeslavas y las dos checoslovacas.

Hace quince años, el nuevo nacionalismo étnico euro-oriental planteaba que habría que desmantelar el colectivismo, y por eso, en la pugna por el deseo de tener su propia propiedad, cada nación debería contar con su propio mercado para entrar así mejor en la globalización.

Esto impactó en las Américas, donde en 1992 se conmemoraba 500 años del desembarco de Colón y los pueblos nativos se organizaban para pedir restitución de derechos y tierras. El nacionalismo étnico llevó a movimientos autonomistas originarios, desde los inuits de Groenlandia y Nunavut (quienes consiguieron autogobierno) hasta los mapuches del sur chileno, y una ola de protestas indígenas desde Chiapas al Chapare (de donde salió Evo Morales, actual presidente boliviano). Los levantamientos indios tumbaron a presidentes en Ecuador y Bolivia, y eso repercutió para que por primera vez en Perú un ‘cholo’ llegue a la Presidencia (Toledo) y luego crezca el nacionalismo inca ‘humalista’.

Si hay una nación indígena que puede acabar en la secesión es la de los aymaras, quienes como los kurdos y vascos forman una comunidad compacta de lengua, tradiciones y creencias esparcida entre varios Estados. Dentro de ellos han llegado a tener fuerza tales posiciones como las del ‘mallku’ Quispe, que abogan por destruir la república blancoide boliviana y reemplazarla con el Qollasuyo.

Mientras la izquierda coquetea con el nacionalismo indio, la derecha incentiva el regionalismo, donde áreas ricas en oro negro (como Santa Cruz o Zulia) buscan crear autonomías pro libre empresa.

Por el momento, los sectores separatistas no cuentan con el respaldo de la mayoría de la población de dichas zonas; pero, si el proceso de fragmentación estatal étnica sigue avanzando globalmente, es posible que en América Latina empiecen a desarrollarse significativos nacionalismos étnicos y regionalistas.

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