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Etiquetas:   A sangre fría   -   Sección:   Opinión

El Estatuto y las hambres

Jesús Nieto

sábado, 10 de junio de 2006, 23:16 h (CET)
Con desdén, el mundo de las Ciencias Políticas ha desacreditado las tesis cínicas y certeras de Groucho Marx, quien estableció acertadamente que la política era el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados; y temo con amargura que a merced del patrón de esta afirmación, se estuviera cocinando nuestro presente histórico.

Pareciese como si acunados en un sueño continuo, con los sentidos bloqueados, los ciudadanos apenas acertásemos a caer en la cuenta de los tejemanejes políticos, hasta que ciertos detalles, nimios, nos recondujesen por la senda de lo real.

Lo real del Estatuto de Andalucía, ejemplo diáfano de la primacía de lo abstracto sobre lo concreto, ilustra en la actualidad el punto de simplismo de la política: de forma tal que el contencioso sobre el Guadalquivir ha hecho tronar tambores de guerra en el tan manido estado de las autonomías.

A vueltas con el Estatuto andaluz, digno es mencionar que asistimos a una oferta cerrada en su valoración, una disyuntiva diabólica plena de maniqueísmo, costumbre antidemocrática que campa a sus anchas por los parlamentos, y que incluso, se trasviste en consigna de fidelidad a unas determinadas siglas.

En Andalucía se ha pretendido cerrar el futuro de la comunidad con dos apuestas claras, indisociables y anacrónicas como modo de arreglar, entre fino jerezano y faralaes, los desaguisados cometidos por el errabundo ZP en la tierra de los payeses. Pero, lejos de debatirse la realidad intrahistórica de Andalucía, la brújula de la importancia se ha virado hacia la tendenciosa reconstrucción de la historia, escrita por las elites políticas, más duchas en mercadotecnia que en bibliotecas.

Sospecho con desazón, que el PSOE, que para algunos perdió la O con Solchaga, y anda camino de perder la E con Zapatero, no ha sabido conducir con madurez la necesaria reforma del estatus competencial de Andalucía por sí, y dentro de España. Que más bien, auxiliado de la impavidez de los andaluces, el PSOE ha puesto en peligro la sana refundación federal de España en pos de un proyecto posibilista y exangüe camuflado en el cajón de sastre del progresismo.

Triste Andalucía que nos espera, triste, triste. Triste tiempo este que nos acoge, tan deficitario de prohombres, estadistas razonables que comprendan que las hambres que tradicionalmente padece Andalucía y que con tanto empeño denunciara Carlos Cano, persistirán en el tiempo, tan reales o más, como la realidad nacional que se quiere imponer a ésta Bética de aceite y fandanguillo, de coplas y poetas, de califas y dolorosas.

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