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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Civiles guardias

Nieves Fernández
Nieves Fernández
sábado, 10 de junio de 2006, 19:08 h (CET)
Desde que el Duque de Ahumada en tiempos de Isabel II creara el Cuerpo de la Guardia Civil para acabar con los bandoleros, mucho ha cambiado la Benemérita, incluso en el color de sus trajes verdes, antes azules. Uno de los gestos más recientes a su favor fue cuando el nuevo Papa Benedicto XVI se colocó el tricornio, ese tricornio de charol tan temido en tiempos de Franco cuando Federico García Lorca en el Romancero Gitano escribía el Romance de la Guardia Civil española: “Con el alma de charol/ vienen por la carretera. (...) ¡Oh, ciudad de los gitanos/ la Guardia Civil se aleja/ por un túnel de silencio/ mientras las llamas te cercan.” Son menos jocosos estos versos que todos esos dichos graciosos sobre la rivalidad entre gallinas, gitanos y guardias civiles, humor que aún se refleja en humoristas actuales como Cruz y Raya.

Poniéndonos más serios, mucho ha sufrido la Guardia Civil en las últimas décadas por el terrorismo con esos 235 guardias civiles asesinados. Sus familiares y amigos han presenciado cómo eran condecorados con medallas que nunca disfrutarían o cómo eran para la sociedad un mero número del Cuerpo de Seguridad que daba la vida en el cumplimiento de su deber, eso decían. Los menos han sido condecorados en vida con cruces de plata y encomiendas como los guardias civiles que el año pasado rescataron el cuerpo sin vida de un espeleólogo rumano accidentado en una cueva asturiana. Pero hay otras misiones tan dignas de alabar que sólo saben los familiares de accidentados fallecidos, los heridos rescatados, los consolados o los inmigrantes que han llorado junto a ellos, los que han sido ayudados en carretera, aunque también alguna vez hayan sido multados.

Pero, ¡ay!, que la realidad española ha cambiado y un sector de la población inmigrante no llega aquí para trabajar sino para delinquir y la Guardia Civil se convierte en el vaivén de territorios que antes, autosuficientes y despreciativos, ahora piden y exigen seguridad a manos llenas. Y ahí van los nuevos agentes, los que no pueden patrullar si no son acompañados de agentes veteranos que les orienten. Para la Comunidad de Madrid llegan para el verano 250, sólo en la sierra norte aumentó la delincuencia un 20% y cuentan con 150 agentes para 150.000 vecinos. Para Andalucía llegan 700, 100 para Murcia, 200 para Galicia y para Castilla-La Mancha otros tantos, con la salvedad de que los castellano-manchegos han sido pioneros en solicitar sus servicios como unidad regional de la Guardia Civil para que se distinga de las unidades básicas del Gobierno, renunciando con ello a una Policía Autonómica.

Sin embargo, el traslado más polémico ha sido el de Cataluña, allí han llegado, muy provisionalmente, los 367 agentes que no sabemos, si saben o no catalán, pues si no es así no podrían permanecer allí si sale el referendo del Estatuto el próximo domingo, ya que no admite a personal que no tengan un nivel aceptable de catalán. Con la adquisición de la lengua autonómica o no, el caso es que los nuevos bandoleros del siglo XXI que tenían atemorizados a los vecinos de viviendas de zonas poco pobladas han sido detenidos y se han visto librados de ellos por estos agentes salvadores. Mucho podríamos hablar de los civiles guardias cuya mayoría pide a gritos una desmilitarización del Cuerpo y un derecho que ya ejercen sus compañeros autonómicos (forales, mossos, policías) la afiliación a un sindicato profesional para hablar a viva voz de los problemas que les afectan como colectivo laboral y para buscar soluciones a esas altas cifras de baja psicológica que a veces desembocan en suicidios y que representan la tercera causa de sus muertes.

Los del charol y civiles les llaman, picoletos y tricornios, sombreros por cierto que sólo usan en actos de gala y protocolo. Son los guardias civiles que habitan en las casas-cuartel, auténticos pueblos de solidaridad y compañerismo. En la actualidad, no todos y todas han nacido en España para colgarles tópicos sambenitos, algunos son chinos, australianos, polacos, ecuatorianos o argentinos. Son civiles de profesión que ayudan a otros civiles, dispuestos están a ir al norte o al sur, a garantizar los derechos de ricos o pobres, paisanos o inmigrantes, honrados o delincuentes o los que hablan una o varias lenguas, para que como dice su himno: “Viva honrada la Guardia Civil.”

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