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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Felicidad(es)

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
sábado, 10 de junio de 2006, 23:16 h (CET)
Para Aristóteles existían diferentes tipos de bienes. Diferentes por distintos en esencia, y por distintos en la posición que ocupaban en una supuesta jerarquía. En lo alto se encuentra un bien al que tiende el ser humano, cuyo conocimiento no es suficiente y su práctica es necesaria. Este bien excelente es la felicidad.

La felicidad de la que habla Aristóteles es, en pocas palabras, una actividad que debe ser realizada con disposición. Una actividad que debe estar relacionada con lo que es propio al hombre: la razón.

La razón del ser humano, aquello que le hace moverse por razones y no solamente por motivos, es por lo que éste se realiza como lo que es. Por eso, solamente quien actúe como lo que realmente es puede comprender lo que es la felicidad, pues solamente él accederá a una felicidad que no puede compararse al gusto de la planta por alimentarse y crecer, o el deleite del animal ante un pedazo de carne tierna.

Es decir, el placer que obtenemos mediante la satisfacción de necesidades nutritivas y sensoriales no puede ser la base de la felicidad humana, ya que si de esta manera fuese, a ella podrían acercarse también seres no-humanos.

Dos mil quinientos años después los placeres inundan nuestras preferencias. Nuestra felicidad hedonista (hedoné significa “placer” en griego) se interpone una y otra vez en nuestros intentos de razón. La vieja pugna entre cabeza y corazón, se resuelve frecuentemente con presteza hacia la parte que se opone a lo racional.

Además, nuestros derechos nos inducen a complacer nuestros instintos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en la que ninguna mención a los deberes se descubre, nos muestra el llamativo camino de la libertad. El problema es que la libertad se dibuja como el derecho a ser respetado y no como el deber de respetar.

Por ello, nuestra concepción de la felicidad tiene mucho que ver con el “hacer lo que queramos” en sentido amplio. Bajo esta etiqueta colocamos comportamientos tanto violentos como afectivos, muchas veces desmesurados. Los comportamientos violentos se erigen entonces como la vía más rápida (si no la única) que conocemos para resolver los conflictos entre personas. Y ello contribuye de forma incontestable a nuestra libre felicidad.

Felicidad que se basa en el placer que la satisfacción sensible inmediata proporciona y que, por eso mismo, no puede estar muy lejos de la vida animal y vegetal. Quizás filtrando los impulsos por la prudencia de la razón todos seríamos más felices. En ocasiones no solamente es necesario ser humano, sino parecerlo.

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