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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Dos destellos de normalidad

Pascual Falces
Pascual Falces
jueves, 8 de junio de 2006, 23:20 h (CET)
Uno, reciente, de esta misma mañana del miércoles 7 de junio de 2006; y, se ha visto por televisión, cuando un campechano y descamisado oficial de algún Juzgado de Pamplona, ha irrumpido en un Hotel con un oficio entre las manos para anunciar a los “vascos”, allí presentes, que la rueda de prensa que iban a iniciar era ilegal y, por tanto, tenía que ser suspendida. En efecto, así ha sido, y se fueron, y “no hubo nada”.

Los ediles suelen ir acompañados, por si acaso, y como así ha sido, también, por alguna pareja de policía que refuerza con su presencia la envergadura de la disposición que se anuncia en el papel oficial. Así ha su cedido, y, se ha visto a dos policías nacionales, normales y corrientes, reforzando con su seria presencia la razón escrita que exhibía el oficial judicial. No llevaban el rostro tapado por un pasamontañas: normal. Salvo en las provincias vascas, pocas, o ninguna, policía del mundo lleva en sus actuaciones de orden algo que evita ser reconocidos. Todos sabemos la conocida frase del matón de turno: “No se me olvidará tu cara”, o “sé donde vives, y conozco a tu familia”.

Esto, sólo tiene un nombre: miedo. Y, por muchas vueltas que se dé, la policía autonómica vasca, habitualmente con pasamontañas, traduce el miedo de toda la sociedad que reside en esas provincias, ante la siniestra amenaza etarra, con “alto el fuego” o sin él. Miedo -llámese precaución, o medidas de seguridad-, que los más sobresalientes, por ser objetivos señalados, neutralizan exiliándose, o con escoltas permanentes. Aunque, no todos tienen ese miedo, ni llevan escoltas, todo depende de qué lado están sus simpatías políticas. Unos, extreman sus medidas de “precaución”, y otros, pasan olímpicamente de ellas. ¿Por qué será?... está claro, y el que tenga alguna duda es que es un inocente en extremo, o se ha caído de un guindo, que según el diccionario significa “caerse del nido”, es decir, ser un polluelo.

El otro destello de normalidad es más lejano, y se remonta a los días siguientes al asesinato de Miguel Ángel Blanco, que, de alguna manera, irritó de tal modo al ciudadano normal y corriente, que en los alborotos que se sucedieron, la “gente de la calle” en Ermua, armada de valor ante aquella provocación, se lo infundieron a los miembros del orden autonómico, y, estos –se vieron varios-, se despojaron del pasamontañas, y a cara descubierta actuaron en las calles. Poca resonancia tuvo aquel acto de valor, pero existió, y en los archivos de televisión seguro que son fáciles de encontrar.

No existe comparación alguna, entre ambos casos, salvo en lo “normal” de que la policía, sea la que fuere, actúe a cara descubierta. Ya se sabe, que, otra cosa muy distinta es la actuación de los Cuerpos especiales, que, pintados, o tapados, ganan a su favor la sorpresa para actuar; lo que es el conocido “camouflage”. Pero mientras esto ocurra en el ordinario cumplimiento de sus funciones, indica algo altamente anómalo y preocupante en la sociedad a la que sirven. Si la policía se tapa la cara, ¿quién se atreve en un caserío, donde se conocen todos, a depositar con libertad su voto?... o, ¿a decir en voz alta lo que piensa, en el supermercado, en el chiringuito, o en la peluquería?

Se habla mucho de “violencia”, para sustituir, eufemísticamente, al “estado de terror”; sin necesidad de llegar al acto terrorista, ni que la sangre llegue al río. Pero, la psicología de un pueblo que vive y respira en esas condiciones, es lo que se denomina “psicopatología”, y bien justificada está, porque todo el mundo sabe que el miedo es libre. Es conocido que el principal problema de la justicia italiana para acabar con la lacra de la mafia siciliana, es la “omertá”, la ley de silencio impuesta por el temor de ser la siguiente víctima del disparo de una “lupara”, la asesina escopeta de caza con cañones recortados que cabe en cualquier parte. Mientras los pasamontañas no desaparezcan, y tan sólo quede en el mundo el ridículo disfraz de Sebastián Guillén, el mexicano más conocido como “subcomandante Marcos”, la sociedad servida por tales servidores enmascarados no está sana; algo muy profundo la aqueja, y esa es la tarea común más apremiante, devolverle la normalidad.

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