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Etiquetas:   El mundo al revés   -   Sección:   Opinión

Puntos de vista

José David Gálvez
Redacción
jueves, 8 de junio de 2006, 03:02 h (CET)
Hoy he recordado una curiosa situación que le pasó a un amigo, al que mencionaré como E, y ello me ha motivado a escribirla para que los lectores vean cómo cambia una historia dependiendo del punto de vista con el que se mire.

La situación comienza con mi amigo E apoyado en uno de los laterales de las puertas del vagón que sólo se abren en ciertas estaciones del metro. E, iba escuchando música, distraído y con la mirada perdida, esperando llegar a la estación de Avenida de América. En ésto, una chica que estaba a su lado se prepara para salir en dicha estación. La mala suerte quiso que, al ir a colocarse el bolso, la chica metiera su brazo por el hueco entre el cable de los auriculares y E.

Al abrirse las puertas, E que no se había percatado de la situación, es arrastrado por los cascos detrás de la señorita. Una vez se percata de la situación, se desprende de los cascos mientras camina justo detrás de la susodicha mujer y pega un tirón para desenganchar los auriculares. Lejos de conseguir su objetivo, los auriculares quedan enganchados en una hebilla del bolso.

La chica se da la vuelta, mira a E con cara de pocos amigos y continúa la marcha aumentando la velocidad. E, que permanece enganchado con una cara que podría ser una mezcla entre la sorpresa y la vergüenza más absoluta, aumenta la marcha y comienza a dar pequeños tirones para conseguir desenredar el cable, mientras sube a trompicones la escalera mecánica detrás de la señorita.

Al comprobar que los pequeños tirones no surten efecto, aumenta la fuerza de los mismos. Tras un par más de intentos fallidos, desesperado, decide darle un último gran tirón. Se prepara, y lo da. Con tan mala suerte, que el brazo de la chica sale despedido hacia atrás rápidamente golpeando a mi amigo en sus partes nobles. E, se dobla, totalmente roto por el dolor, y gime, cerca del oído de la chica, que había quedado más o menos a la altura de su boca, algo así: ¡Ungh!

La chica, roja por la ira y la vergüenza, se da la vuelta, abofetea a mi pobre amigo mientras le espeta: ¡Guarro! En ése momento, el cable se desengancha y la chica continúa su marcha sin haberse percatado de que éste se había enganchado. E, doblado por la cintura y casi sin poder decir nada por el dolor, consigue farfullar: perdon... La gente le responde con miradas de desprecio y hoscos gestos, que denotan sus pensamientos hacia E.

Abatido y dolorido, E continúa su viaje en dirección al hogar bajo la atenta mirada de la gente, que se aleja de él. Como dice el refrán: "Encima de cornudo, apaleado".

Por eso señores, sean cautos antes de juzgar a alguien. Ya que un malentendido como éste, mal interpretado, puede resultar algo muy distinto. Antes de juzgar, asegúrense. Y amigos, si les ocurre alguna vez algo parecido, intenten decir algo. Los humanos tenemos tendencia a complicarnos la existencia, ya lo sé, pero en vez de intentar enrevesadas soluciones, prueben primero la más sencilla, la de la palabra.

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