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Etiquetas:   A sangre fría   -   Sección:   Opinión

Muerte de un ciclista

Jesús Nieto Jurado

domingo, 4 de junio de 2006, 01:46 h (CET)
Habíamos disfrutado de las pedaladas, del esfuerzo. Contemplábamos con admiración entregada el espectáculo del músculo y la fibra, del piñón y la rueda. El teatro de las cunetas y los caminos. El serpenteo de la bicha multicolor. No percibíamos el peligro o la amenaza que el dopaje pudiera acarrear a un deporte que considerábamos sin mácula en las plácidas tardes de julio ante el televisor.

Hoy todo ha cambiado. La “Operación Puerto” de la Guardia Civil ha puesto a la luz pública y judicial la cara oculta del ciclismo, la faz corrupta de un deporte que ha trasmutado en un breve intervalo de tiempo, de ser materia de héroes olímpicos a una tragedia griega. Había habido señales que indicaban la cercanía del monstruo putrefacto de la trampa. Tantas muertes en el apogeo de la fama indicaban un funesto presagio, que sin embargo, era continuamente ocultado por los directores. El misterio del bidón.

La prensa deportiva podrá ejercer de adalid de la limpieza en el deporte, pero muchos tours, giros y vueltas, había comulgado con las explicaciones de los directores en los cafés en los que departían sobre las etapas.

Conocí a fondo el mundo ciclista, y por esta razón no puedo dictar normas morales a nadie, dado que el ciclismo, como metáfora del mundo que habitamos, exige conocer la ley y la trampa. El ciclismo no deja de ser una competencia feroz por la victoria, igual que el deporte, que la vida, y así, habrá que comprender y no prejuzgar sin conocimiento al ciclista, como víctima solitaria del enjuague de médicos y de directores.

Las muertes en el ciclismo han mitificado este deporte, lo han barnizado de un brillo cegador de poesía y muerte, algo similar a lo que Hemingway experimentaba al contemplar una corrida de toros. Desde la muerte de Tom Simpson en el Mont Ventoux, la vida y la muerte conforman el equipaje del rodador.

Más muertes se sucedieron. El Chava Jiménez, Ocaña o Marco Pantani, capaces de lo mejor y lo peor en la carretera. El ciclista es la víctima del sistema, como el ciudadano, y no merece ser demonizado con apriorismos. Pienso que el ciclista amateur que llega a un equipo profesional desde las categorías inferiores es un peón analfabeto en asuntos de dopaje, fácil de convencer con los argumentarios de la victoria. El señuelo del maillot amarillo llama a usar aquello prohibido para no decepcionar al pueblo, al padre, al hermano.

El ciclista es la última pieza de un engranaje profesional de patrocinadores, entrenadores y masajistas. El ciclista dopado es el becario sin asegurar, el inmigrante sin papeles. La esperanza les hace infravalorar su propia vida, su dignidad.

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