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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Lejana Java

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 4 de junio de 2006, 01:46 h (CET)
Hoy han muerto 3.000 personas en el terremoto de la isla de Java, comentábamos el sábado entre un grupo de amigos. Algunos oídos se hicieron eco rápidamente, otros se perdieron con el deleite de sonidos nocturnos más naturales, pero los más se apoyaron en la repetición del escalofriante dato. ¿Cuántos?, ¿has dicho 3.000? Hubimos de insistir en la noticia. Nada sabían. Los medios de comunicación hacen a veces grande lo pequeño y pequeño lo grande con sus retóricas y flashes iluminados. Además, Java nos queda lejos, toda Asia nos queda demasiado lejos como para inmutarnos por noticias así; igual nos ocurre con sus volcanes, como el volcán Merapi, o “montaña de fuego”. La montaña hizo honor a su nombre hace unos días y escupió a lo bestia su apellido sacando una lengua de cuatro kilómetros de lava. Quizá sea esa fuerza incendiaria y destructiva por lo que en Yogya o Yogyakarta (Indonesia) consideran a Merapi como un lugar sagrado, tan sagrado como el turístico Palacio del Sultán que quedó deteriorado tras el seísmo.

Según el Centro de Vulcanología no tiene nada que ver que el volcán se active para que a los pocos días la misma zona se vea castigada y sufra un terremoto infame capaz de matar no ya a las 3.000 primeramente apreciadas, sino a las 6234 personas, dejando a más de 20.000 heridos y a 200.000 ciudadanos sin casa, y eso que según las escalas sísmicas el terremoto del 27 de mayo de 2006 fue un terremoto de no demasiada intensidad. Estas cifras podrían haber aumentado si la población no hubiera estado alerta con abundante ayuda de emergencia a tan sólo 50 kilómetros del lugar del desastre, ya que disponían de una concentración de bomberos, médicos y medicamentos y abundante material de auxilio. Las gentes oriundas aseguran que fue el mismo Merapi quien avisó desde sus entrañas de la tragedia.

De España les llegó ayuda humana y humanitaria con los cooperantes de Cruz Roja y Médicos del Mundo, también allí fueron sorprendidos un grupo de turistas españoles que quedaron ilesos y ya vienen de vuelta y se dio el aviso de que no lleguen más turistas a una isla que tiene en el turismo su base de ingresos.

Las autoridades intentan tranquilizar y aseguran que gracias a la ayuda internacional tienen mantas y medicinas y que la comida se distribuye bien entre la población. Pero en otros momentos reconocen que están desbordados y no pueden atender a tantos afectados, además los hospitales están repletos de heridos que no pueden volver a su casa porque, desgraciadamente, no tienen casa. La próxima semana comienza la reconstrucción de una geografía tan castigada por los desastres naturales que no da abasto, y es que es la misma zona que quedara devastada por el tsunami hace un año. De momento, podemos ver imágenes de enfermos sentados en el suelo, amontonados, sujetándose ellos mismos la botella de suero y dando gracias por que pueden contarlo.

Es Yogya una ciudad y provincia desconocida y lejana para nosotros considerada como la capital cultural de Indonesia, centro de arte clásico y ciudad universitaria. Una ciudad donde antes destacara la música y la poesía. Hemos encontrado a dos poetas indonesios que pueden describir con sendos poemas la situación de horror vivida. El primero es W.S. Rendra quien nos dirá en uno de sus poemas: “Las personas pobres también son hijos de Abrahán. Las personas pobres que viven en las cloacas, que han perdido sus batallas, que están concentrados en sus sueños. (...) Las personas pobres toman sus cuchillos y los blanden hacia nosotros, o hacia sí mismos.” El segundo poeta indonesio es Sutardji Calzoum-Bachri y nos muestra una “fuente de lágrimas” pues así se titula su poema. “Fuente de mis lágrimas, fuente del dolor, fuente de nuestras lágrimas, fuente de nuestras tierras, aquí y ahora nosotros cantamos nuestras lágrimas en la fertilidad de vuestras tierras ocultamos nuestro dolor tras las grandes fachadas de vuestros edificios buscamos esconder nuestro sufrimiento, buscamos ocultar nuestra tristeza y enterrar el llanto...” Nos llega la noticia lejana de que un pobre bebé de un año ha sobrevivido tras estar dos días bajo los escombros escondiendo su tristeza y su llanto.

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