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Opinión
Etiquetas:   Reflexión   Everest  

El Everest, de cima inaccesible a víctima del mercantilismo turístico

“La actividad humana es peor para la naturaleza que el mayor accidente nuclear de la historia” Martin Cruz Smith
Miguel Massanet
lunes, 27 de mayo de 2019, 16:55 h (CET)

Es posible que estemos viviendo, en muchos aspectos de la vida, lo que se podría denominar como un periodo especialmente rico en avances científicos, un progreso impactante en los conocimientos que la humanidad viene adquiriendo en cuestiones físicas, médicas, espaciales, técnicas, descubrimientos inéditos de la naturaleza que nos rodea, investigaciones exitosas sobre el principio del universo y viajes nunca soñados para visitar a nuestros planetas más cercanos y ello, evidentemente, está muy provechoso para la humanidad porque significa alcanzar metas nunca soñadas acerca de la forma de tratar enfermedades que hasta ahora se consideraban incurables y a obtener informaciones, casi inmediatas, sobre sucesos que se producen a miles del quilómetros del lugar en el que nos hallamos o ir avanzando a grandes zancadas hacia formas distintas e impensables de organización de la propia humanidad. El salto de gigante que hemos dado en poco menos de un siglo ha superado en importancia, en beneficios para la raza humana y en conocimientos esenciales para el futuro de los habitantes del planeta Tierra que, sin duda, les llevarán a alcanzar metas que, ni remotamente, las generaciones que nos precedieron y nosotros mismos, nos hubiéramos atrevido a imaginar.

Aun siendo cierto todo lo dicho deberemos reconocer que, hoy en día, serían consideradas como démodée, narraciones de aventuras fantásticas que nos mantuvieron enganchados a lecturas que absorbían por completo nuestra mente, incapaces de apartar la vista de aquellas historias, siguiendo los fantásticos relatos que, escritores como Julio Verne, Emilio Salgari, Ruyard Kipling, Mark Twain, Alejandro Dumas y todo un etcétera de autores de relatos fantásticos que nos permitían salir de nuestra rutina diaria para vivir, en nuestra imaginación, todas aquellas aventuras que se desarrollaban en tierras ignotas donde tenían lugar, en escenarios fantásticos, sucesos increíbles a cargo de carismáticos personajes como como Phileas Fogg y su fiel ayudante Passepartout de “La vuelta al Mundo en 80 dias” o las aventuras de “Un capitán de 15 años” o las proezas de los piratas asiáticos al mando del mítico Sandokan, el tigre de Mompracén y de su amigo el capitán Yañez, sin olvidarnos de Mogli, el niño lobo, del Libro de las Tierras vírgenes o la aventura épica de Gunga Gin. Sin duda alguna, la realidad del mundo actual en el que vivimos y los avances que, en todos los terrenos, han tenido lugar durante los últimos cien años, han empequeñecidos aquellos relatos que entonces veíamos como algo imposible, hasta el punto de dejar reducido a la categoría de un simple juguete al imponente submarino del capitán Nemo, de “Veinte mil leguas de viaje submarino”, una narración que cuando la leímos por primera vez, obviando las prolijas descripciones que el autor, un perito en la materia, hacía de toda la fauna marina, nos trasportaba al fondo de los mares mediante un medio de transporte que, en la época en la que Verne la escribió, era totalmente impensable que, un artefacto como aquel, pudiera llegar a existir.

Cuando sir Edmund Hillary y el sherpa Tenzing Norgay coronaron el Everest (Himalaya) el 29 de mayo de 1953, siendo los primeros en lograr esa hazaña, el mundo tembló. Aquella proeza fue celebrada en todo el orbe, especialmente en el terreno del alpinismo, ya que nadie consideraba, por las especiales circunstancias y dificultades que acompañaban aquella difícil escalada, que fuera posible alcanzar la cima de aquel monte de 8.598 metros hasta la cresta sureste. Hace unos días, lo que se ha convertido en un sustancioso negocio para países como Nepal, que han transformado, lo que fue aquella difícil escalada del Everest realizada por Hillary, en algo parecido a una meta turística a la que se puede llegar, acompañados de sherpas perfectamente entrenados y mediante botellas de oxígeno que permiten respirar en alturas donde los hombres difícilmente podrían hacerlo, en algo rutinario. Campamentos base perfectamente avituallados, equipos adaptados a las especiales circunstancias de aquella escalada, todo ello organizado por el Ministerio de Turismo del Nepal, ha hecho que la hazaña de Hillary (se dice que, sin la ayuda del sherpa que lo acompañó, no lo hubiera conseguido y, no obstante la fama se la llevó el neozelandés) pareciera una hazaña al alcance de cualquiera que tuviera dinero para pagarse un buen equipo y un sherpa bien adiestrado para la expedición. En algo que, como se viene demostrando, está al alcance de multitudes que, como ha ocurrido recientemente que una expedición de doscientas alpinistas, han sido capaces de coronar en grupos de 200 la vez, una de las cimas del Everest. Incluso han tenido que guardar turno para poder alcanzarla, tal y como ocurriría en cualquier cine de una ciudad en la que se proyectara una película de éxito.

Pero el monte Everest se resiste todavía a convertirse en un hazmerreir entre los llamados ocho miles del Himalaya y, de tanto en tanto, como ha venido sucediendo desde que se inició esta primavera, se cobra su peaje particular, como ha sucedido con las siete víctimas humanas que han pagado con su vida el intento de acometer la escalada del coloso. Seguramente, si Edmund Hillary pudiera ver en lo que ha acabado aquella proeza que llevó a cabo cuando coronó la cima del monte en 1953, probablemente acabaría pensando que no valía la pena tanto esfuerzo, tanto padecimientos y tanto riesgo para que, al cabo de los años, gracias a la mercantilización de aquella empresa y de los medios modernos para facilitarla, el escalar el Everest se había convertido en un simple paseo para aquellos que estuvieran dispuestos a pagar lo suficiente para hacerse llevar a la cumbre.

O así es como, señores, desde el punto de vista de un ciudadano de a pie, hemos llegado al convencimiento de que el materialismo, los intereses económicos, la avaricia, la masificación de los viajes, la vulgarización de las maravillas de la naturaleza puestas al alcance de las masas que, aparte de ser incapaces de valorar aquellos lugares maravillosos, como es la cima del Everest, respetando la singularidad y magnificencia de aquel santuario natural, lo han convertido en un vertedero de basura abandonando toda clase de deshechos y plásticos, capaces de convertir, uno de los parajes más valorados por quienes son verdaderos amantes de la naturaleza, en el vertedero situado a mayor altura de toda la Tierra. Seguramente será por aquello que el proverbio ya advierte: “No se hizo la miel para la boca del asno” (El quijote)

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