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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Aquí vive la marimorena

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
viernes, 2 de junio de 2006, 22:30 h (CET)
La explosión de estridencias ha tomado el curso de nuestras vidas sin pedir permiso a la vida que queremos vivir. Tanto afanarnos por el progreso para despojarnos del silencio. El jaleo en la calle ya no respeta ni las horas de sueño, ni los dobles acristalamientos, nada de nada. Desde que se dejó de trabajar buscando a Dios en el silencio, la olla de grillos se ha destapado, ha cogido más fuerza, y cada cual lanza su jaleo, con su gresca motivada. El alboroto está servido y nos lo sirven a chasquido vivo. Aquí vive la marimorena, porque somos la era del ruido y pocas nueces. Las ciudades se llevan la palma y el palmarés. Pienso, pues, que va a ser muy difícil, por más que el Ministerio de Medio Ambiente corteje a los distintos Consejeros de las Comunidades Autónomas, poner tranquilidad en el guirigay, aunque la esperanza es lo último que se pierde.

La marimorena está de un subido imparable. Le importa un rábano que nos quedemos sordos. Da igual que le digamos que sus andares nos golpean el tímpano, que su estela de contaminación acústica nos manda al otro barrio y que ya no podemos aguantar esta herrería como vecindad. Al parecer, es el peaje que debemos de pagar por formar parte de los países industrializados. Para empezar, resulta chocante la contradicción entre la belleza injertada por el universo y la siembra de contaminantes en la que el ser humano es un productor de primera. Por muy prosaicos que seamos, no podemos aceptar ser juguetes de un progreso destructivo y reductor de calidad de vida. Esta situación provoca una cantinela de inestabilidad e inseguridad que a su vez favorece corrientes poco limpias; donde el acaparamiento, el capricho y la prevaricación campean a sus anchas.

Ante el extendido deterioro ambiental sólo cabe la concienciación ecológica, algo que tenemos olvidado en el baúl de los recuerdos, a raíz de alejarnos del horizonte de la moralidad. Por ello, veo muy positivo, que para hacer frente a los perjuicios causados por la rueca de ciscos contaminantes, el Ministerio de Medio Ambiente de luz a un Reglamento sobre el Ruido que va más allá de la transposición de la Directiva Comunitaria 2002/49/CE. Es hora, desde luego que sí, de abordar un tratamiento generalizado de la contaminación acústica, con especial atención a la actuación preventiva, la planificación acústica en la ordenación territorial y la incorporación de los conceptos de evaluación y gestión del ruido ambiental. Si la norma se lleva a rajatabla, como es de justicia, quizás estas preguntas que hoy están en el aire, puedan contestarse. Yo las dejo, a su consideración: ¿Cómo puede permitirse todavía que el desarrollo acelerado se vuelva contra el hombre? ¿Cómo prevenir las destrucciones al medio ambiente que amenazan con destruir la vida? Y, además: ¿Cómo solucionar los efectos negativos que ya se han producido?

Ciertamente, subrayo, que se precisan con urgencia espacios de vida donde los silencios ganen la batalla a los ruidos, a los contaminantes y a los contaminadores; porque, no nos confundamos, el bienestar humano está profundamente marcado por su hábitat. Los modelos consumistas de la marimorena se tragan todos los recursos naturales. Propongo, en consecuencia, que los mapas del ruido capten su endiosamiento, apliquen los reglamentos sin titubeos, caiga quien caiga como dice un programa de la tele.

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