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El deshielo ortodoxo-católico

Vladimir Simonov
Redacción
jueves, 1 de junio de 2006, 23:59 h (CET)
En las relaciones entre la Iglesia Ortodoxa Rusa y la Santa Sede se opera un brusco viraje hacia su mejoramiento, según muchos indicios. Quedaron en el pasado los tiempos tétricos en que el Patriarca de toda Rusia y el Sumo Pontífice mantenían la posición de unos sordomudos incapaces de dialogar. Hoy día, la Iglesia Ortodoxa Rusa y la Católica muestran la comprensión de la necesidad de acercarse mutuamente a los retos comunes, tales como la islamización de Europa y un liberalismo agresivo que mina a la tradicional moral cristiana.

Uno llega a hacer esta conclusión al conocer los resultados de la reunión celebrada hace unos días en el Vaticano entre el metropolita Cirilo, jefe del Departamento de Vínculos Eclesiásticos Exteriores del Patriarcado de Moscú, y el Pontífice Benedicto XVI.

La audiencia estuvo precedida por la ceremonia de consagración de la iglesia de la Santa Mártir Catalina, el primer templo ortodoxo abierto en Roma en toda su historia, en la cual ofició Cirilo. Antes era imposible imaginarlo: desde la iglesia de la Santa Catalina se puede ver la catedral de San Pedro. Hoy día, muchos jerarcas de ambas confesiones cristianas interpretan esta circunstancia como un símbolo importante. Ha llegado la época en que las dos Iglesias mundiales no pueden esquivar la necesidad de cooperar para defender juntas los valores cristianos amenazados seriamente.

Sería ingenuo ver esta amenaza sólo en una vertiginosa multiplicación de la población musulmana en muchos países de Europa Occidental, donde el número de mezquitas dentro de poco puede exceder el de templos cristianos. Es más alarmante, al parecer, que la democracia en su interpretación tradicional admita unas manifestaciones de los derechos y las libertades del individuo no restringidas por ningunas normas morales. Como resultado, el bien traspasa la línea divisoria que lo separa del mal. “Si la libertad se realiza al margen del sistema de valores morales, ello provoca un desenfreno de instintos que puede tener consecuencias horribles, las que harán estremecerse al mundo”, ha advertido el metropolita Cirilo en rueda de prensa celebrada en Roma al término de su reunión con el Sumo Pontífice.

Esta manifestación se nutre de las ideas que últimamente intentan promover enérgicamente los jerarcas de la Iglesia Ortodoxa Rusa. En su opinión, los fenómenos de la historia reciente como las bombas arrojadas sobre templos ortodoxos de Kosovo sin que Occidente expresara su indignación por ello, el escándalo de las caricaturas al profeta Mahoma o la historia del pastor sueco arrojado a la cárcel por manifestarse en contra el homosexualismo son claros ejemplos de que las normas de la moral no se respetan, enmascarándolo bajo protección de los derechos humanos.

La Iglesia Ortodoxa Rusia analiza desde estas mismas posiciones morales el pecado del terrorismo internacional, sin mostrarse inclinada a reducir las causas de la epidemia terrorista sólo a la rebelión de un Sur pobre contra un Norte rico, a la desaprobación de la política de EE UU en el mundo árabe o a la llamada “guerra de civilizaciones”. Al reconocer la importancia de todos estos factores, los teólogos de la Iglesia Ortodoxa Rusa al mismo tiempo están intentando descifrar el enigma del alma del terrorista, en la que, según ellos, está destruido el sistema de valores morales, lo que le permite unir los contactos eléctricos en el “cinturón del shahid”.

La idea de que existe una vinculación entre los derechos y las libertades del ser humano y su responsabilidad moral se erige como tema central del día, sostienen los filósofos de la ortodoxia rusa. A juzgar por todo, precisamente el debate que se viene desarrollando en torno a este tema sirve de base para el acercamiento mutuo entre el Patriarcado de Moscú y la Santa Sede.

Lo reconocen también las figuras influyentes del Vaticano. De las “magníficas perspectivas” de fortalecimiento de vínculos entre “dos hermanas cristianas” – la Iglesia Ortodoxa y la Católica Romana – habló hace unos días el cardenal Roge Echegaray, presidente de honor del Pontificio Consejo de Justicia y Paz. El cardenal ha exhortado a velar juntos por las almas humanas en la época en que la “sociedad está llena de pérfidas tentaciones y peligros”.

El deshielo que se observa en las relaciones entre la Iglesia Ortodoxa Rusa y el Vaticano atenúa en mucho grado y hasta neutraliza la tradicional actitud poco amistosa que hasta estos últimos tiempos el Patriarcado de Moscú mostraba hacia los misionarios católicos, acusándoles de estar practicando un proselitismo vicioso, desde su punto de vista, o lo de sonsacar a feligreses de la Iglesia Ortodoxa en su territorio canónico.

El Vaticano lo refutaba siempre, afirmando que la Iglesia Ortodoxa tiene una “concepción distinta, algo ampliada” del proselitismo. Los jerarcas moscovitas veían en ello una malicia, haciendo recordar: cuando se trata de los intereses del propio Vaticano, éste reacciona casi “a la rusa”. Por ejemplo, la Santa Sede no cesa de expresar su indignación por un “proselitismo agresivo” que se practica en Brasil, donde las parroquias católicas sufren un serio daсo por la actividad que están desarrollando las sectas protestantes, en particular la de los pentecostistas.

Hoy día, estas contradicciones tradicionales se relegan a un segundo plano. Las dos confesiones mundiales centran su atención en proteger la moral cristiana, en enseсar que la libertad supone responsabilidad. Son afines las posiciones que la Iglesia Ortodoxa y el Vaticano mantienen respecto a los retos de la actualidad como la descomposición de los pilares de la familia, la destrucción de la naturaleza y los problemas de la ética biológica que plantea el progreso científico ante la Humanidad.
En este clima de deshielo ortodoxo-católico, ya deja de parecer algo inverosímil la primera en la Historia reunión entre el Pontífice y el Patriarca ruso.

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Vladimir Simonov, para RIA Novosti.
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