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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

Chacaltita, fiscal distrital adjunto

Herme Cerezo
Herme Cerezo
martes, 3 de octubre de 2006, 00:49 h (CET)
La verdad es que ‘Abril rojo’ del peruano Santiago Roncagliolo (Lima, 1975), a priori tenía todas las papeletas para gustarme. Pero, ojo, no se engañen. Si después de leer esta novela me hubiese defraudado, igualmente lo diría. Pero no. Esta es una de esas ocasiones que uno compra el libro porque le atraen la portada, la sinopsis argumental y lo que cuentan del autor y luego, la realidad de la lectura, corrobora las expectativas.

Acostumbrados al horror etarra por estos pagos, nuestra cabeza quizá no esté preparada para admitir que cosas similares, o francamente peores, suceden o han sucedido en otras partes del mundo. En Perú, sin ir más lejos.

‘Abril rojo’ es la historia del horror de Sendero Luminoso pero es también la historia del contrahorror oficial, de los crímenes cometidos por el estado en “defensa de la paz”. Ahora bien, uno cuando lee estas páginas llega a plantearse si, en algún momento, se pueden evitar los desmanes gubernamentales. Y la respuesta no resulta tan evidente como parece, porque cuando un cuerpo policial (o castrense) se acuesta y se levanta rodeado de cadáveres chamuscados y mutilados (forma habitual de dirimir sus cuitas por parte de Sendero Luminoso), es fácil que, por algún lado, sienta la tentación de desahogarse, de devolver mal por mal. Y una situación como la que se vive en la novela es un caldo de cultivo apropiado para estos desmanes, nunca justificados, nunca sin castigo, pero quizá comprensibles en algún grado.

Miren, ‘Abril rojo’ es una novela dura. Dura porque es real, porque por mucha ficción que haya en las páginas de Roncagliolo (el propio escritor ha reconocido en alguna entrevista que su relato se basa en hechos ciertos), el sustrato que subyace en ellas es mucho más duro que el lenguaje que lo envuelve. Perú es un país castigado por muchas revueltas, la última, sin duda, especialmente dolorosa y que se presta a este tipo de situaciones.

Hay varias cosas que llaman poderosamente la atención en ‘Abril rojo’. En primer lugar, la lucha, al principio inconsciente, del fiscal distrital Félix Chacaltana Saldívar con la burocracia policial y castrense que gobierna Perú. Están especialmente bien trazados los momentos en que Chacaltita debe desenvolverse entre sus superiores. Las barreras, los obstáculos, las trabas que cercenan su paso son especialmente reveladoras de la devoción de las autoridades por la jerarquía y el obstruccionismo. En esas escenas, que le erizan los pelos a uno, radican los únicos momentos irónicos del relato. Irónicos, pero no por ello menos tristes y, desgraciadamente, verdaderos.

En segundo lugar, es importantísima y muy reveladora la evolución que sufre Chacaltana, a lo largo del relato. Desde la incredulidad y estupor iniciales hasta su intromisión total en el asunto para conseguir alumbrar su meollo, poniéndolo todo patas arriba, dándole la vuelta a la tortilla en busca de la verdad.

En tercer lugar, existe una relación extraña entre el fiscal y su madre ya difunta, con la que habla continuamente y a la que le cuenta su vida diaria, en busca de su aprobación, de su bendición, de su aquiescencia. Un complejo de Edipo sin duda mal curado o, yo diría, sin cura. El final de Chacaltita, al menos el que le atribuye el firmante del último informe judicial, es digno de un personaje de Vargas Llosa (podría vivir perfectamente en el Sertón de la ‘Guerra del Fin del Mundo’) o de García Márquez (también tendría hueco en Macondo, junto al coronel Buendía).

En quinto y último lugar, el desenlace argumental no cuenta, por lo menos desde mi punto de vista. El asesino en serie — no les revelaré quién es, líbreme Dios — es la excusa que Roncagliolo precisa para contarnos la realidad peruana, si no la actual, al menos la de unos años atrás. Una realidad que revela estratos de miseria, superstición, corrupción y corporativismo en grados altísimos de la sociedad peruana.

Miren, creo que estamos ante un escritor que, con sólo treinta y un años, está llamado a alcanzar grandes cotas en esto de la escritura. Calidad la tiene y sólo le resta avanzar por el camino iniciado, con paso firme, metro a metro.

Saben que no soy muy amigo de los premios literarios, salvo escasas excepciones. Normalmente no me guío por ellos, es más suelo tratar de leer los finalistas, o sea, los perdedores, pero en este caso, aunque desconozco las otras novelas, creo que el galardón otorgado está más que justificado. Y por ello, remataré esta reseña con el comentario esgrimido para galardonar ‘Abril rojo’ con el IX Premio Alfaguara 2006: “El Jurado destaca la eficacia expresiva, la fuerza dramática y la originalidad en el tratamiento de un tema político con las peripecias de una novela negra que arrastra y conmueve al lector desde la primera página”. Pues eso.

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'Abril Rojo', de Santiago Roncagliolo. Ed. Alfaguara. Año 2006, 19,50 euros.

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