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El timo de la estampita

Pelayo López
Pelayo López
lunes, 29 de mayo de 2006, 21:41 h (CET)
Durante nuestra más o menos larga existencia, todos nosotros solemos aficionarnos a rellenar nuestro tiempo de asueto con los más variopintos coleccionismos, un esparcimiento que, habitualmente, varía con la edad y con el poder adquisitivo: cromos, canicas, chapas, monedas y billetes, coches en miniatura, casas de muñecas, puros y habanos, botellas de vino, coches deportivos, relojes y ropa de diseño…incluso, como viene siendo frecuente en los últimos tiempos, descubrimos que algunas personas de avanzada edad, llenan, literalmente, sus casas de basura, aunque eso ya no es un hobby sino una enfermedad, el “síndrome de Diógenes”, una situación a la que se debería realizar un diagnóstico más en profundidad, puesto que, casi con absoluta certeza, su radiografía nos desvelaría más de una sorpresa social-.

Pero, sin duda, entre los más afamados, entre los que cuentan con un mayor “foro” y una importantísima lista de “afi(n)liados” -¡valga con el más sincero respeto este guiño!-, están los sellos, esas pequeñas estampas postales que, con la llegada de las nuevas tecnologías, han tenido que ceder gran parte de su espacio físico y “espiritual” y que aún así, merced a su carisma inagotable y a su condición rejuvenecedora, y al mismo tiempo, revalorizadora con el paso de los años, como el buen vino, siguen en la primera plana, aunque, ahora tristemente, no ya sólo de las cartas.

¿Cuántas veces hemos escuchado eso de más vale pájaro en mano que ciento volando?. ¿O eso otro de nadie ofrece duros a cuatro pesetas?. Pues parece mentira, pero aún así, como niños a la puerta del colegio, viene alguien con un caramelo que únicamente tiene de dulce el envoltorio y nosotros se lo quitamos “ipso facto”. Hemos creado en el devenir de los siglos una figura casi entronizada, la del pícaro, porque pícaro era el lazarillo y pícaros, aunque a otra escala y con mucha peor intención y mala leche, son muchos otros. Nos hemos acostumbrado a reír las gracias que provienen de esta picaresca, pero luego, claro está, hay que tener en cuenta que el pícaro puede poner en práctica sus ideas con nosotros.

Lo que esperamos, sin embargo, cuando los pícaros no toman prestadas manzanas sino los ahorros de toda una vida, que además han adquirido sin estar capacitados administrativamente para ello, es que quienes tienen que velar porque eso no suceda, lo hagan. No obstante, parece que algunos cometen ciertas imprudencias a pesar de estar sobre aviso, con lo que la indulgencia, en todos los sentidos, se hace, nunca mejor dicho, onerosa hasta el último céntimo. Ahora, unos pagarán, quizás en la cárcel, otros, nunca lo harán, y la mayoría, los afectados, sufrirán las consecuencias. Consecuencias presentes y futuras. Es de cajón, la confianza no es ciega, y no es de ahora, más bien de hace un montón de tiempo, es tan ancestral como nuestros orígenes, que todos somos posibles objetivos del “timo de la estampita”.

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