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Etiquetas:   La tercera puerta   -   Sección:   Opinión

El campo de los indeseables

Jabier López de Armentia
Opinión
lunes, 29 de mayo de 2006, 21:41 h (CET)
Campo de refugiados para unos, campo de concentración para otros. Hablamos de Gurs, una pequeña localidad a caballo entre Navarrenx y Oloron, cercana a Zuberoa en la región de Aquitania.

Eran tiempos de guerra en España, tiempos de sangre y miseria. Mientras Franco se imponía por las armas e instauraba una dictadura que duraría casi 40 años, miles de personas cruzaban la frontera atemorizados por las represalias franquistas buscando una vida mejor en el vecino francés. Muchos de esos sueños se truncaron al cruzarse en medio de su camino el “campo de Gurs”, un campo construido inicialmente para los “indeseables”, pero que terminó siendo el basurero del país galo.

Muchos vascos, Gudaris en su mayoría, que consiguieron salir del Cerco de Santander fueron trasladados por mar hasta el Campo de Gurs, a estos se les unieron Brigadistas Internacionales que habían luchado por la republica española, sin olvidarnos de republicanos españoles que terminaron siendo entregados a las manos de Franco en Irún. Así nos trató nuestro vecino francés.

Dio comienzo la Segunda Guerra Mundial y la dinámica del campo de Gurs cambió. Con el armisticio entre Francia y Alemania en 1940 se convirtió en un campo de concentración, el campo de los “indeseables” lo llamaban, al aglutinarse en su interior miles de personas traídas de diferentes rincones de Europa con una característica común, eran homosexuales, judíos, gitanos, comunistas, republicanos, apátridas, prostitutas, indigentes...

Las noches cada vez eran más largas, y los días más difíciles de soportar. Los inviernos se convertían en sus mayores torturas. Tormentas y litros de agua caían del cielo sobre cuatro tablillas de madera mal colocadas que no sólo filtraban el agua sino también el frió del duro invierno; el barro cubriendo los dedos de los pies comenzó a ser algo común entre las personas que aquella barbarie tuvieron que soportar. Sin higiene ni asistencia sanitaria las enfermedades corrían por los barracones a sus anchas causando muertes indiscriminadas a miles de personas –entre 1939 y 1945 el campo de Gurs albergó a 63.929 personas, de esas cuales 6.555 eran de origen vasco–.

Muchos no han podido contar lo que allí sucedió, no han podido ver nuestra vida de hoy, pero para eso estamos nosotros aquí; para luchar por su memoria; para no caer en el olvido y la indiferencia; para conocer nuestros errores y enmendarlos; para que esas 6.555 personas no vuelen sus nombres con el tiempo.

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