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'El Código Da Vinci': Fundamentalistas de la democracia contra fundamentalistas religiosos

Piotr Nikolaev
Redacción
domingo, 28 de mayo de 2006, 23:08 h (CET)
A Dan Brown se le puede felicitar: el escándalo que provocó su libro “El Código Da Vinci” mejor que cualquier agente publicitario contribuye a su promoción, y ahora lo hace también la cinta basada en esa obra.

Si a Dan Brown más que nada en el mundo le interesa el dinero, entonces todo está de maravilla. Pero si le preocupa no sólo el bolsillo, entonces tiene problemas serios. Dejemos por un minuto en paz a los musulmanes y los cristianos, cuya tranquilidad él ha perturbado (Jesucristo se venera en el islamismo como profeta Isa). Recordemos que los expertos y periodistas han detectado tantos errores y falsificaciones en “El Código Da Vinci” que como un escritor profesional él difícilmente puede alegrarse con el éxito de que su novela goza entre el público poco versado en cuestiones de historia, arte y teología.

Además, se ha averiguado que el libro anterior de Brown, “Ángeles y Demonios”, tiene los mismos defectos. En vísperas del estreno en Moscú de la adaptación cinematográfica de “El Código Da Vinci”, un canal de televisión ruso dirigió sus corresponsales a Roma, para que recorriesen los lugares donde actúan los héroes del primer bestseller de Brown. En los veinte minutos que dura su reportaje, ellos descubren y prueban de un modo convincente decenas de errores elementales y de falsificaciones que hay en “Ángeles y Demonios”.O sea que los problemas actuales de “El Código Da Vinci” no son casuales, ni mucho menos. La actitud de Brown ante la historia y el arte es la misma que suele mostrarse hacia las películas de suspense: lo principal consiste en dejar pasmado al público, y si lo inventado se impone sobre la verdad, ello no tiene importancia. Pero aquello que perdonan los criminalistas, los que se han acostumbrado a muchas cosas absurdas, no perdonan los historiadores ni críticos de arte. Los “enigmas” que desvela para el lector Dan Brown, son para ellos un secreto a voces, además no son más que versiones, pero no una verdad probada. Para un historiador objetivo, lo que se expone en el canónico Nuevo Testamento y también en los textos no canónicos del Evangelio según Felipe y según María Magdalena tiene un grado igual de la veracidad y de la ausencia de ésta. Tanto lo uno como lo otro es objeto de investigación, y todavía se está lejos de hacer conclusiones definitivas.

El destino que corrieron el libro “El Código Da Vinci” y su adaptación cinematográfica en Occidente se ha repetido cual en un espejo en Rusia. Mientras que uno se enfrasca en la lectura del libro – que está escrito con maestría, sin lugar a dudas, pese a todos los errores cometidos por el autor, además le revela al lector no versado en materia “el más importante de los enigmas” – la película no se percibe como un acontecimiento extraordinario, pese a todos los esfuerzos desarrollados por los distribuidores. Yo fui a verla a uno de los cines más grandes de Moscú y la sala estaba semivacía. El espectador se mostró más crítico con la obra de Brown, porque ya como lector estaba al tanto del “enigma” que se le revelaba. En Moscú la cinta tuvo la misma acogida entre los entendidos. Después del estreno, el famoso actor ruso Leonid Yarmolnik dijo con mucha franqueza: “No sé para qué había que filmar esa horrorosa bobería”.
Quiero expresar mi punto de vista de espectador común y corriente y reflejar la reacción del público ante el filme. Los amigos con quienes fui a ver la película, el público que llenó a medias la sala y yo nos quedamos indiferentes. Pero tampoco llegamos a sentir aquella irritación de la que hablan los críticos. No había qué abuchear ni qué aplaudir. Puedo atestiguar que la reacción provocada por la cinta “La Pasión de Cristo”, de Mel Gibson, fue muy distinta. Muchos salían de la sala con ojos bañados en lágrimas, tan grande era su conmoción.

En cuanto a la indignación que expresan las personas religiosas, la situación en Rusia se parece a la occidental, lo cual demuestra que la Rusia contemporánea va adquiriendo siempre mayor parecido con Europa (no sé si ello está bien o mal). Mientras que la Iglesia Ortodoxa Rusia y los musulmanes de Rusia se han manifestado en contra de la distribución de la cinta “El Código Da Vinci” en el país, las autoridades oficiales se abstuvieron de inmiscuirse en el escándalo. Y lo hicieron bien, porque de otro modo no se puede proceder en un Estado laico, según dice su Constitución.

Pero pese a ello queda un resabio desagradable: la película ha resultado ser un ultraje para demasiada gente. El dinero se impuso sobre el respeto a los sentimientos de millones de creyentes. El Estado simplemente no tenía el derecho a retirar el filme de la distribución, pero sí lo podían hacer los dueños de ésta. Ellos sabían muy bien que la película lanza un ataque contra todas las Iglesias cristianas y podían imaginarse cómo ello iba a herir a muchas personas. ¿De qué otro modo se puede percibir ese filme que de hecho declara una falsificación al Nuevo Testamento, acusa al cristianismo de tergiversar premeditadamente la Historia y hace bajar a Jesucristo del pedestal divino al nivel de hombre? Mientras que el Priorato de Sión, conocido por sus rituales sexuales paganos, se presenta como un organismo puro e inocente, una de las diócesis católicas, en particular Opus Dei, aparece como un engendro de Satanás. Los acentos se ponen con demasiada brusquedad y fuerza, en aras de acaparar el interés del lector y el espectador. La democracia, además de proclamar la libertad de palabra, supone también mostrar tolerancia religiosa. Pero no la han mostrado ni Dan Brown, ni los editores de su libro ni los distribuidores de la película basada en éste.

La opinión – bastante difundida – de que los cristianos han armado ruido por nada y que tales ataques no hacen ningún daño a la fe no responde en absoluto a la realidad. En Occidente y ahora también en Rusia se observa una seria confrontación entre los fundamentalistas de la democracia y los fundamentalistas religiosos. El campo de batalla es, en primer lugar, la moral, en el espacio de la cual irrumpe con siempre mayor agresividad la libertad de expresión artística. En este sentido, “El Código Da Vinci” resulta ser un golpe muy fuerte asestado premeditadamente contra la moral cristiana, en comparación con el cual las caricaturas al profeta Mahoma no son más que una estúpida chiquillada.

Según estudios sociológicos realizados por el periódico británico “The Telegraph”, dos terceras partes de los ingleses que leyeron la novela de Dan Brown creen que Jesucristo y Magdalena habían tenido una niña. Entre los que no lo han leído, en ello creen un 30 por ciento. El 17% de los primeros están convencidos de que la organización católica Opus Dei, la que patrocinaba el propio Juan Pablo Segundo, es una despiadada secta. Entre quienes no han leído la novela tan sólo el 4% creen en la malicia de Opus Dei. El 27% de los interrogados opinan que la Iglesia Católica oculta ciertos hechos de la vida de Jesucristo. Entre los que leyeron “El Código Da Vinci” de este parecer son el 36%.

O sea que no todo es tan sencillo. ¡Cuidado! A usted lo están “codificando”.

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Piotr Nikolaev, para RIA Novosti.
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