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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Lo suficientemente Hombre

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 28 de mayo de 2006, 02:48 h (CET)
“Al carecer de otra existencia que la relacional, cada uno de los dos sexos es el producto del trabajo de construcción diacrítica (…) que es necesario para producirlo como cuerpo socialmente diferenciado del sexo opuesto; es decir, como hábito viril, por consiguiente no-femenino, o hábito femenino, por consiguiente no-masculino.” Bourdieu, P. La dominación masculina.

Podemos entender que el ser humano nace en cierta manera libre de categorías sociales y que éstas son presentadas al niño y adquiridas por él durante lo que se conoce como proceso de socialización. Si tomamos por bueno este razonamiento, comprenderemos que todas las categorías que componen el entramado social son, por el mero hecho de ser sociales, construcciones humanas, de la humanidad y no de personas concretas.

El lenguaje nos induce a pensar que éstas son elaboraciones que el Hombre con mayúsculas –el que nos representa a todos, hombres y mujeres- tomado como sinónimo de Humanidad, ha ido elaborando a lo largo de los siglos, modelando las estructuras básicas y elementales y diseñando situaciones de convivencia cada vez más complejas. Pero el lenguaje también nos lleva irremediablemente a asignar al término hombre la imagen de sujeto sexuado, encajado entre las prácticas que le hacen ser una categoría enclasada y enclasante –entrando en el juego de los hábitos sociales (habitus) definidos por Bourdieu-; prácticas que deben ser aprendidas por medio de un sub-proceso englobado en el proceso de socialización: el proceso de sexualización.

Así pues, al carecer de otra existencia que la relacional, el hombre es entendido como la negación de otra categoría (la mujer), naturalizando la diferenciación social definida por la etiqueta del “sexo biológico”. De nuevo la creación humana ha posibilitado que esta diferenciación se tornara desigualdad en un punto difuso de la historia.

Es decir, si bien todos sabemos a qué nos referimos cuando el ser humano es llamado hombre, no es posible sustraer al hombre sus características sexuales en contraposición con las características sexuales de la mujer. El lenguaje refleja en gran medida cómo estructuramos el pensamiento, y nuestro término genérico (y no sólo el nuestro) es de género masculino.

Habrá que decidir, pues, entre el masculinismo lingüístico con mayúsculas o el optar por complacer a todos y todas los y las hombres y mujeres dispuestos y dispuestas a escucharnos.

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