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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

ZP no habrá hecho mucho si no salva una vida

Joan Moyà Borràs (Palma)
Redacción
viernes, 26 de mayo de 2006, 21:43 h (CET)
Con el seguro respaldo de la inmensa mayoría de las personas que vivimos en esta sociedad trasmito dos demandas al foro de la Alianza de Civilizaciones. La primera, crear un amplio cuerpo de intervención inmediata en emergencias globales tales como hambrunas, epidemias o catástrofes naturales y la segunda un plan integral para la erradicación del hambre y las enfermedades curables en el mundo.

Para la credibilidad de la Alianza de Civilizaciones, como único acreedor de los intereses de la comunidad global (dada la inoperancia de la ONU), este foro no puede ser un órgano de diálogo entre las culturas sin atacar los problemas de la humanidad exclusivamente por orden de prioridades. Las dos prioridades mundiales incuestionablemente son las catástrofes humanitarias y la mortandad estructural por hambre o enfermedad curable. Una causa común es la única forma de cooperar entre civilizaciones y no enfrentarnos. La única.

Existe el riesgo de convertir estas reuniones periódicas en debates sobre la prioridad de valores en la relación entre las distintas culturas, foco de los conflictos internacionales. Democracia, libertad, igualdad, seguridad, derechos individuales, de la comunidad, etc. En cambio, rehuir las diferencias y partir todos sobre un acuerdo en la concepción de los dos problemas de base, las catástrofes y el hambre y la enfermedad, es el único punto de partida práctico para una acción conjunta visible y eficaz. Ésta es, sin dudas, la solución.

Es inevitable ser escéptico ante la creación de otra institución internacional falta de dinamismo y supeditada a burocracias, que ineludiblemente derivaría en un órgano consultivo estéril tendente a la desaparición. Es necesario por tanto dirigir todas las energías a éstas dos acciones, una coyuntural y más visible, para las emergencias concretas y otra estructural y profunda, para el hambre y las enfermedades curables. Todos los cuestionamientos socioculturales que puedan surgir de este foro son secundarios a los dramas citados o conflictos locales que se extienden por la lógica de la violencia.

Para la primera medida, la institución de un cuerpo técnico de actuación en emergencias, la capacidad tecnológica y profesional de los ejércitos en la actualidad permite una gran movilidad, maniobrabilidad, capacidad de actuación y de establecimiento de seguridad en cualquier zona afectada por estas catástrofes. Estaría formado, por tanto, por militares y cooperantes, contando con la tecnología y profesionalidad de las fuerzas armadas y los conocimientos y la técnica de las organizaciones no gubernamentales y la cooperación internacional. Más adelante, programas de desarrollo más profundos procurarían crear con el apoyo de la ONU y los estados afectados las condiciones para evitar desastres similares.

Dos cuestiones asoman cuando encaramos la segunda y más profunda medida.

Un plan mundial para erradicar el hambre pasa por un estudio de la productividad agrícola y del comercio de alimentos de las zonas en las que periódicamente aparecen las hambrunas y las más desarrolladas, así como la adopción de medidas de discriminación positiva para los productores y distribuidores que operen en las áreas castigadas. Es trágica a día de hoy a esta hora la situación de decenas de miles de niños y adultos en el África oriental en una nueva crisis alimentaria de dimensiones escalofriantes.

En cuanto a la mortandad por enfermedades curables, aparte de grandes campañas de vacunación y sensibilización, deben crearse las condiciones higiénicas y de salud en las áreas más subdesarrolladas.

Creemos que esta segunda medida, llevada gradualmente pero de una forma recia e incontestable por ningún poder o agente local, lograría socavar de raíz los dramas humanitarios más enquistados, concebidos casi ya como inevitables. Del mismo modo sería una primera piedra de toque que desencadenaría un complejo proceso de cambio y progreso donde la amenaza del hambre o la muerte no fuera arma de presión por ningún lobby local interesado, y las comunidades, desde la salud, prosperasen hasta incorporarse en la comunidad global en la medida de sus intereses.

Tenemos una fe ciega en que la situación de la humanidad equivale a la de una persona. Si a ésta se le detiene una hemorragia, la salud la convierte en un ser más útil y feliz.

En cuanto a las dos medidas, pero sobretodo en la segunda, la facultad de inferencia en estados terceros debe estar totalmente garantizada por la legislación internacional y por los organismos supranacionales, así como debe contar con el apoyo de los estados de los países afectados.

Estas acciones, por su profundo arraigo en la declaración de derechos humanos, y su incuestionable calado ético, no pueden ser obviadas ni menospreciadas por ninguna institución internacional o local. Del mismo modo, tampoco pueden ser pasadas por alto por ningún ciudadano, devolviendo poderosamente el sentimiento de pertenencia a una gran comunidad solidaria, en este caso sí global, gracias a las acciones de la Alianza de Civilizaciones. Por tanto, este conjunto de medidas son la perfecta carta de presentación y promoción internacional de esta institución.

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