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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El quehacer político

Francisco Rodríguez Barragán
Redacción
domingo, 28 de mayo de 2006, 02:48 h (CET)
El quehacer específico de las personas que se dedican a la política debería ser la búsqueda y realización del bien común, pues para eso han sido elegidos, para que mediante su acción los ciudadanos podemos actuar en libertad, vivir sin temor y buscar nuestros propios fines con la garantía de estar tutelados por una justicia independiente.

No me cabe duda de que habrá políticos que desde las corporaciones locales o desde una humilde concejalía se dediquen activamente al bien común de sus conciudadanos. Pero la tónica general, la de la política nacional y autonómica, no es esta. Vemos que los políticos buscan en primer lugar el disfrute de su cargo en el que pretenden perdurar todo el tiempo posible. Lucharon por ser elegidos, no tanto por los ciudadanos como por su propio partido y luchan por no ser desalojados de su posición, quizás porque han hecho de la política una profesión a falta de cualquier otra o al menos mejor que la que tenían.

La orientación general de la actuación de estos políticos que tanto abundan y de los partidos en los que militan es ante todo la eliminación del adversario. Que no haya alternancia ninguna para no quedar en el desairado papel de oposición y cesantes en sus prebendas. Para ello todo vale. Se utilizan los medios de comunicación afines, se pervierte el lenguaje, se culpa al adversario de todos los males. Se actúa con sectarismo y con doblez.

Pero no solo eso. Se buscan alianzas con otros partidos minoritarios cediendo a todos sus chantajes pues no se busca la gobernabilidad desde un programa político sino la permanencia en el poder. Los programas políticos, de hecho, no existen. Sobre la marcha se toman medidas alejadas del bien común pero rentables en términos de poder. El ejemplo subyacente es el PRI mejicano que ha durado más de setenta años sostenido por la corrupción.

Las estructuras políticas partidarias están ahogando a la sociedad que cada vez tiene menos capacidad de respuesta. Se está destruyendo esta misma sociedad destruyendo a la más importante de sus instituciones: la familia. La plaga del divorcio que cada vez afecta a más personas impide ninguna transmisión de valores de unas generaciones a otras. La promiscuidad y su secuela, el aborto, están siendo aceptados por una sociedad que no tiene ningunas verdades en las que creer. Todo es relativo, excepto el deseo de satisfacer deseos inmediatos, placeres de usar y tirar, consumo desenfrenado, evasión de la realidad, esperar las vacaciones. Y para la juventud, la movida, el botellón, el alcohol o la droga y el mensaje permanente de que no hay que hacer esfuerzo alguno porque todos tenemos derecho a todo.

El recientemente fallecido Jean-François Revel explicó, hace mas de veinte años, cómo terminaban las democracias con el marxismo. Ahora quizás podamos ir tomando nota de cómo terminan las democracias, a manos de una izquierda carente de valores, que nos impone el relativismo, el pensamiento débil, la manipulación mediática, y la anestesia social.

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