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Etiquetas:   A pie de calle   -   Sección:   Opinión

Antoñito Malagón

Paco Milla
Paco Milla
miércoles, 24 de mayo de 2006, 20:43 h (CET)
Antoñito Malagón, que sí coño, que te escribo a ti. Me dicen que te has ido... Que ya sé que no fuimos amigos del alma, de aquellos que vivieron la infancia compartiendo chichones y “palodulce” a medio usar, ni secretos sobre novias ni zancadillas futboleras. Casi pasé mas tiempo con Salva que contigo, pero claro que nos conocimos.

Oye, como envidiaba tu carácter, esas carcajadas que te brotaban de la garganta con la pureza de la sinceridad. Y es que creías en ellas, casi adornabas con una sonora risa el final de cada una de tus frases. A mi eso me contagiaba y me decía: "¡qué humor más envidiable tiene este chico!"

¿Recordarás ahora cuando asfixiabas a tus compañeros de carreras? El fondo físico era algo genéticamente heredado, pero cómo lo explotabas, macho. Qué pena que el pueblo siempre haya estado aislado en cuanto a ojeadores y entrenadores con influencias en el cercano Madrid.

Sin duda, hubieras tenido algo que decir en el terreno del atletismo. Otros con menos condiciones colgaron en su habitación de adolescentes soñadores, medallas de aquellas que, aún en clima seco, al año ya estaban oxidadas, pero que permitían enseñarlas a sus novias e hijos, haciendo éstas que los vástagos te miraran con ojos de admiración.

Fíjate, Antonio, qué recuerdo un día en el que en el instituto explicaste en un corro de asistentes casuales cómo se hacia el dibujo de una mujer, en pelota picada.

Cuando te vi dibujar los primeros trazos, aparté mi confianza y me dije…este cachondo mental se esta quedando con el personal…de esos “rayajos” no sale una mujer ni de coña…pero al fijarme en tu mirada, me di cuenta que creías, creías firmemente que saldría… tus ojos decían que la batalla estaba ganada y que todos aquellos asistentes, poco a poco y con paciencia verían aparecer a la diosa… y efectivamente así fue.

El proceso fue alucinante, ya que primero tiraste los trazos secundarios, para que nadie fuera adivinando y después los principales.

Antoñito, eras un maestro en lo tuyo. Pero maestro, de verdad, de aquellos que nacen con ello y evolucionan de forma bestial.

Nunca conocí a nadie que te enseñara, salvo tu innata curiosidad.

Pero hagamos una cosa: me comprometo a no decir “eras” nunca mas en este escrito, en tu honor y como muestra de respeto. Nadie se va tan rápido como lo entierran. Por bueno o por malo siempre hay alguien que te recuerda y te vuelve a traer a la vida, con o sin intención.

Es lo que yo pretendo ahora Antoñete, machote. No me gusta ver morir a los de mi quinta (año más o menos).

No hace tanto te saludé en la Notaría. Yo suelo distinguir la sinceridad o el cinismo en el saludo, justo en el momento del apretón de manos y la directa mirada a los ojos, y si yo te contara las categorías que he llegado a clasificar te sorprenderías, o mejor dicho, te partirías de risa.

Tu saludo fue sincero, amigo, como tu risa, como tus dibujos, como aquellas carreras en la acequia, en las que bajo la atenta mirada de Nieto Rebolledo esperabas al segundo para no ridiculizarlo.

Ignoro si la vida te trató bien o mal y cómo la trataste tó, pero yo no soy juez. Es por eso que, cuando recibí un e-mail de una buena amiga almagreña anunciándome tu partida me sentí mal porque tuve la seguridad de que había muerto un campeón... pero no de ningún deporte, sino en el terreno del trato humano.

Creo que se ha ido sencillamente una buena persona, y es que si te paras a pensarlo, hay tanto “joputa” suelto, enjuiciando y navajeando a diestro y siniestro con el único motivo de esconder sus frustraciones y faltas, que es normal que empecemos a valorar a gente buena y sin veneno. Como tú, Antoñito.

Óyeme... ¡Ve con Dios, con Maria Magdalena, con Gila, con Marilyn Monroe o con quien te dé la gana. Con quien tú elijas. Nadie debe hacerlo por ti.

Pero pásatelo bien hasta que un día tus padres, ya muy ancianos y cabizbajos, caminando por el paseo de la plaza de los toros, vean un joven matrimonio sentado en un banco con un bebe de pocos meses, que a las carantoñas que le haga su padre responderá con una carcajada tan reconocible que los abuelos aún sin mirar, sabrán a ciencia cierta que nada ni nadie muere del todo.

A propósito, da un beso muy especial a Amalia. ¿Tú sabes quién es, verdad? Yo siempre quise hacerlo a mis dieciséis añitos, pero fue de los pocos que no di... ¿Adonde irán los besos que no se dan? (dice la canción).

Que tu risa te acompañe por siempre, amigo.

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