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Etiquetas:   Pensatientos de un hombre o medio   -   Sección:   Opinión

Un hombre de provecho

Sandra García Nieto

miércoles, 24 de mayo de 2006, 20:43 h (CET)
Hay quien dijo que “ser padre” es la mejor elección que se puede tomar en la vida. Y sin ánimo de contrariar a quien demonios fuera, se me ocurren otro tipo de elecciones que …en fin…no sé… podría ser un tema a debatir. Lo que sí está claro, es que hay un antes y un después en la paternidad. Un antes: cuando celebras la final de la Champions Ligue en el bar con tus colegas, con quinientas cañas y acabas bañándote en “La Cibeles”, cuando te regalas un fin de semana romántico en París con tu pareja, cuando sueñas con comprarte ese descapotable del anuncio, cuando lees un libro entero, cuando te levantas un domingo a las once o más, cuando para ti el término trasnochar es sinónimo de fiesta…

Y luego viene el después. Cuando todo eso se desvanece. Y yo, tengo tres “después”: Javier, de catorce; Marta, de cuatro; y Juanjo, de dos “dulces meses”. Sólo aquél que sea padre, aunque sea por una sola vez puede comprender mi situación. Ese insomnio, esas ojeras, ese dolor de todo, esa cara de gilipollas cuando después de una noche en danza tienes que ir a trabajar… pero no sin antes esterilizar los biberones para la próxima toma. Y yo me pregunto…¿A qué tanta limpieza? Cuando yo era pequeño no se hacía nada de eso, es más, íbamos tomando todos del mismo biberón, hasta el perro. ¡Y míranos, los siete bien sanos! Bueno todos menos el perro, que ya murió el pobre. ¡Pero murió de viejo…! ¡Tanto esterilizar para que luego el niño acabe comiéndose la tierra del parque, que lo he visto yo!.

Pero ojo, no quiero decir con esto que yo no sea un padre como Dios manda. Muy al contrario,¿eh?, que yo participo en todo. Sin ir más lejos la semana pasada llevé a los chiquillos al médico. Bien es verdad que una vez allí el doctor me preguntó qué tenían los niños y tuve que llamar a mi mujer para consultarle. Pero eso son cosas que pasan. Como lo de la peluquería de ayer. No entiendo por qué mi mujer se disgustó tanto. Ella me dijo que llevara a la niña a que le cortaran un poco el pelo de cara al verano. Y eso es lo que hice. Lo que pasa es que le dije al peluquero que dejara de cortar cuando yo le avisara y como me puse a leer “El Marca” pues…se le fue un poco la mano. Bueno, vale, un poco no, al final la niña parecía un soldado raso. Pero hay que ver el lado positivo: ahora estará más fresquita. Mi mujer es que es muy exagerada. Dice que tener hijos no le convierte a uno en padre como tener un piano no le convierte a uno en pianista.

Puede que tenga razón. Es que ser padre es un cambio tan brusco…Cambian hasta tus amistades. Hasta ahora tus amigos eran los del pub, los del gimnasio, los de la oficina. Y ahora se limitan a los “papás” del parque y de la guardería. Y lo que antes eran amenas conversaciones sobre política, sociedad o profundísimos temas como el fútbol acaban convirtiéndose en monotemas como: “lo caros que están los pañales, qué marca de “potitos” es la más adecuada o cuando administrar el “Apiretal”. Todo esto meneando un cochecito para ver si se duerme el bebé sin perder de vista que el otro no acabe tirándose de cabeza por el tobogán. Y de vez en cuando a algún afortunado, o más bien a algún iluso se le ocurre preguntar… ¿Visteis ayer el gol de Zidanne…? A lo que la gran mayoría responde: ¡Pues no, porque casualmente en ese momento se cagó mi hijo!

Pero para mí lo peor no es que mi Juanito se me cague en plena cara, justo cuando le voy a cambiar el pañal, o incluso que Marta me haya pintarrajeado todo el pasillo, encima del “estucado” con lo que costó la obra. ¡No! Lo peor viene después. Con mi Javier. Que está en la edad “crítica”, “del pavo”, como dicen. Y ahora le ha dado por no querer estudiar. Dice que para qué, que lo que él quiere es salir en un concurso y de la noche a la mañana hacerse periodista como Kiko. Y por ahí sí que no paso. Porque en definitiva se trata de su futuro. Por eso al principio tomé la elección de estudiar con él: los verbos irregulares y todo eso… pero al tercer día…me dije: “Esta no es forma de educar”, porque tú ya estudiaste en tu época, ¡qué coño! Y las cosas como son, los verbos como que tampoco eran tu fuerte…Así que he optado por algo más rápido y en definitiva más efectivo, algo que nunca falla: “el chantaje”. Y le he dicho: “Tú verás, pero si no apruebas no te compro el “Nokia N80”que te prometí”. Y es que ante todo uno a parte de ser padre es negociante, y tras un cruce de miradas resuelvo: “Te tendrás que conformar con un “Motorola” Eso sí, de tarjeta, nada de contrato. Y lo peor es que acabarás como tu tío Ambrosio. (Eso a nosotros de pequeños nos funcionaba, porque nadie quería parecerse a su tío, “el acabao” como decía mi madre).

Aunque en el fondo, como dijo aquél “el principio de la educación es practicar con el ejemplo”, pues, un poco arrepentido me voy al cuarto de mi Javier y le digo: “Mira hijo, tienes 14 años. ¿Sabes qué hacía yo a tu edad? Pues me levantaba a las seis de la mañana y me ponía a repartir café, en unos sacos tan grandes como tú, eso sin comer, que ya sabes que antes se pasaba hambre, bueno, ¡tú qué vas a saber!, luego me iba a jugar al fútbol por la tarde, para estar en forma y ya por la noche estudiaba para poder ser hoy en día lo que soy:… “un hombre de provecho”. A lo que mi Javier, sin levantar la vista de su “Play Stations II” ” contesta: “Perdona papá, pero es que estoy en el último nivel y si no mato a esta vieja y a su “Chihuahua” no consigo el récord. Es que esto es importante, ¿sabes? Mañana me cuentas. ¿Vale? ¡Ah! Y dile a mamá que me ponga un bocata de atún pero no como la última vez, que se pasó con la mayonesa.”

Y entonces cuando salgo de su cuarto y cierro, con delicadeza, para no molestarle en su hazaña oigo un grito que dice: ¡De puta madre, récord! Y no sé si sonreír o llorar.

Pero la chiquilla, me da las pautas a seguir cuando aparece por el pasillo con un monigote fatalmente recortado y con una sonrisa de oreja a oreja me dice: “Mira, papá, un recortable, lo he hecho yo”. Y entonces creo reconocer tras el papel del monigote el borrador con las estadísticas que debo presentar mañana en la oficina urgentemente y que me ha costado un mes confeccionar. Y una lágrima se me escapa sin querer. Claro que la voz de mi mujer me hace volver en sí: “Cariño, ¿es que no oyes al bebé llorar?...¡Ve tú que estoy esterilizando el biberón!”

Pero no voy…Por inercia me introduzco en el baño, me miro al espejo. Creo que no me miraba hacía meses, pero…denoto cinco o seis canas nuevas en mi cabeza. Por no hablar de las bolsas. Mientras cojo una aspirina del botiquín, por el terrible dolor de cabeza, pensando en que tengo que empezar de nuevo la estadística, miro por la ventana y veo pasar el descapotable que nunca tendré. Y sí, ahora sí que lloro. Y me pregunto: ¿Un hombre de provecho…?

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