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Etiquetas:   Crítica de cine  

'El Código Da Vinci': en estos tiempos acomodaticios, ¡da que pensar!

Pelayo López
Pelayo López
viernes, 28 de julio de 2006, 13:32 h (CET)
Después de tanto marketing mediático, de tanto revuelo crítico unidireccional y de tanta espera, por fin, lo que se ha presentado como la “revelación del siglo” –ya será menos, lo cierto es que inventar se inventa cada vez menos-, ha destapado el “criptex” de sus esencias. Si la reciente acogida del estreno en el Festival de Cannes, tanto por parte del público como de la crítica, parece ser que ha sido más bien tibia tirando a fría -o ardiente según el ímpetu del abordaje metomentodo-, lo cierto es que antes de seguir hablando de la película conviene recordar que, como en toda adaptación cinematográfica de una novela, el espectador acude a la sala con dos miradas diferentes según haya leído o no el libro en el que el celuloide ha fijado su cada vez menos inspirada imaginación.

Y para que entiendan las siguientes palabras, baste decir que quien escribe estas líneas se sitúa en el segundo grupo, más que nada porque las estanterías de las librerías son enormes y siempre hay donde escoger –al lado de “El Código Da Vinci” es habitual, incluso, encontrar un libro con menos ficción y más cábalas llamado “El código secreto de la Biblia”, para aquellos que estén interesados-. Sin embargo, dado que este estreno ha eclipsado al resto de las películas que han llegado a nuestras carteleras –conviene recordar que otros 3 títulos lo han hecho sin tanta fanfarronería: “La vida perra de Juanita Narboni”, “Bodas por encargo” y “Promised Land”-, uno a veces tiene que dejar llevarse por la marea.

Entrando poco a poco en materia, la película, tanto a los ya lectores como a los ahora espectadores, nos descubre más bien poco, porque en todas las historias, sobre todo en aquellas en las que hay asuntos sin esclarecer y se muestran algunos resquicios, las personas somos más bien dadas a orientarnos por las conspiraciones y los subterfugios que nos resultan más interesantes y comunes a las muescas que, de antemano, han definido ya nuestra imparcialidad. Códigos ocultos que descifrar, búsquedas milenarias y míticas de elementos sagrados, sectas y organizaciones ocultas con inmenso poder, misticismo, espiritualidad y religión, inquisición y guerras santas… en definitiva, lo que ha venido siendo el cilicio de nuestra Historia y que aquí se resume en dos palabras: Da Vinci.

Con ellas nos acercamos precisamente, rindiendo tributo a este genio y figura, al apartado artístico de la cinta, porque después de tantos ríos de tinta, en el metraje nadie sale mal parado del todo si lo miramos con una mínima objetividad. El encargado de tanta traca, Ron Howard, sigue dando tumbos en su filmografía aunque cada vez más centrado –sólo hace falta recordar que de “1,2,3… splash”, “EdTv” o “El grinch”, ese personaje puesto ahora de moda por Fernando Alonso, ha pasado a rodar “Una mente maravillosa” o “Cinderella Man”-, y aún así, aunque el resultado general es positivo, mucho nos tememos que no es por sus méritos. Tampoco por los del reparto, puesto que se esperaba mucho más de uno en el que se incluyen nombres como los de Tom Hanks –literalmente perdido como en “Naúfrafo” o “La Terminal”, y es que dista mucho de ser “indy”, eso sí siempre sin subirse a un caballo-, Ian Mckellen, Alfred Molina o Jean Reno. En este apartado, lo más reseñable es el acierto de la nueva pareja de Hanks –al menos parece que se acabó la formada con Meg Ryan-, Autrey Tautou –la dulce “Amelia”-, y Paul Bettany –un actor al que hemos visto en “Firewall” o “Dogville” y que, junto a Peter Sarsgaard, forman un nuevo relevo generacional de gran talento interpretativo-. El complemento perfecto a la trama lo llevan a cabo una cuidada fotografía -que al no ser pretenciosa y contar con tonos más europeístas que norteamericanos destaca sin hacerlo-, una composición musical del casi siempre elegante y sutil Hans Zimmer –en este caso algo estropeada por el volumen sonoro en varios fragmentos- y un montaje que, aunque a veces se excede en explicaciones, por lo general conjuga a la perfección el presente y el pasado y, sobretodo, a pesar de no estar bien hilvanada la secuencia, captura nuestra retina con el juego de pizarra de “La última cena”.

A pesar de que la historia es predecible tanto para los lectores como para los neófitos, y que el desarrollo es por momentos excesivamente lento, la película, sin embargo, merece la pena por su fomento, más o menos pretendido, más o menos encubierto, de la cultura –literatura, arte, historia…-, y porque, en general, y ya es más que suficiente esta invitación alejada del cine palomitero, en estos tiempos acomodaticios, ¡da que pensar!

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