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Bienvenid@s al mercado de la fe y la esperanza

Pelayo López
Pelayo López
martes, 23 de mayo de 2006, 01:56 h (CET)
Hace apenas unos días, casi exactamente un mes, las autoridades eclesiásticas y civiles de Cantabria abrían en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana “La Puerta Del Perdón”. Seguramente, más de un@ debió pensar que, con ese simple gesto temporal, los errores y desagravios pasados y futuros integrados en sus trayectorias eran maquillados por la hosca bendición de antiguas bulas papales. Jerusalén, Roma, Santiago de Compostela y Liébana conforman los cuatro vértices de la esencia espiritual del cristianismo, una esencia basada en la fe y las creencias manifestadas curiosamente a través de símbolos venerados cual becerros de oro.

En el caso del Monasterio de Santo Toribio de Liébana, ese becerro es el “Lignum Crucis”, el fragmento conocido de mayor tamaño de la cruz en la que Cristo expiró su cuasi último y sempiterno aliento. Ahora, siglos después, sigue adorándose esta madera durante el Año Jubilar Lebaniego, que se celebra los años en los que la celebración de Santo Toribio –el 16 de abril-, cae en domingo. Fecha tan significativa, escenificada en la apertura de la puerta que permite al peregrino descansar en los brazos y el regazo de su dios, resulta tan llamativa en esta ocasión tan vestida de gala y relumbrón puesto que fue retrasada por otros motivos “intrascendentes” y nada divinos. Si uno mete la pata nada más comenzar a andar, ya se sabe que quien con mal pie se levanta, con mal pie se acuesta.

Alardear de las excelencias patrias no está de más siempre que se haga en su justa medida. Pero, a veces, la boca ancha luego hace que uno tenga que tragar la misma o más cantidad de bravuconadas de las que ha esgrimido. Si uno fanfarronea de que las comunicaciones y los polígonos industriales son la panacea por llegar, sólo hay que echarle un vistazo a las regiones limítrofes para darse cuenta de que todo está inventado. Y en el caso que nos atiende, si uno pretende explotar las creencias y la bondad de la gente, al menos no hacerlo de la manera menos decorosa posible. Si uno pretende convertir una celebración religiosa en un acto lúdico festivo, al menos que ponga las mínimas condiciones para que la primera permita el desarrollo de la segunda y para que la otra no entorpezca a la una. No se pueden organizar espectáculos onerosos y dejar de lado por el contrario el acondicionamiento del propio camino a seguir o las estancias en las que los peregrinos puedan descansar en su ruta de fe.

Es más que probable que, si el Beato alzase la cabeza, encontraría hoy en día unas nuevas palabras con la que terminar sus comentarios al Apocalipsis, una frase que encerraría al mismo tiempo ciertas dosis de arrepentimiento pasado, de incredulidad presente y de escepticismo futuro, porque bien podría aplicarse incluso a la mayoría de santuarios cristianos actuales: “bienvenid@s al mercado de la fe y la esperanza”.

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