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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

Demasiadas notas

Herme Cerezo
Herme Cerezo
martes, 3 de octubre de 2006, 00:49 h (CET)
Nunca les he hablado de Pallardó. Pallardó, además de un compañero de trabajo, es mi amigo. Con él comparto buenos ratos de charla y algunas aficiones. Entre ellas, no podría ser de otro modo, la literatura. Por eso, a veces, cuando no estoy muy seguro de ser justo o injusto con una novela, le invito a que la lea. Y eso hice con ‘El cielo de Madrid’ del leonés Julio Llamazares. Y por eso, por tener en cuenta la opinión de Pallardó, siempre mesurada y serena, he tardado un poco más de lo habitual en redactar esta reseña.

Hasta hace menos de un año, Julio Llamazares era para mí sólo un nombre más en el panorama de las letras castellanas. Discúlpenme pero me resisto a llamarlas letras españolas, porque tan españolas son las letras castellanas como las catalanas, las vascas o las gallegas, al menos, por el momento. Sus obras estaban en las librerías pero no en mi casa. Fue entonces cuando leí ‘La lluvia amarilla’. Y me encantó, ciertamente. Me gustó comprobar que la fama de que venía precedido este escritor estaba plenamente justificada. Poco después de mi primera “experiencia Llamazares”, se editó ‘El cielo de Madrid’. Recuerdo que los críticos celebraron con alborozo su regreso al mundo de la ficción, ya que llevaba once años sin publicar una novela. Confieso que yo también lo hice, pues conservaba reciente el sabor amarillo que proyectó en mí su lluvia. Ahora, una vez leído este cielo, no sé si debí celebrar su vuelta o no. La duda me embarga. Mi amigo Pallardó es de un parecer similar y no crean que él y yo tenemos los mismos gustos, qué va. Pero en este caso, coincidimos ambos.

Lo bien cierto es que ‘El cielo de Madrid’ es una invitación a la reflexión, especialmente para todos aquellos que ahora andamos entre los 45 y los 55 tacos, que ya son años, todos los que vivimos una buena porción de nuestras vidas bajo la égida de Franco, el Vigía de Occidente. Fuimos, somos, una generación que esperaba el derrumbamiento de algo, no se sabía muy bien qué, pero que se parecía bastante a una fortaleza inexpugnable. Aguardábamos la más mínima oportunidad para reemplazar esos muros caídos por otros nuevos, con otros aires, con otros ritmos. Fuimos, somos, lo que se llamó la generación del desencanto, ésos que, después de muerto el Vigía, nos preguntábamos ¿y ahora qué?

Y ese qué, que vino luego, no nos gustó.

Y ese qué frustrado, trajo el desencanto.

No hubo ruptura, ya nunca podremos saber si era la solución a nuestras aspiraciones, sino transición de un régimen a otro, con lo cual las ansias de revancha de una buena parte de esa generación, quedó en eso, en ansias.

Y por ahí va ‘El cielo de Madrid’, de la inadaptación de Carlos, el protagonista, al medio urbano, Madrid, que le rodea y que siendo el mismo que le recibió en su juventud, ya no es igual porque la pátina del tiempo ha dejado su poso en él. Carlos, de profesión pintor, tratará por todos los medios de recuperar aquel ambiente y aquellos amigos que durante un tiempo le hicieron feliz o, al menos, menos desdichado. Pero no podrá. Ni los amigos, ni los bares que frecuentaba, ni su propia actitud ante la vida (ahora ya es un pintor profesional, algo que nunca había deseado ser, sujeto a la servidumbre del mercado: peticiones de los clientes, presión de los galeristas, etcétera), le saben igual. En su búsqueda de la felicidad, por llamarlo así, más adelante, romperá todas sus ataduras, pensando que la soledad es el remedio a su problema. Ello le llevará a dejar la capital, que ya no se le antoja el templo de la cultura que envidiaba desde su Gijón natal, refugiándose en un pueblo de la sierra madrileña. Allí comprobará de nuevo que sus contradicciones viajan con él, en su maleta de la vida y que la huida no es solución, ya que todo sigue igual pero más lejos. En un momento llegará a decir: “Triste destino el mío, siempre a medias entre el cielo y el infierno, entre la libertad y la necesidad de amor, entre la soledad y la búsqueda del éxito, aunque éste fuera ya vacío y sin sentido para mí”.

Mientras leía ‘El cielo de Madrid’ no he podido dejar de pensar qué habría de autobiográfico en esta novela. Y creo que mucho, que posiblemente el protagonista, el tal Carlos, no sea más que un trasunto del propio Llamazares que un buen día, como muchos otros, también se plantó en Madrid para escribir su propia historia, sus propias ilusiones, su propia vida.

Parece claro que una obra con semejante urdimbre requería una escritura íntima. En este caso, el escritor leonés opta por la forma de carta (“Quiero decirte con ello ...)”, donde cuenta todas sus experiencias vitales. Pero una reflexión de más de doscientas cincuenta páginas ha de manejarse con sumo cuidado y atino. Y creo que este remedo de monólogo interior decae por momentos. A lo largo de su lectura, estuve varias veces tentado de cerrar el libro y poner en práctica la regla de las treinta páginas de cortesía que aplicaba Jorge Luis Borges a todo lo que leía. Sin embargo, conseguí acabarla, igual que mi amigo Pallardó. Y ahora que ya lo he hecho, creo que, aunque sea una observación que me repatea, a este cielo capitalino le sobra espacio porque su autor da excesivas vueltas sobre un mismo tema. Es decir, como en la película ‘Amadeus’ le espetan los prebostes cortesanos a Mozart: “demasiadas notas”. Pues eso, demasiadas.

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EL CIELO DE MADRID. Julio Llamazares. Punto de lectura, 6,50 euros, año 2006.

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