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Opinión
Etiquetas:   Tauromaquia   Toros   Animalismo  

Morante y su pañuelo

No pararemos hasta que a Morante -y a tantos como él- el pañuelo ya sólo les sirva para secarse sus lágrimas echando de menos sus tardes jugando a ser un dios desequilibrado
Julio Ortega Fraile
@JOrtegaFr
martes, 14 de mayo de 2019, 14:59 h (CET)

Morante es conocido por varias razones:


En su faceta ideológica por identificarse con un partido político de corte machista, xenófobo, homófobo, violento y fascista.

En la profesional, además de intentar (infructuosamente) medrar en el apartado anterior, por ganarse la vida torturando y matando toros.

Dentro de esta última y en el ámbito taurino se ha ganado la fama de ser mal torero y bastante cobarde (como todos), sólo que él todavía lo disimula peor.

¿Recordáis cuando en la plaza de La Malagueta intentaba, parapetado en el callejón, pinchar desde detrás de las tablas a un toro, manso donde los hubiese, en el morrillo?

Se sabe de su rechazo a toros grandes y por escogerlos rebajados en presencia sin que haya detrimento alguno del caché económico que exige.

Internado varias veces tanto en España como en Miami y en manos de psiquiatras, ha sido sometido a sesiones de electroshock al ser diagnosticado de un serio trastorno de la personalidad que en ocasiones le hace creerse que es otro y, palabras textuales de una publicación, “que le hace llorar amargamente”. Parece que la faceta que prevalece en él dentro de esta afección mental y con la que más a gusto se encuentra de todas ellas es con la de torturador.

Y hablando de lágrimas, hablando además de sudor y de hemorragias: los toros lloran, sudan y sangran, como nosotros. Sangran, lloran y sudan de miedo y de dolor, como nosotros también.

Miedo como el que sienten encerrados en un ruedo del que no pueden huir y dolor como el que padecen a lo largo de la lidia mientras su piel, sus nervios, sus músculos, sus huesos y sus órganos son desgarrados, cortados, quebrados y atravesados, por ejemplo, durante una tarde de corrida de Morante.

Y Morante el sádico, Morante el cobarde, Morante el fingidor, ese Morante que corre a los médicos cuando son sus enfermedades las que le duelen y asustan, ha vuelto a dar ejemplo de cada uno de los adjetivos que inician este párrafo pero, en esta ocasión, se ha superado a sí mismo en crueldad y abyección.

Después de martirizar a un toro (aborregado, de los que torea siempre) como sólo un psicópata sería capaz, se acercó al animal agonizante ya seguro de su integridad -hay quienes atan o matan antes de violar-, y sacando un pañuelo lo pasó por la testuz del desdichado toro arrastrando las lágrimas de su sufrimiento, del sudor de su ahogo y de la sangre de sus heridas.

Si me cuentan que en ese instante Morante tuvo una erección me lo creería pues sería una pieza más encajada en ese puzzle cerebral de los toreros cuya imagen final nos muestra un trastorno de la conducta muy grave y dañino. En el caso de este matador el relieve del engendro resultante de armar el rompecabezas es especialmente acusado.

De esa terna: toro, pañuelo y torero, sólo queda el último. Con el primero muerto y con el segundo el algún vertedero, sobrevive la basura humana que tortura, limpia y mata, por ese orden. Queda en pie para repetir y con sus bolsillos varios miles de euros más llenos tras esa tarde de crimen subvencionado y legal, aquel cuyo nombre bastará con pronunciar cuando los taurinos nos exijan respeto para su diversión y hacerles tragar sus miserables argumentos.

Y no, ese trozo de tela no le causó daño algo al toro, se lo hizo el acero empuñado por la misma mano que lo sacó de su chaquetilla. El pañuelo para lo que ha servido es para reafirmar lo que ya sabíamos, para que aquellos que todavía tuviesen alguna duda la hayan despejado y para recorrer el mundo con una realidad que duro 14 segundos, inmortalizada en una fotografía y con una vida secular: que la tauromaquia es un cáncer de la sociedad, y que en 2019 es mucho menos comprensible y aceptable de décadas o siglos atrás.

Dicen en el submundo de la tauromaquia que esto ha servido para darnos carnaza a los "antis". No os preocupéis, que ni el asco ni la lucha nos viene de la otra tarde de este canalla en La Maestranza. Sí que ha valido, en cambio, para que nosotros seamos aún más y vosotros estéis más acorralados en vuestra iniquidad. Y todos sabemos, empezando por los taurinos, que la tauromaquia está herida de muerte y tiene los días contados, que la paciencia nos bastaría para verla desaparecer, pero resulta que aquí los días de agonía se cuentan por víctimas animales en el ruedo y por víctimas infantiles de la violencia fuera de él, además de por viudas, huérfanos y madres y padres sin hijos, sea caídos en el albero intentando matar o en la calle tratando de subirse a la reja de una ventana durante un encierro.

Por eso, y porque aunque en vuestras conciencias sigan entrando más y más crímenes y muertes absurdas en nuestros corazones ya no cabe un muertos más, no pararemos hasta que a Morante -y a tantos como él- el pañuelo ya sólo les sirva para secarse sus lágrimas echando de menos sus tardes jugando a ser un dios desequilibrado.

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