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Opinión
Etiquetas:   Presos de la libertad  

Coma etílico

Eduardo Cassano
Eduardo Cassano
@EduardoCassano
sábado, 20 de mayo de 2006, 01:39 h (CET)
Dicen que los jóvenes ahora bebemos más y además lo hacemos más rápido. Por si esto fuera poco, según las estadísticas también ha disminuido la edad en la que se pasa de la primera copa a la rutina semanal. En los últimos años muchos niños de 11 a 15 años han sido atendidos por los servicios sanitarios de urgencia a causa de un coma etílico.

Ya no estamos hablando de que los jóvenes beben mucho, ni tampoco de los adolescentes. Estamos permitiendo que niños a los que todavía no les ha crecido la barba sigan el ejemplo de sus hermanos o el propio padre, o simplemente se dejan llevar por los amigos que, de no seguirles el juego, lo apartan del grupo.

Pero con el alcohol no es suficiente y si la gente toma otras sustancias, ellos también. El consumo de cocaína, a pesar de su elevado precio, ha aumentado a un 300% de menores en la última década. Una auténtica barbaridad.

Aunque la forma de vivir la fiesta en una discoteca ha cambiado mucho, el fin de acudir a ellas para mucha gente sigue siendo el mismo: el sexo. Y eso es algo que se nota en la ropa ajustada y atrevida de las chicas, que por supuesto no buscan chicos superficiales. Pero también se nota en los coches tuneados y bolsitas de cocaína de ellos, algunos de los cuales no saben ligar con el tradicional método de la conversación, las miradas insinuantes y el saber conquistar a una chica.

Ahora recuerdo con cierto cariño una anécdota que tuve en mis primeras sesiones de discoteca. Era un amigo de esos que se acaban haciendo al ver cada semana a la misma gente. Aunque él parecía tonto y desesperado, como algunas personas decían, quizás haya sido el tipo más inteligente que he conocido, pero sobretodo el más práctico. Me dijo entonces lo que yo entendí como una locura: “Tendríamos que ser más parecidos a los animales, que cuando quieren echar un polvo van y punto, sin tanto sentimiento ni complicación”. Yo no podía evitar reírme, pero cada semana él era quién terminaba con una chica diferente mientras los demás seguían mirando y pagando sus cubatas.

No era el típico chico atractivo que buscaban las chicas atractivas, ni tampoco era el mejor conversador que buscaban las demás. Tenía una táctica infalible a largo plazo, y gracias a la cual empecé a creer en la ley de las probabilidades. Desde que entraba a la discoteca hasta que salía, iba preguntando a cada chica: “¿Quieres rollo?” Al final, siempre había alguna que le decía que si.

Pienso que si hoy hubiera más chicos como él, los jóvenes beberían bastante menos. Imagino que en el fondo sólo beben para olvidar lo vacíos que están, y tratar de ser durante unas horas la persona que en realidad les gustaría ser. Resulta bastante triste, pero es así.

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