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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

'El diario del Ron', de Hunter S. Thompson

Gabriel Ruiz-Ortega
Gabriel Ruiz-Ortega
martes, 3 de octubre de 2006, 00:49 h (CET)
Me gustan las novelas en las que el escritor deja algo más que la piel en sus escritos. Hace unos días estuve deambulando por librerías en busca de un texto que me depare esos instantes de iluminación tan similares como los relámpagos sobre el agua que se vuelven imperecederos en nuestra memoria de lector. Me di unas vueltas por la sección Novedades de la librería Crisol en Lima, revisé los textos, pero la presencia de un antiguo amor de aulas universitarias, que al igual que yo, buscaba libros, me hizo ir a la sección de libros ubicados en los estantes, libros que por lo general son colocados a años de haber estado en la tan codiciada sección Novedades. Y entre los textos que iba viendo, tratando de ubicarme lo más cerca posible de aquel arrollador amor que me dejó huella indeleble, no pude evitar retirar la mirada a una novela que de por sí llamó mi atención, la cogí, y tengo que aceptar mi ignorancia, no conocía aquel título de este autor a quien durante años había leído y releído como auténtico poseso. Así es que decidí comprarlo, aunque previamente me informé, gracias a uno de los empleados de esta librería, que aquel angelito que me llevó a los estantes siempre se da sus vueltas los lunes y los miércoles de cada semana.

Son muchas las cosas que se dicen de la leyenda que envuelve a la persona de Hunter Thompson, los testimonios son tan disímiles que es muy difícil dar en el blanco al tratar de ubicar cronológicamente ciertos sucesos de su vida, como vendría a ser el caso del año de su nacimiento, por citar solo un ejemplo. Para cuando esta novela salió a la luz Hunter ya cargaba sobre sí la fama de periodista corrosivo que todos le conocimos y uno no deja de preguntarse la razón por la que él mantuvo esta novela enterrada durante más de 30 años, y que su publicación y difusión ya es parte de lo que se suele llamar Los milagros literarios luego de que un amigo la desenterrara del sótano de su rancho en Woody Creek, Colorado. Sinceramente, este libro se encuentra muy lejos de lo que es el estilo Gonzo, hasta podría catalogarse como una obra menor dentro de sus aportes que ofreció al periodismo mediante sus recordadas crónicas extensas, escritas a vuela pluma entre tabaco y alcohol como vendrían a ser Miedo y asco en las Vegas y Los ángeles del infierno.

En muchas ocasiones nos topamos con estrechos lazos que podemos encontrar entre el periodismo y la literatura, pero cuando abordamos a un narrador como Thompson uno espera poder encontrar puentes, y en esta novela no encontramos ninguna clase de ligadura estilística a no ser por la temática que él ha desarrollado en todo lo que entregó a las imprentas.

Hunter pertenece a esa gama de escritores pajareros en la que es sumamente difícil dejar de asociar la vida y la ficción, los casos como los de Henry Miller, Ernest Hemingway y Jack Kerouac sirven como buen ejemplo ilustrador cuando encontramos que la realidad y la imaginación se enriquecen y complementan mutuamente. Más allá de su disoluta vida, Hunter siempre tuvo la idea de convertirse en escritor, mucho antes de emprender la escritura de la novela en cuestión se abocó a la creación de una novela que no tardó en ser rechazada por los editores, esta frustración lo llevó a sumergirse con todo en el mundo del periodismo, y es por eso que no tardó en aceptar el trabajo como corresponsal en Puerto Rico, lugar en el que encontró las fuerzas renovadas y el ambiente ideal para esta historia que pergeñó robando tiempo a los excesos y a la frivolidad. Cuando uno se topa con esta novela no puede soslayar el impulso narrativo en el que descansó como creador, siendo la influencia de los tres narradores ya mencionados los que contribuyeron subrepticiamente en dejar su cuota metaliteraria, ya sea con hastío, aventura y desenfado respectivamente.

Kemp, el periodista norteamericano, protagonista de la novela, acepta trabajar para el San Juan Daily News de Puerto Rico, y ni bien llega a la isla no tarda en entablar contacto con sus colegas de profesión adentrándose en aquel mundo marcado por los intereses, los engaños y el cinismo que envuelven en una despiadada podredumbre a una isla corroída por los capitales norteamericanos en donde no interesan los precios que tienen que pagarse con tal de incrementar a cómo de lugar el dinero invertido. Es en medio de este remedo de Babilonia tropical que el joven Kemp pasea su desazón y su aura de galán caminando por las playas rodeadas de agua turquesa y palmeras en punto álgido de verdor. La variopinta gama de personajes arrancan en más de una ocasión la sonrisa del lector, pues a pesar del hartazgo existencial que se percibe de la atmósfera de esta novela, no se puede dejar de reconocer que las interminables noches premunidas de aventuras en donde el ron, el desenfreno y el sexo son sin lugar a dudas los verdaderos soportes de esta historia que tiene todo los ingredientes existencialistas que tanto cundió en los años en los que ésta fue escrita.

El diario del ron refleja la desazón de Hunter, y esta característica la notamos en prácticamente toda su obra, pero uno es incapaz de dejar de percibir en esta novela el hálito moral que llegó a ser inexistente en casi toda su trayectoria. Sin embargo, uno no puede dejar de percibir que pese a la calidad literaria exhibida en esta novela, esta no pasa más allá de ser una buena novela de aprendizaje, heredera en estructura de la novela decimonónica norteamericana, de la que se pueden percibir los rasgos patentes e irrefutables de Herman Melville, ya que los protagonistas de Melville como los de Thompson están en constante pugna por alcanzar un estado de lucidez y libertad, las mismas que pueden conseguirse bajo los designios de las utopías o del viaje interior que significa el redescubrimiento de la persona a través de experiencias singulares. Thompson asimiló muy bien el legado del autor de Moby Dick a edad muy temprana ya que esta novela la escribió a la edad de veintidós años.

El estilo es muchas veces la marca registrada de los escritores, es en este en el que descansa el argumento de las historias, por más baladíes que estas puedan ser. Si esta novela hubiese sido escrito por otro escritor que no sea Thompson estaríamos, sin lugar a dudas, ante una muy buena novela, pero no, esta novela fue escrita por un narrador extraordinario que dio lo mejor de sí en sus crónicas, las mismas que lo han catalogado como todo un clásico contemporáneo, de quien quizá sea la voz más honesta de la narrativa norteamericana en los últimos cincuenta años, y a quien hay que colocar al lado de figuras como Hemingway, Capote y Faulkner. Y no exagero al decir esto.

Una vez más, la editorial Anagrama, pese a los problemas de traducción, rescata la novela de un autor clave, El diario del ron viene a darnos una perspectiva en la evolución narrativa de quien daría sus mejores muestras con el estilo Gonzo que creó y depuró a lo largo de toda una trayectoria marcada por los excesos y el afán tanático que se ha podido leer en toda su obra, y que después de su suicidio, acaecido el 20 de febrero de 2005, ha pasado a ser parte de la leyenda en la que se convirtió, lo más probable, sin llegar a proponérselo, pero esa es ya otra historia.

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