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Mayo poético

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
miércoles, 17 de mayo de 2006, 02:13 h (CET)
Pienso que mayo es como una luna de flores en el corazón humano. Tiene todos los estímulos poéticos para llevarnos consigo; el esplendor de los campos, las sábanas olorosas de los pétalos, los encuentros amorosos de los pájaros, el baile de versos que rondan los amaneceres, las pinturas de fuego al atardecer, las noches estrelladas para beber labios de amor, como que el cielo se baja a la tierra para resucitarnos por dentro. Ahí está como botón de rosa y anhelo del corazón, el romance del prisionero. Nos describe el deleite de la libertad de mayo, “cuando los enamorados/ van a servir al amor”, bajo una atmósfera encendida de gozos que tan bien nos sienta respirar.

Lo que sucede es que hoy el amor me parece que también se sirve de otra manera, sin abrirse y más como instinto, en plan posesivo más que como ofrenda y sacrificio. Hasta el punto que, en ocasiones, empieza ya a resultar bastante difícil discernir si la procreación ha sido fruto del amor o de una noche desenfrenada. Lo animal ha tomado posiciones ventajosas. Creo que mayo es un libro aventajado para el amor, del que podemos beber sustanciosos mensajes para la vida. Su angelical ternura creadora puede ayudarnos a ver otro despertar más amoroso, como fuente de la que nació este mismo estado de donación.

A pesar de los hielos que se clavan en los corazones, somos hijos de un mundo que se mueve por ciclos. Mayo tiene ese encanto especial de elevarnos a poco que nos dejemos. Sólo hay que subirse al despertar de la naturaleza. Algunas gentes se sienten tan a gusto, que avivan los festines de mayo, aunque sea en el recuerdo. Mejor es eso que nada. Llegan a plantar el árbol de mayo en sus ojos como si lo tuviesen delante, vuelven a declararse el amor a la sombra de las poéticas ramas y trepan por el abecedario del tiempo con el corazón en la mano. Es por mayo cuando todo vuelve a empezar. Resurge la creación y se vuelve a regenerar la vida. Nacer en mayo con la poesía en los labios, desabrocharse como lo hace una rosa a la vida, despuntar amores en vez de apuntar odios, es una sana manera de recomenzar. Sin duda, mayo es de los poetas y de la poesía, de la poesía y de los poetas que son capaces de injertar músicas siderales en ambientes de asfalto.

Como agua de mayo todo viene bien en esta parada de perfumes naturales. Se alza con todas las bendiciones del tiempo. Su altar ha cosechado los más níveos versos, las declaraciones más puras, sus enredaderas perfumadas de emociones tienen un olor astral que nos mueven el alma. Mayo no pasa indiferente para nadie. La respuesta de mayo globaliza, universaliza, fraterniza. Sólo hay que dejarse plantar en la tierra buena de los humildes, bajarse de las alturas, puesto que allí no se dan las flores de verdad. Las de mentira no son lo mismo. Dicen que en el corazón de todas las estaciones vive un mayo florido, y que detrás de cada noche, viene una rosa que nos devuelve la sonrisa. Sólo hay que salir a recibirla. A mayo hay que marchar a reconquistarlo en la pureza, para acogerlo y abrazarlo y que te sacie de su belleza.

Mayo tiene tras de si historias irrepetibles que van perdiendo fuelle. La agitación del movimiento obrero del primero de mayo ya no es lo que era, aunque debiera serlo, puesto que el sistema capitalista nos está dejando sin voz, cristalizando –y no con flores- en unas formas de vivir presididas por el individualismo, el consumismo y el hedonismo. También se ha degenerado lo que es amor propio, el garbo de un levantamiento contra el invasor de manera espontánea y popular. Ahora, sin embargo, vemos crímenes organizados y nos damos la media vuelta. Los efectos de esta pasividad ya se empiezan a sentir. Podemos tener los mejores paraísos para el descanso, las mejores lunas y soles, los más claros días de mayo, pero si la actividad delictiva crece, como apunta la policía, el turismo baja porque los cariños se pierden.

Me dicen, de igual modo, que en este mayo floreciente han aumentado las madres que no han recibido ni una rosa de sus descendientes. Unos porque empiezan a dudar de tener madre y otros porque esas cosas sencillas de regalar flores no lo entienden. Se les pasa desapercibido. En cualquier caso, está visto que mayo ya no es lo que era. Por eso, yo vengo a reivindicar el mayo de las revoluciones y de las rosas, el mayo de las madres y de la clase obrera, el mayo de los poetas y de los enamorados. El mayo del alma, en definitiva. No vale la pena perder el tiempo mirando los triquinis en los retocados cuerpos, esas tiras tan de moda ahora que se entrelazan para cubrir lo justo y necesario, con escotes de vértigo y aberturas asimétricas, y no ver los atractivos que tiene la naturaleza por sí misma, embelesarse con sus multicolores vestidos, dejarse seducir por esa maravilla sustancial que el creador puso a nuestro alcance para no tener hambre de oxígeno.

En el universo de las maravillas de mayo se dan todas las hermosuras, su lienzo viene cargado de dulzuras que invita a contemplarlas. No se pide nada a cambio. Me parece un buen motivo hallarse, pues, con este tiempo de galanuras. Tenemos el corazón sitiado, desgarrado, recluido en las tinieblas, embotellado por las adicciones, enjaulado por el consumo, que nos viene a pedir de boca redescubrir el mayo liberador. Que la libertad no es fruto que crezca en todos los ambientes y, por ello, todavía no está al alcance de todas las personas. Mayo, con su dulce nombre, tiene todos los hechizos para descongelarnos la cara de tristeza del invierno. Nos otorga el privilegio, adquirir el hábito sólo depende de nosotros.

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