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Genoma humano y ética

Patxo Palacios
Patxo Palacios
miércoles, 17 de mayo de 2006, 02:13 h (CET)
A falta de su publicación en el BOE, la nueva ley de reproducción asistida es ya una realidad. En síntesis, esta ley viene a eliminar los límites al número de ovocitos susceptibles de ser fecundados in vitro, posibilitando la investigación biomédica con embriones desechables. Se autoriza igualmente la selección genética de embriones sanos con fines terapéuticos.

La gran diferencia con la situación legal preexistente es que antes sólo se permitía la selección genética preventiva para evitar futuras enfermedades hereditarias al bebé.

Así pues, la nueva norma da vía libre para el diagnóstico previo a la implantación y a la selección entre distintos preembriones in vitro de uno sano sin enfermedades transmisibles, todo ello para propiciar un ‘nuevo niño’, donante para un hermano con leucemia o cualquier otra enfermedad hereditaria.

La norma en sí es ciertamente loable y supone un gran avance médico-científico. Uno no puede sino felicitarse por la aprobación de leyes tan positivas como esta, máxime cuando se salvaguardan escrupulosamente los criterios éticos elementales, merced a la actuación de la Comisión Nacional de Reproducción Asistida.

De este modo, la selección con criterios genéticos, raciales o de sexo quedan radicalmente prohibidos por esta medida. Cualquier ambigüedad en este sentido de la norma, habría abierto la puerta a experimentos racistas, tráfico de seres humanos como cobayas, etc, al más puro estilo Mengele.

Esta medida busca sin duda salvar a un hijo enfermo, por medios médicos, salvaguardando la dignidad del ser humano ante todo y evitando viajes al extranjero para buscar por la puerta de atrás soluciones que la ley española no contemplaba.

Del mismo modo, se da una fuerte relevancia al criterio médico en cuanto al número de ovocitos que se autoriza a fecundar, para asegurar las mayores posibilidades de embarazo y evitar en lo posible la repetición de ciclos de fecundación.

Todo un avance, sin duda. Alguno la ha denominado “ley de bebés a la carta para curar a sus hermanos enfermos”. Y bien, ¿por qué no? ¿quién sale perjudicado? Olvidemos por una vez prejuicios religiosos o políticos y saquemos del armario nuestra vis humanista, a lo Leonardo.

Utilicemos la ciencia en bien del ser humano y de su salud, con el único condicionante del criterio ético: vivir lo mejor y el mayor tiempo posible sin perjudicar por ello a nadie.

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