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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

¿Quo vadis, España?

Mariano Estrada (Alicante)
Redacción
lunes, 15 de mayo de 2006, 21:59 h (CET)
Ahora resulta que la España de charanga y pandereta, por la que tanto nos hemos afligido desde que así la bautizara Machado, el poeta andaluz (hoy poeta de una futura realidad nacional por la gracia de Chaves-Zapatero), no es ni mucho menos la peor España posible. Por lo que hemos podido ver estos días (estos meses, estos dos últimos años), la peor España posible ¡quién lo iba a decir!, estaba larvada en Cataluña, esperando el empujoncito de alguien que la pusiera en circulación: “Lázaro, levántate y anda” ¡No me diga! ¿Y quién es ese alguien, al que tal suerte le cupo?

Digámoslo de otra forma: ahora resulta que la España más productiva, la más seria, la más admirada por los españoles de otras comunidades, regiones o latitudes; la más rica de todas, la que tiene un tejido social organizado y envidiable, la ventana por la que queríamos que nos miraran desde otras partes del mundo, la locomotora que tiraba de los renqueantes vagones de cola, incluidos los lastres endémicos de la picaresca, la inclinación al pesebre y a la vida contemplativa o contrapunto de la imponderable productividad… Esa España, digo, es también la más esperpéntica, lunática y estrambótica que el peor de los encantadores que persiguieron -y persiguen- a don Quijote haya podido imaginar. ¿Adónde se dirige vuesa merced, excelencia? Voy a Cataluña, Señor Aparecido, a descubrir los vericuetos, oquedades y pasadizos por los que se llega a la nueva realidad catalana, de los que se dice que son obra de ingeniería cerebral muy próxima a la fenomenología y al paroxismo, ambas cosas a un tiempo.

¿Pero cómo es posible crear una nación a través del retorcimiento de las ideas, de la interpretación y/o suplantación de las voluntades, de la tergiversación monda y lironda de los acuerdos, de la burda mentira y del estúpido circunloquio? Para ser nación hay que serlo de frente, sin ambages, sin tapujos, sin medias tintas, con argumentos fundacionales y fundamentados, clarividentes e incontestables. Más o menos así: Cataluña es una nación porque al señor Huguet no le gustan los toritos de trapo… ¡Vaya, hombre! ¿Ni siquiera con los botines de El Fari? Ni siquiera con los botines de El Fari. Las naciones catalanas, de las que quiero advertir a su impresionante señoría que va a haber muchas, grandes y libres, se fundamentan todas en la figura del caganer, con la que Huguet comparte todos los días una sardana... Vale, vale… ¿y si deja usted de decir “tonterida española”, que ya se está pasando con el mondongo? Huguet es un cero a la izquierda, por si no lo había intuido. Y en lo tocante a la construcción futura de España, el que pinta es Maragall, que, con la ayuda de Zapatero, está dispuesto a hablarnos de tú desde la Imperial Cataluña: Mira, José Luis, el futuro de Europa está aquí, con nosotros. De momento, ya hemos entonado la Marsellesa en catalán. No te quepa Aulestia de que pronto entonaremos también el himno de España, porque sí, oye, porque en el fondo “la sardana y el fandango me emocionan”. Y porque “España me pone”, joder, ya lo dijo el folclórico presidente de Cantabria, el que me regaló la pulsera que de verdad me ha curado de tentaciones separatistas.

Ahora resulta que el ciudadano Maragall, el que fue tan buen alcalde de Barcelona, el que teóricamente lideraba un proyecto socialista para contraponer al corrosivo nacionalismo de Pujol, el astuto gnomo de CIU que se había apoderado en exclusiva del chiringuito y de la butifarra; el que parecía llamado a mantener la cohesión de “esta España mía / esta España nuestra” que no encuentra su esencia ni su voz ni su equilibrio… Que el ciudadano Maragall, digo, no es ni mucho menos la solución para nuestros muchos quebraderos de cabeza. Por lo que hemos podido ver estos días (estos meses, estos últimos años) es más bien una parte importante del problema que tenemos que resolver, el que nos agarrota y nos inutiliza.

Y Maragall fue el que dijo que Cataluña se había cansado de ser solidaria con España. Él fue el que habló de la asimetría federal, es decir: del desequilibro interregional y del privilegio de los elegidos. Él fue el impulsor de un Estatuto que rompía claramente el consenso constitucional (La constitución no es inamovible, por supuesto, pero si tal es el pacto que voluntariamente nos dimos, hay que mantenerlo por todos mientras no decidamos cambiarlo). Él fue el que metió en el gobierno de Cataluña a esos niños radicales que, por jugar con el fuego, terminarían meándole la cama. Él fue el que tapó la corrupción endémica e institucionalizada de CIU (situada entre el 3 y el 20 de la calle Porcentaje), corrupción que antes había destapado en un arrebato de incontinencia parlamentaria; el que ha permitido, vía Montilla, que su partido se beneficiara de unos cuantiosos préstamos condonados de bóbilis bóbilis, aunque sólo de un bóbilis aparente. Él fue el que aguantó los desmanes de Vendrell, encaminados a financiar el partido extorsionando a los que fueron empleados por su mediación. Él fue el que nombró como consejero de gobernación a un tipo que había ejercido de terrorista mediante la colocación de dos iniciativas de pólvora…

Menos mal que CIU, de quien se sabe que ha practicado la corrupción durante 24 años seguidos, al 3 o al 20, tanto da, se presenta como el salvador de la patria. Experiencia, ya tiene. Mano izquierda, también, por más que sea un derechón de padre y muy Pujol mío. Ganas de mandar no le faltan: Durán está pidiendo a gritos un ministerio en Madrid ¿El de Hacienda? Y el viento lo tienen a favor “desde aquel día”. O desde aquella noche ¡”Qué noche la de aquel día”! ¿Eh, noi? Sí, sí, desde aquella noche intensa y memorable en la que Zapatero y Mas, “amigos para siempre”, le pusieron los cuernos a los chicos de Ezquerra Republicana de Cataluña una, Cataluña grande, Cataluña libre; aquellos que con el pacto de Tinell, basado en el oportunismo y en la necesidad (ingredientes requeridos para todo chantaje), quisieron poner a España patas arriba, justamente para que en el futuro nadie pudiera volver a decir “Arriba España”, sino tal vez Visca el Barça, Adéu Madrid, “Amunt, amunt, Catalunya”.

Pero a esos chicos rebeldes los ha descabalgado Maragall, y a Maragall lo descabalgará necesariamente Zapatero, si es que quiere los votos de don Arturo, prometidos en una noche de amor ante una mesa redonda. De esta manera sacarán adelante la patata caliente del Estatuto, que seguirá garantizando la inestabilidad, que seguirán dando alas a los radicalismos, que no contenta a tirios ni a troyanos, que no concita el entendimiento ni postula la concordia, que no garantiza ni de lejos una mejor Cataluña ni una mejor España.

Lo yo no entiendo bien es que todos estos líos de telenovela folletinesca no ayuden a las mentes preclaras de una y otra parte a entender que lo que debe hacerse de veras es reformar la Constitución y establecer un estado federal con el acuerdo de todos, o por lo menos de la inmensa mayoría, y, desde luego, con el acuerdo del PP y del PSOE. ¿Qué sentido tiene un estatuto que va del noventa al cuarenta y nueve, pasando por el cincuenta y cuatro? ¿Qué se puede hacer con un estatuto que, si la Moreneta no lo remedia, va a ser aprobado por los pelos? ¿Se puede forjar la convivencia contra un montón de ciudadanos, previsiblemente cercano a la mitad de los catalanes, por no mentar al resto de los españoles? ¿No era condición “sine qua non”, como dijo Zapatero Blas Punto Redondo, un consenso amplio, por supuesto más amplio que el del actual y ya moribundo Estatuto, que en la gloria quede? ¿Y esto es lo que ha costado dos años de mareos, sustos, broncas, vicisitudes, encuentros y desencuentros, amenazas, chantajes, boicots e incluso odios entre “hermanos, camaradas, amigos, despedidme del sol y de los trigos”?

Pues no sé si ha valido la pena.
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