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Etiquetas:   La parte por el todo  

No necesita sello

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 14 de mayo de 2006, 08:34 h (CET)
La estabilidad de la estructura de nuestra sociedad se basa en el hecho elemental de la confianza en el otro. De ello, del confiar en la buena voluntad de todo aquél que no sea yo, pueden derivarse dos situaciones: que se traicione la confianza, o no.

Si ocurre lo segundo, si conseguimos que todas nuestras expectativas se cumplan, podemos correr el riesgo de no valorar lo mucho que tenemos. Es más, si hay alguien destinado a sufrir nuestros desaires serán, con toda seguridad, aquellas personas que en todo momento se han mantenido de nuestro lado. Esto último puede provocar que se cansen de nuestro mal genio, que lleguen a pensar que reciben menos de lo que dan, que sientan que están siendo víctimas de una supuesta estafa.

Lo que acontece a continuación es sorprendente. Para mí, el otro me ha traicionado; para el otro, yo he sido el traidor. Mi caso se parece al de aquella empresa que un día concreto anula los pagos tras años de mensualidades cobradas exactamente el día prometido. El suyo recuerda a la situación que vive quien, aun comprobando la caída diaria del valor de las acciones que posee, decide seguir apostando por una empresa que los expertos dan por muerta desde hace tiempo.

Los dos nos sentimos defraudados. Los dos tenemos razón, puesto que cada uno ha vivido la experiencia desde su propia trinchera, relacionándola con acontecimientos pasados y utilizándola como protección contra posibles ataques futuros. Pero nuestro presente es el mismo. Los dos nos hemos arruinado y ha sido por un exceso de confianza en otra persona. El ser humano tiene una facilidad sorprendente para sentirse estafado.

Caeremos de nuevo en la misma piedra, claro. Somos seres sociales, de los que dependen más de lo que hay fuera de su cuerpo que de sí mismos. Necesitamos sentir la solidez de la estructura cuando miramos a través de la ventana o cuando depositamos nuestra compra en la caja del supermercado. Necesitamos saber (estar totalmente convencidos) que todo funciona.

Por otra parte, nada que funcione lo hace correctamente siempre y para siempre. Y menos, por supuesto, algo en lo que el género humano esté presente. Esos pequeños fallos de ajuste estructural provocan nuestro recelo ante nuevas puestas en marcha, recelo que el tiempo ha de achicar. Hasta que volvamos a darnos cuenta de que la única manera de funcionar es formar parte del todo, y confiar en que haya piezas suficientes para que el todo dure eternamente.

Debemos, no nos queda elección, confiar en la voluntad de la gente por mantener la estructura, aunque sintamos constantemente que demasiada confianza en un elemento puede hacer que todo se venga abajo. Aunque creamos que somos el último piso, el más vulnerable, del castillo de naipes.

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