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Putin se abstiene de polemizar con Cheney

Dmitri Kosyrev
Redacción
viernes, 12 de mayo de 2006, 17:28 h (CET)
Días antes de presentar Vladimir Putin el mensaje anual a la Asamblea Federal, el Kremlin organizó un sustancial escape de información. Según insinuaba una fuente, posiblemente, en su mensaje el presidente ruso daría una respuesta a la declaración hecha el 4 de mayo por el vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney, en la cumbre de los Estados de los mares Negro y Báltico. En aquella ocasión, Cheney acusó a los dirigentes de Rusia de “limitar injusta e incorrectamente los derechos del pueblo ruso en cuestiones de la democracia”, de utilizar en las relaciones internacionales petróleo y gas como instrumentos de chantaje e intimidación, así como de “socavar la integridad territorial de los países vecinos y de injerir en los movimientos democráticos”.

Desde el comienzo mismo hubo sospechas de que este escape de información no iba a cuajar en realidad, de que era un afiligranado truco informativo. El presidente de una potencia mundial difícilmente entablaría debates con el vicepresidente de otra potencia mundial y, además, en el mensaje anual. Y, realmente, esto no llegó a ocurrir. Más aun, Dick Cheney aparte, los temas de política exterior no resaltaban en la alocución presidencial de una hora de duración. Desde luego que se puede catalogar entre tales los planteamientos muy detallados de Vladimir Putin relativos a la competitividad de la economía nacional (tema presente en todos sus mensajes anuales) o a la defensa y seguridad nacionales, a los dispendios militares de Rusia y de otros países, a la carrera armamentista global y a la proliferación de armas nucleares. Pero de ninguna manera se podrá catalogar entre las cuestiones internacionales la demográfica y las tareas relacionadas con ésta en el proyecto nacional de sanidad y en los programas sociales de Rusia.

Así que el vicepresidente de EE.UU. tendrá que contentarse con la respuesta dada a su declaración por el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguei Lavrov, quien calificó de “sacrílegas” algunas de las tesis expuestas por Cheney en Vilnius, haciendo recordar que “a comienzos de los años 90, gracias al heroísmo y la abnegación de la fuerza de paz rusa fue detenido el derramamiento de sangre en Georgia y en Moldavia, lo que contribuyó a preservar la integridad territorial de dichos Estados. El jefe de la diplomacia rusa también mencionó que en los 40 años últimos Rusia no había incumplido un solo contrato de suministro de petróleo o gas a otros países.

Pero la historia no termina aquí, pues numerosos columnistas relacionan el discurso pronunciado por Cheney en Vilnius con la presidencia de Rusia en el G-8 y la cumbre de éste a celebrarse este verano en San Petersburgo. Según se afirma, Cheney le advirtió a Rusia de que si no iba a introducir cambios en su política, sería expulsada del G-8 y no acogería a la cumbre.

No es la primera cumbre con la participación de Vladimir Putin que se ve acompañada de una feroz campaña propagandística, la que en honor a la verdad, suelen instrumentar expertos y periodistas y no los miembros del gabinete de uno u otro país. En vísperas de tales acontecimientos no faltan los que se escudan en la tesis sobre el fracaso inminente del encuentro, en caso de incumplir Moscú unas u otras exigencias políticas. Por tradición, la parte rusa pasa por alto tales manejos. Y la nueva cumbre se corona de éxito, pese a los males augurios.

Supongamos lo que suceda, si uno de los líderes del G-8 osaría plantear en San Petersburgo el tema de la democracia en Rusia o del papel de Moscú en Eurasia, en vez de centrarse en la agenda que preparó Rusia. (Es la idea medular del discurso de Cheney y de otros políticos de la misma laya). No pasará nada de extraordinario. El Grupo de los Ocho aprueba por consenso sus documentos finales.

El desconcierto dentro del G-8 causará deterioro a la reputación de que goza este club. Rusia propone someter a debate la seguridad energética global, así como abordar los temas, relativos a la educación y a la lucha contra las enfermedades infecciosas. Los líderes de los ochos países están interesados en aprobar un documento sobre los problemas en cuestión y tratar de plasmar en hechos las declaraciones verbales.

Rusia, por ser el país número uno del mundo en materia de reservas de hidrocarburos, seguirá aplicando las estrategias elaboradas en este ámbito. Por estas estrategias se entienden las responsabilidades asumidas ante los consumidores, lo que impone la necesidad de promover una política concordada en este dominio.

¿Qué pasará, si la cumbre culmina en fracaso, como auguran los expertos más radicales? Nada. Simplemente, el G-8 pondrá en claro el papel dualista que ocupa en el sistema de política mundial.

Sufre una crisis no sólo el Grupo de los Ocho como institución política sino que Occidente en su conjunto incapaz de mantener el liderazgo en el escenario internacional. La India y China, nuevos favoritos del desarrollo mundial, no forman parte del G-8, aunque los líderes de los países mencionados participan habitualmente en las reuniones del club selecto en condición de invitados. Por veleidades de la fortuna, Rusia se incorporó al G-8, pero sus posiciones en el escenario internacional coinciden más bien con las de la India y China que con las de EE UU y Gran Bretaña.

Se estudia la alternativa de convertir este club en el foro de los todos los líderes reales de la economía mundial, admitiendo al mismo a China y la India y, posiblemente, a la República Sudafricana y Brasil, o olvidarse de las ambiciones políticas de uno u otro país. En este caso Rusia podría desempeñar el papel protagónico dentro del G-8. Si se trata de los intentos de convertir el gripo en el instrumento de la lucha contra las economías en expansión, Rusia debería revisar su condición de miembro pleno en esta estructura. El presidente Putin habló sobre eso en su mensaje anual a la Asamblea Federal.

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Dmitri Kosyrev, para RIA Novosti.
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