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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

El ventero de la Inés

Nieves Fernández
Nieves Fernández
sábado, 6 de mayo de 2006, 20:39 h (CET)
Llegamos a la Venta en una primavera agradecida con el Valle de Alcudia que atravesamos embelesados, sorprendidos. Después de muchas curvas nos encontramos milagrosamente en un camino estrecho, rodeados de flores silvestres a ambos lados del autobús que nos transporta, ahora acompasadamente. Eso nos transmite una sensación de paz y bienestar, como si estuviéramos inmersos en la imagen de una fotografía con objetivo curvo de un planeta ingenuamente infantil y florido, salido de un cuadro de arte naif con paisaje verdoso.

Nos recibe con buzo azulina de faena, quien a sus casi 80 años no ha dejado de trabajar ni desea jubilarse, ni como dueño ni como guardador de la Venta centenaria, nótese que no decimos vigilante, ni guarda. Primero, nos ofrece su hospitalidad, grande, humilde y grande, haciéndonos leer la placa que recuerda a Cervantes, colocada al lado de la puerta. Al instante, ya está recitando pasajes cervantinos del Quijote y de Rinconete y Cortadillo que memoriza como pocos, sobre todo los pasajes referidos a su Venta, al lugar donde vive junto a su esposa e hija, ambas discapacitadas.

Se llama Felipe Ferreiro, desciende de gallegos y resiste en su feudo cervantino de la Venta de la Inés de Almodóvar del Campo, aguanta frente las adversidades y la falta de entendimiento vecinal que le obligan a vivir como toda la vida. Porque así es como vive esta familia, apartada en el campo, sin luz, un minúsculo molino da vueltas a escasos metros de la casa; nada que ver con los molinos harineros convertidos a fuerza de imaginación por Don Alonso Quijano en gigantes, aunque... gigantes poderosos, haberlos “haylos”; nada que ver con los captadores de energía eólica que se levantan orgullosos en otras colinas manchegas. Una pequeña placa solar completa el insuficiente suministro energético. Pero, por un día, esas pequeñas incomodidades definen para nosotros la aventura viajera; así, todos felices y contentos. Es volver al pasado, como si el progreso fuera imposible que llegara a la Venta cervantina.

Tras el largo viaje, el precario lavabo de Uralita, alejado de la vivienda, cerca del corral de aves, o de la alambrada de los perros de compañía, ahora encerrados para no molestar al turista, o de los surcos de sándalo, orégano y hortalizas, nos ofrece entre bromas y viejos recuerdos de corrales de infancia algo de alivio e intimidad. El inodoro ha de llenarse a golpe de cubo y bidón dispuesto a la salida, aún así hay cola y sonrisas femeninas para entrar. Felipe se queja de que su vecino no le deja engancharse a la luz y al agua de la modernidad, lo hace sin dar nombres, le llama el “todopoderoso”, se queja de injusticia como la Pastora Marcela se quejaba a los hombres que la criticaban por ser la responsable de la muerte de Grisóstomo, quien, según la novela, está enterrado, cerca de la Fuente de Alcornoque, muy cerca de la Cueva de la Inés, ambas citadas por Cervantes. Pero Marcela no es culpable, ni tampoco Felipe. Y sus quejas se lanzan al cauce del río que baña las dos propiedades. Sin embargo el río no contesta, ni a la pastora Marcela ni al ventero Felipe, por más viajeros que lleguen en autobús como nosotros, los de Quijote 2000, a repetir la hazaña y recordar entre poetas y cervantistas, con El Quijote en mano leyendo bajo la centenaria higuera del patio de la Venta, cerca de los pollitos y la gallina clueca o encima de una resbaladiza roca, porque los ríos no suelen dar respuestas ni soluciones. Eso lo hacen los hombres y la ley les aclara y divide con sentencias y normas.

La Venta de la Inés es una Venta disputada entre tradición y cultura, entre legalidad e intereses, entre lugareños y ecologistas, entre senderistas y cervantistas, incluso entre ciudades. A un paso de ser declarada Bien de Interés Cultural, BIC, como inmueble de patrimonio cultural y etnográfico esperamos de su oportuna protección y supervivencia. Mientras tanto, las gachas picantes allí degustadas nos dicen que la tradición no debe ser culpable ni motivo de queja. El libro de visitas y firmas regalado al ventero por cierta alcaldesa cervantina se llena, se resiste con sus mensajes a ser de allí defenestrado y el BIC celebra.

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Es un filósofo presocrático que ha especulado acerca del mundo y de la realidad humana
 
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