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El viaje del presidente chino a EEUU

Dmitri Kósyrev
Redacción
sábado, 6 de mayo de 2006, 04:15 h (CET)
La semana pasada concluyó la gran gira del Presidente de la RPCh., Hu Jintao, por EE UU, Arabia Saudita, Nigeria y Kenia. Los círculos políticos de Rusia lo califican de modelo típico del estilo diplomático chino consistente en salvaguardar sus intereses evitando confrontación.

Este estilo es similar al practicado por el presidente Vladímir Putin, y en este caso lo que menos importa es quién ha sido el primero en aplicarlo. Simplemente, Rusia y China se encuentran, de hecho, en una situación análoga en el ámbito internacional, pues son dos potencias en pleno desarrollo que a duras penas luchan por el derecho a ser independientes en la práctica de su propia política. Por esto no es de sorprender que coinciden no sólo las posturas de las Administraciones rusa y china hacia los acontecimientos que se dan en el mundo, sino también el estilo de su conducta.

¿Qué ha dado tal estilo al jefe del Estado chino?

Expertos norteamericanos señalan que el presidente Bush y su homólogo chino Hu Jintao no dijeron nada de nuevo respecto a estos dos problemas clave de sus relaciones mutuas: Taiwán e Irán.

Es poco probable, por ejemplo, que pueda ser calificado de una innovación lo manifestado por Bush acerca de que Estados Unidos se atiene al concepto de “una sola China”: “Estamos contra los pasos unilaterales encaminados a modificar el status quo en el Golfo de Taiwán. Invitamos a todas las partes a evitar confrontaciones o todo lo que pueda ser interpretado como una provocación. Consideramos que el futuro de Taiwán deberá ser determinado por vía negociada”, declaró el mandatario estadounidense.

Entretanto, no se hace mención alguna de una nueva política norteamericano-nipona hacia el área del Pacífico que de hecho incorpora al Japón al problema de Taiwán al lado de EE UU.

Por otra parte, China se mantiene también en sus posiciones, tanto respecto a la presión a Sudán, a causa de la tragedia humanitaria en Darfur, como respecto a la crisis nuclear de Irán. En ambas situaciones China se manifiesta contra cualquier aplicación de fuerza, incluidas sanciones, sin hablar ya de la injerencia militar de EE UU. China se propone resolver por vía exclusivamente diplomática también el problema de Corea del Norte, respecto al cual EE UU es firme partidario de recurrir al uso de la fuerza.

En vísperas de la llegada del Presidente Hu a EE UU, los medios de comunicación masiva de Rusia divulgaban la idea adelantada por mass-media estadounidenses de efectuar el “intercambio” de Taiwán por Irán. Dicho en otros términos, conforme a esa idea, Pekín podría adherirse a la política norteamericana de presiones a Irán, o bien aceptar tácitamente su versión militar a cambio de ciertas nuevas iniciativas de EE UU acerca de Taiwán.

Pero, ante todo, resulta difícil imaginarse el sentido de esas “concesiones” de EE UU respecto a Taiwán. Luego, tales problemas como Irán son demasiado graves para poder intercambiarlos como figuras en el tablero de ajedrez. Tales problemas afectan el propio desarrollo de la economía china.

No será difícil ver que todo el itinerario del viaje del Presidente Hu, salvo tal vez Kenia, estaba vinculado a la seguridad energética de China. Arabia Saudita y Nigeria figuran entre los importantísimos suministradores de petróleo a China, pero en ambos países son fuertes las posiciones norteamericanas. Pues, a Irán y Sudán, que por rara coincidencia de circunstancias, son blanco de la presión estadounidense, corresponde casi el 20% de toda la importación de crudo a China. Además, existe el gas, cuyos suministros en grandes dimensiones fueron acordados por Teherán y Pekín.

Por último, vecino de Irán es Turkmenistán con que hace poco China llegó al acuerdo sobre los suministros del gas turkmeno vía Asia Central a China Occidental, en total, hasta 30-40 mil millones de metros cúbicos de gas al año. Tampoco se debe olvidar el planificado oleoducto de 386 km de largo desde Irán al norte del Caspio donde el petróleo iraní se incorporará al oleoducto procedente de Kazajstán rumbo a Xinjiang.
Todos estos proyectos correrán peligro o resultarán bajo control de
EE UU en caso del triunfo de la política de Washington en esta área, especialmente si tiene éxito su “variante militar”. Es poco probable que China acepte fácilmente las concesiones en este sentido.

Es evidente que en esta situación cobra singular actualidad el aumento de suministros de recursos energéticos rusos a China, capaces de compensar en parte el daño que la inestabilidad en torno a Irán podría causar a China. Procede señalar que la visita de Hu Jintao a EE UU fue precedida por el viaje del presidente ruso Vladímir Putin a Pekín. Durante esta visita el jefe del “Gasprom” ruso, Alexei Miller, y el director general de la Corporación petrogasística china (CNPC), Chen Geng, fue firmado un protocolo acerca de los suministros de gas ruso a China. Con arreglo al protocolo, desde 2011 el gas siberiano abrirá una nueva ruta hacia el Oriente. Se espera que en la etapa inicial China recibirá hasta 80 mil millones de metros cúbicos de gas al año. A título de comparación, procede señalar que el año pasado el coloso gasífero de Rusia extrajo 547,2 mil millones de metros cúbicos de gas, habiendo exportado 151 mil millones de esa cantidad. Es decir, 80 mil millones de metros cúbicos de gas sobrepasa la mitad de las actuales exportaciones de gas ruso.

Pero para China significaría una estrategia muy mala, adquiriendo y fortaleciendo nuevas posiciones, perder las viejas. Por esta razón, el objetivo del viaje de Hu Jintao a EE UU podría ser el siguiente: no es tanto para conseguir ciertos avances en las relaciones Pekín-Washington, como mantener las relaciones complicadas con EE UU a un nivel admisible. En cierto sentido, el líder chino se esforzó por poner las existentes relaciones económicas con Norteamérica al margen de las discrepancias norteamericano-chinas respecto a los problemas tipo iraní. Y a la vez conversó con dirigentes de otros Estados también para poder aclarar hasta qué grado asumen ellos una postura independiente con respecto a los suministros de recursos energéticos a China.

En este sentido, especial interés representó el plan chino de cinco puntos orientado a desarrollar las relaciones de Pekín con el continente africano en su conjunto. Este plan fue anunciado por el Presidente Hu en la capital de Nigeria, Abuja. Pues, el aumento de la participación de China en el comercio exterior de Africa obligaría a este continente a prestar mayor atención a los intereses de China, incluidos los energéticos, a despecho de cualquiera presión.

Durante su visita el Presidente de la RPCh logró sus fines a plenitud, lo que patentizan las evaluaciones chinas de los resultados de la gira. El sentido de lo que escribe, por ejemplo, el diario “Jenmin Jipao” en su página-Web es que el líder chino consiguió persuadir al presidente norteamericano de reconocer la responsabilidad conjunta de ambos países por la estabilidad de sus relaciones económicas, evitar litigios y colisiones, pese al carácter, complicado desde el principio mismo, de las relaciones chino-norteamericanas. Ambas partes supieron priorizar las relaciones constructivas de cooperación y enfocar con la óptica realista las divergencias, habiendo procurado trazar las vías de su desarrollo sucesivo.

Está claro que la evaluación es precisa, especialmente teniendo en cuenta que EE UU ofrece a China nuevas posibilidades de cooperación en la exploración conjunta del espacio extraterrestre o en los intercambios militares.

¿Y ahora, qué? ¿Cómo se van a desarrollar las relaciones norteamericano-chinas después del viaje realizado por el líder chino?

No cabe esperar que Washington renuncie a sus planes de practicar la política de fuerza con respecto a Irán, Corea del Norte o Sudán por la mera razón de que siempre sabía que no podría contar con apoyo alguno de parte de China. Pero, si en uno de los derroteros mencionados, por ejemplo, relacionado con Irán, se operen acontecimientos tempestuosos, Pekín y Washington hallarán, como vemos ahora, el método de evitar crisis en sus relaciones, y eso está bien. Pero está mal que, sea como fuere, tal política estaría apuntada contra los intereses radicales de China. De una u otra forma esto aportaría tensiones a las relaciones que unen a los dos países, si procuren incluso someter la situación a su control.

Lo relativo a la manera de lograr sus objetivos en la palestra internacional y al carácter realista de estos, es un problema interno de
EE UU. El elector norteamericano está acostumbrado a la ilusoria prepotencia norteamericana a escala mundial y no le gusta cuando la vida se encargue de demostrar que no hay potencias todopoderosas. Por esto, el presidente Bush deberá tomar muchas soluciones difíciles sobre Irán, la Península de Corea y África. Y las versiones negociadas, graduales de las acciones serán para éste no menos difíciles que las habituales: drásticas y duras.

Pero se debe reconocer que, además de los intentos de hallar soluciones habituales a los problemas de hoy, mucha gente en EE UU comienza a pensar en la futura posición de EE UU a escala mundial. Sobre todo, qué se deberá hacer al cabo de varios años o varios decenios cuando las nuevas economías: China, la India, Rusia y Brasil, ocuparán nuevas posiciones en la lista de grandes potencias, mientras que el papel de
EE UU se verá minimizado inevitablemente.

Los intentos de Washington de adaptarse a este futuro se vislumbran en el reciente acercamiento entre EE UU y la India. Por supuesto, según estiman muchos expertos estadounidenses, casi está a la vista el intento de crear en persona de la India “contrapeso” a China. En efecto, tales ideas se insertan por completo en el tradicional estilo norteamericano. Pero también se podrá considerar que se trata de una política nueva que prepara a EE UU para asumir su futuro estatus en un mundo nuevo y a estos efectos crea alianzas nuevos por principio, alianzas en que ambas partes gozan de igualdad.

Desde este punto de vista, el éxito de la diplomacia tolerante de Hu Jintao se debe a que ella demuestra a Norteamérica que China es un socio, con el cual será posible diseñar de mancomún los parámetros del futuro esquema nuevo de relaciones internacionales.

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Dmitri Kósyrev, para RIA Novosti.
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