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En Rusia declaran la guerra al neonazismo

Alexei Makarkin
Redacción
viernes, 5 de mayo de 2006, 03:59 h (CET)
El problema de odio étnico se ha constituido en uno de especial gravedad en la Rusia contemporánea. Apaleamientos y asesinatos de estudiantes extranjeros y obreros inmigrados de Asia Central han dejado de ser algo sensacional, transformándose en noticias del día (en lo que va del año, el centro de derechos humanos SOVA ha registrado ya más de 100 ataques realizados por motivos étnicos), lo mismo que la propagación de las organizaciones neonazis, las que abiertamente hacen la propaganda de las ideas censuradas hace mucho en Nuremberg. Se trata, en primer lugar, de los “cabezas rapadas”, o las bandas de jóvenes que aterrorizan a las personas que no son de la nación titular (o los foráneos, según los llaman con desprecio los nacionalistas).

Es de señalar que el movimiento de los “cabezas rapadas” no es un invento ruso. En Rusia tal fenómeno – el de grupos juveniles de ideología neonazista - durante un largo tiempo simplemente no podía existir. El recuerdo de la victoria obtenida sobre el nazismo no dejaba ninguna probabilidad de existir para organizaciones de esa índole durante largos decenios postbélicos. La situación empezó a cambiar sólo en la década del 70, cuando el recuerdo del heroísmo de los combatientes y de muchos millones de víctimas comenzó a profanarse por la propaganda oficial, la que en unos provocaba tedio y en otros, un enérgico rechazo y búsqueda de una ideología alternativa. Pero el número de los adeptos de Hitler, que celebraban su cumpleaños y soñaban con ponerse el uniforme negro de la SS, seguía siendo muy reducido. Además, ellos se reunían en secreto, para que no se enteraran los padres y no les diesen azotes, temían al propio tiempo ser expulsados del Komsomol y ver cerrado con ello el ascenso profesional.

Con el derrumbe del “telón de acero” a Rusia no sólo regresaron libros de Solzhenitsin y Nabokov, también empezaron a afluir en torrentes fenómenos feos de la civilización occidental, incluido el de “cabezas rapadas”. Hizo su aporte a ello el aumento de contrastes sociales, provocado por las reformas de mercado. Los padres que no supieron adaptarse a las nuevas realidades perdían autoridad moral. Los ex activistas del Komsomol se dedicaron a los negocios, no surgió ninguna alternativa organización de masas atractiva para los jóvenes (excepto unas pocas de los “boy scout”). El Estado y la sociedad de Rusia no estaban preparados para hacer frente a la nueva edición del nazismo ni en el aspecto orgánico ni en el moral.

Se trata tanto de un fenómeno ruso como de un mal muy contagioso de que adolecen también los más importantes Estados democráticos, en los que los jóvenes marginados también vienen a engrosar las filas de los “parias” agresivos. En este sentido, los problemas con que choca, por ejemplo, San Petersburgo difieren poco de aquellos que se ven obligados a afrontar las autoridades de París o Nueva York. La principal diferencia consiste en que allí las bandas juveniles actúan con aún mayor insolencia y a menudo controlan distritos enteros, a los que no se recomienda ir a los extranjeros. A la par con los “cabezas rapadas” allí existen grupos criminales étnicos, por ejemplo los de árabes, que el año pasado hicieron hablar de sí al mundo entero: en ciertas ciudades de Francia se tuvo que introducir el toque de queda, para defender la vida y los bienes de los habitantes que acatan las leyes.

En Rusia se comprende cada vez mejor el peligro que presenta la propagación de las tendencias fascistas. Hace poco todavía el problema de los “cabezas rapadas” atraía la atención solamente de unos pocos defensores de los derechos humanos. Y actualmente han empezado a ocuparse de ello organismos de Estado e influyentes fuerzas sociales. Un grupo de políticos y personalidades públicas ha instituido la Asociación de Resistencia Cívica a las Manifestaciones del Neonazismo. La Cámara Pública, fundada hace poco en Rusia, también está debatiendo el tema del nacionalismo agresivo.

La xenofobia ya se percibe al margen de la “cortesía política”, lo que acerca a Rusia a los países occidentales. Por ejemplo, en Francia sería simplemente imposible el espacio publicitario que el partido Rodina transmitió por televisión durante la campaña de elecciones a la Asamblea Legislativa de Moscú. Desde ahora, tal propaganda también es imposible en Rusia: el espacio en cuestión provocó un ruidoso escándalo, y el partido Rodina fue eliminado de la campaña electoral. Es que el peligro neonazista se hace especialmente grande cuando “los de arriba” se unen con “los de abajo”, apelando a los más bajos instintos de las masas. Precisamente tal situación le permitió a Hitler subir al poder en 1933.

A Rusia le queda por recorrer un camino largo si no para liquidar por completo la peste parda (no lo logran ni los europeos tolerantes), por lo menos para minimizar el peligro que ésta presenta. Pero ya se han dado los primeros pasos, se ha expresado la voluntad política por eliminarlo, y ello es lo más importante.

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Alexei Makarkin es subdirector general del Centro de Ingeniería Política, para RIA Novosti.

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