|
'La huella del silencio': Malos tiempos para la mísitica
Gonzalo G. Velasco
A pesar de estar construida sobre un andamiaje narrativo típicamente hollywoodiense, esta historia de autosuperación personal y ensalzamiento de la unidad familiar, es todo menos convencional. En especial, por su temática, ya que el relato se sustenta sobre dos conceptos tan poco tratados en el cine como aparentemente poco complementarios: los concursos de deletreo de palabras, por un lado, y el misticismo cabalista, por otro. Algo tan bizarro como si mezcláramos Pi, el espléndido debut de Darren Aronofsky, con Spellbound, el no menos reivindicable documental de Jeffrey Blitz, que reinterpretaba con gran acidez la realidad norteamericana a través de su extraño gusto por los concursos antes mencionados.
El resultado le deja a uno con la sensación de haber visto una de las películas más desconcertantes e inclasificables de todos los tiempos. Tanto es así que, a la hora de escribir esta crítica, aún no tengo muy claro si la Huella del Silencio merece la pena, o en otras palabras, si además de su excéntrico pero decididamente simpático punto de partida, el film de Scott McGehee y David Siegel atesora alguna otra virtud que justifique su visionado.
Desde luego, una historia protagonizada por un budista confeso (Richard Gere), que interpreta a un profesor de teología hebraica padre de un hijo Hare Krishna (Max Minghella), de una hija capaz de entrar en trance durante las competiciones de deletreo para visualizar las palabras de las maneras más psicodélicas imaginables (Flora Cross), y esposo de una mujer cleptómana con desvaríos místicos (Juliette Binoche), debería satisfacer a todos aquellos que abominan del cine mainstream norteamericano porque siempre habla de lo mismo, y de paso, corregir su punto de vista crítico: no siempre habla de lo mismo, sino que (casi) siempre lo hace de la misma manera.
Aquí es donde La Huella del Silencio, aún con todo su atractivo argumental (siquiera kitsch), patina y se descalabra. La búsqueda de una comunión espiritual con el altísimo a través de las palabras como eje argumental, adolece de un tratamiento igualmente místico en su puesta en escena. Falla el tono, tan rutinario y simplote que no hace justicia a las tremendas inquietudes puestas sobre la mesa por los realizadores. Tal vez si hubieran echado un vistazo a la filmografía de Dreyer antes de ponerse manos a la obra con su proyecto, habrían descubierto a tiempo que el misticismo no está tanto en el guión como en la mirada de quien lo filma, y a este respecto, los dos directores están tan desubicados como el hijo Hare Krishna de Richard Gere.
|