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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Peaje de sangre

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 27 de abril de 2006, 21:53 h (CET)
Hace ya muchos años conocí una canción, creo que era de Chico Buarque, que se llamaba “En construcción” en la que se narraba la triste historia de una trabajador que caía desde un andamio de la obra en la que trabajaba. Por desgracia hoy en día se siguen produciendo estos tristes hechos a pesar de las mejoras técnicas que el sector ha experimentado. Afortunadamente hoy los andamios son mucho más seguros que lo eran hace algunos años y los trabajadores suelen tener a mano elementos de protección de los que antaño carecían. Pero por desgracia se sigue pagando cada día un lógrebo peaje de sangre en tantas y tantas obras como pueblan el paisaje diario de costas y grandes ciudades.

En noviembre de 1995 se aprobó en España una ley denominada de “Prevención de Riesgos Laborales”. Los legisladores trataban con ella de evitar, en la medida de lo posible, los accidentes que cada día se venían produciendo en el ámbito laboral. Pero la aplicación de esta ley es y sigue siendo difícil. Son muchas las circunstancias que la hacen de difícil aplicación. Mientras los grandes cerebros que rigen nuestra economía tan sólo se fijan en los aspectos macroeconómicos seguimos estando en un país donde es la microeconomía la que impera. La mayoría de las empresas españolas siguen siendo pequeñas mientras que es a las cuatro grandes empresas del sector a las que se les otorgan las contratas para las grandes obras, al fin y al cabo son las que tienen suficiente poder económico para poder acceder a los concursos públicos.

Pero una vez conseguida la obra comienza toda una serie de contratas y subcontratas con pequeñas empresas llegando al punto de que, muchas veces, el trabajador no sabe a que empresa pertenece el compañero que tiene a su lado en pleno tajo. Eso hace que las obras se encarezcan y que los accidentes de trabajo se multipliquen sin que las autoridades pongan coto a tanto desmán. Hay obras en las que se encuentran trabajando obreros de hasta treinta subcontratas diferentes.

Las estadísticas nos dicen que en la Unión Europea el índice de accidentes de trabajo es de 4.000 accidentes por cada 100.000 habitantes. Aquí, en España, dicho índice se incrementa hasta 6.278 accidentes por el mismo número de habitantes. Un 50% más que en toda la Unión Europea, y eso sin contar sitios como Suiza e Irlanda donde el índice baja hasta 1.204 accidentes por los mismos habitantes. Alguna cosa, y grave, está pasando entre nosotros a pesar de la ley que se aprobó hace once años.

En primer lugar, y sin que sea una acusación en general, hay que culpar a los empresarios. Nunca han visto la prevención como una inversión y cuando existe un accidente casi siempre tratan de echarle la culpa al accidentado. Después tenemos a los encargados de hacer cumplir la legislación, las plantillas de la Inspección de Trabajo son ínfimas, tan sólo tienen tiempo para acudir a las denuncias que se realizan y no pueden ejercer una labor que es de vital importancia: la de vigilancia del cumplimiento de la ley. Y en última instancia está el trabajo precario y sin preparación alguna de los propios trabajadores. La mayoría de ellos pertenecen a empresas de trabajo temporal, en otros casos se suele trabajar a destajo, es decir a más trabajo más ingresos y la necesidad de hacer más metros de obra hace que se olviden las necesarias medidas de seguridad.

En la actualidad existen unos Fiscales de Sala para la Siniestralidad Laboral que, es de esperar, dediquen su tiempo y esfuerzos a evitar que este triste peaje de sangre que vienen pagando los trabajadores se vea mermado. Hasta ahora tan sólo el 10% de los accidentes laborales llega a las salas de juicio, funciona muy bien el cheque empresarial para pagar los silencios y más cuando la gente anda corta de ofertas de trabajo y dinero. “Trabaja pero seguro” fue un lema que hace años se publicitó en los medios de comunicación. Hoy, más que nunca, hay que seguir pidiendo lo mismo: trabajo y seguridad, para evitar que cada año cerca de mil familias españolas se vistan de luto después de pagar el peaje de sangre.

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