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Algo viejo, por sabido

Pascual Falces
Pascual Falces
miércoles, 26 de abril de 2006, 20:31 h (CET)
En ocasiones, como en el momento, la actualidad se pone interesante, y permite, tras la observación del panorama, reflexionar sobre los caminos que ha seguido el hombre para deslumbrarse ante sandeces que carecen de novedad, y, cuyo único aval es la actualidad. Algo de este estilo es cuanto sucede como consecuencia del “descubrimiento”, en su día, del genoma, que, por ser de nuestros días, se considera un genial hallazgo propio de la “enorme” sabiduría de lo contemporáneo. En este mínimo ovillo de nuestra genética se apoyan los que piensan que “eso” es, por fin, la esencia del Hombre. Las sorpresas vienen cuando se va conociendo que los simios tienen un genoma muy parecido, casi tanto como el de la “mosca del vinagre”, y seguro que el del cerdo será más parecido aún –con perdón, por traer este dato-, y, hasta puede que muchos hombres lo tengan indistinguible.

A la vista de tales semejanzas, entre los pensadores “avanzados” comienza a establecerse un especial respeto hacia “nuestros” semejantes. Recuerda este estúpido alborozo, el de aquel momento científico en que descubierta la “neurona” por Cajal, se llegó a negar la existencia del alma porque el bisturí no podía dar con ella. O, también, el de uno de aquellos primeros astronautas, que, después de dar una elemental vuelta por el espacio próximo, se apresuró a afirmar que “no había visto a Dios en el espacio”; debió ser una “gracia”, porque si quería ser consistente con su afirmación, sería detestable toda la carrera espacial de aquellos, y de estos años.

El arzobispo de Pamplona, interpelado sobre la equivalencia genómica, y, por tanto, generadora de consideraciones hacia el antecesor biológico del hombre, ha debido tener que morderse la lengua para decir, tan sólo, que, por afán de “progre”, se llega a hacer el ridículo. Lo suyo hubiera sido afirmar que cuando la necedad adopta posiciones de progreso, sigue siendo necedad. Y, ya se sabe: “el número de necios es infinito”, según se recoge en el bíblico libro del Eclesiastés, y repite Cervantes por boca de Don Quijote.

La diferencia entre un mono, un cerdo, o la mosca del vinagre, con el hombre, es tan elemental como que este último tiene alma, algo “intangible” y que no está entre los componentes genéticos del deslumbrante genoma, como tampoco estaba entre los tejidos de un cadáver, y, por ello, el bisturí no la encontraba. De tan elemental, y conocido, como es este hecho, causa estupefacción tener que proclamarlo. Si, como repetía el Quijote, el numero de necios es infinito, quiere decirse que lo son todos los hombres. No es un insulto a la humanidad, sino, más bien, una advertencia, porque, en consecuencia, se trata de reconocer que es así, y esforzarse por serlo cada día un poco menos. O, suplicar a la Providencia, que, la luz que no cesa ilumine el entendimiento, y adoptar una sencilla postura sobre la que construir, con los años, algo que merezca la pena. Algo tan serio como el hombre, resultado de la unión sustancial de cuerpo –con su genoma-, y alma. Según los “progres”, como antes los científicos, o el astronauta mencionado, lo que no se ve, no existe. Pero no es así, además, sin verse, tiene sus cualidades y destino inmortal. Calderón, sabiamente, se movía en esa dirección de reconocimiento cuando hace decir al de Zalamea: “al Rey, la hacienda y la vida se ha de dar; pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios”

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