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El azar y Zapatero

Pascual Falces
Pascual Falces
lunes, 24 de abril de 2006, 21:51 h (CET)
“Don Tancredo” fue, como es conocido, y, en sus días de comienzos del s. XX, un zapatero (curiosamente) valenciano, que llegó a alcanzar cierta fama como artista en las plazas de toros. Asentó su fama sobre el principio –revolucionario en el arte de Cúchares- de que el animal si no se lo provoca, no embiste. De este modo, el “tancredismo” se incorporó al lenguaje como expresión de quedarse con los brazos cruzados en medio del redondel mientras el cornúpeta campa por sus respetos correteando de aquí para allí. Su objetivo de espectáculo lo consiguió, reportándole mayores ingresos que el remiendo de zapatos para sostener a su familia, y ser considerado como un “excéntrico” por los demás toreros que con sus modales, venían llenaban las plazas.

Recién estrenada la actual presidencia de gobierno surgieron las primeras comparaciones entre ambos personajes, y que los dos años transcurridos de espectáculo gubernamental han ido confirmando. La impopular “guerra” de Irak, fue el primer “pase” que impávido dio ante los riesgos de la política internacional. Las uniones legales entre individuos del mismo género también fue solventada, con mayor consecuencia escandalosa que de orden práctico, pues bien se ocuparon los homosexuales en proclamar, que, a ellos, les va más el “cachondeo”, que la cruz del matrimonio. Más, el impertérrito presidente también salió indemne para contenido jolgorio del público “entendido”, que, como se sabe, es el menos abundante.

Las provincianas ansias de autonomía y autodeteminación, camino de transformación en mini-naciones, o “gili-naciones” (así las llaman quienes se oponen a tal evolución), poco a poco, a medida que salen de los corrales, son solventadas concediendo lo que sea y evitando, sobre todo, que embistan. Los pistoleros etarras, una subespecie en la península ibérica que sólo ataca por la espalda y con la retirada segura, igualmente contemplan al Estado, representado por el actual gobierno, con los brazos cruzados, y si provocar lo menor exhibición de sus sangrientos y conocidos métodos.

Hasta aquí, sin descender a los detalles de cada “tarde de éxito”, parece hasta que el presidente tenga razón en su tesis, como Don Tancredo, y en sueños de inmortalidad se deleita en su acomodado aposento de La Moncloa. Mientras, los profesionales del arte político, los que saben cómo se entra a la fiera, se llevan las manos a la cabeza previendo lo predecible. La fama, como al inventor de la nueva manera de tratar los toros, es generosa con él, y, de seguro, los ingresos tienen que aumentar en consecuencia.

Más, la ley del azar, la más universal entre las contingencias humanas (Aristóteles la define como la ciencia de lo que pudiendo ocurrir, no ocurre), sigue teniendo la última palabra. La bolita de la ruleta puede caer desde dos veces seguidas en el mismo color, y hasta diecisiete, pero no se sabe que lo haga veinte veces. Algo así le pasó a Don Tancredo, que de tarde en tarde gloriosa, iba llenando las plazas. Pero, quien atesta los tendidos, es lo que se conoce como “el respetable”, y su comportamiento es imprevisible. Una de aquellas tardes, uno de entre el público, cansado de no ver “arte”, sino impávido aplomo, se irritó, y, lanzó contra el sucedáneo de artista, lo que tenia a mano –tal vez por su incontinencia prostática, una pesada bacinilla de cerámica- que con mal acierto para el personaje, fue a parar contra la cabeza de Tancredo López, ocasionando su defunción. Nada más lejos que una mera intención alegórica la de este parangón entre el artista, y “el de León”, como diría un enterado.

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