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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'La gran final', de Gerardo Olivares

Marcos Méndez
Marcos Méndez
lunes, 22 de mayo de 2006, 12:00 h (CET)
Esta no es la primera película -ni será la última- en explorar, desde un punto de vista cómico, los extremos de la globalización. Según Gerardo Olivares, documentalista-etnólogo que se ha recorrido medio mundo contemplando la evolución de los modos de vida autóctonos en lugares remotos, el impacto de los mass-media también tiene sus ventajas.

Filmada en el Desierto del Teneré (Níger), en la Cordillera del Altai (Mongolia) y en algún lugar bordeando el río Amazonas (Brasil), La gran final está compuesta por tres historias diferentes, cuyo punto vinculante no es otro que la televisión y, más concretamente, la final del Mundial de Fútbol que disputaron en 2002 Alemania y Brasil. De esta curiosa premisa parte una película a ratos descacharrante, pero que se desinfla poco a poco bajo sus buenas intenciones.

Los primeros tres cuartos de hora sirven a Olivares para enseñarnos lo insólito: unos cuantos amigos se juntan en medio del desierto buscando la antena que les permita ver la final del mundial, llevando sobre las jorobas de sus camellos un pequeño aparato de televisión; en la nevada Mongolia, una familia de cazadores también se prepara para la gran cita; por último, en Brasil, en lo profundo de la selva amazónica, una tribu de indios busca denodadamente la logística necesaria para no perderse la final. Durante esta primera parte la película se desvive para que el espectador no pierda un ápice de interés, recurriendo a paisajes bucólicos en las transiciones y a presentarnos algunos personajes que luego tomarán parte en el desenlace: un momento ingenioso es esa presentación de los indios, corriendo por la selva con una camiseta de Ronaldo y discutiendo sobre la calidad de los jugadores.

A partir de aquí, cuando todos han llegado a su destino y sólo falta apuntillar algunos detalles técnicos para seguir el partido por televisión, se acabaron los espacios exóticos y el entorno de viaje turístico que parecía emanar el tour desde el comienzo. Ahora se suceden las situaciones más singulares, siempre a costa de ver a un indígena colocando una antena, a un mongol discutiendo sobre las virtudes de las dos selecciones o a un africano comprando imágenes pornográficas en el descanso del partido.

Siempre la misma fórmula, tecnología y ser humano globalizado. Parece que en occidente sólo sabemos reírnos de lo patosos que pueden ser otros, aunque tampoco creo que el realizador tuviese esta percepción de su película. El problema de la globalización es que todos los chistes vienen a ser miméticos de una película a otra, por eso La gran final no tiene el interés de, por ejemplo, Código 46, una película que recrea un mundo globalizado hasta límites insospechados sin caer en las convenciones de siempre. Y un consejo: si tienen la oportunidad, La gran final no es una película para ver doblada.

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