Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil
15º ANIVERSARIO
Fundado en noviembre de 2003
Libros
Etiquetas:   Crítica literaria  

Per Sant Jordi, Wallander

Herme Cerezo
Herme Cerezo
martes, 1 de agosto de 2006, 23:01 h (CET)
Hasta hoy nunca les he hablado de Wallander. Era como un as que escondía en la manga. Pero le llegó su hora. Para quienes todavía no le conocen, les diré que Kurt Wallander es el inspector de policía creado por el escritor sueco Henning Mankell (Estocolmo, 1948). Como andamos en democracia, yo respeto todos los gustos, todas las tendencias, pero no puedo dejar de advertirles que, para mí, el binomio Mankell-Wallander es lo más interesante que se puede encontrar en estos momentos en el mercado de la literatura policiaca.

―Usted siempre tan dogmático, sentando cátedra.

―¡Qué va, qué va! Es la pura realidad.

Quién iba a decir que, de la apartada localidad de Ystad, en el condado de Escania (Suecia), llegaría un tipo tan complejo como Kurt Wallander. Y le llamo tipo porque Wallander es mucho más que un personaje.

―¿Ah, sí?

―Sin duda. Wallander es un ser vivo, atrapado y encerrado en las miles de páginas donde Henning Mankell nos cuenta sus venturas y, especialmente, sus desventuras.

Separado de su ex-mujer, Mona, eternamente enemistado con Linda, su única hija, a Wallander le ha pasado de todo en esta vida: ha visto morir a su padre, afectado por el mal de Alzheimer; ha luchado por el amor imposible de la letona Baiba Liepa; ha sucumbido al mundo tenebroso de la depresión y ha salido de él; ha contraído diabetes, una enfermedad que en ‘Cortafuegos’, la novela de la que hablaremos luego, ha conseguido controlar. Wallander es, pues, uno de nosotros. Por sus arterias corre más sangre y vida que por las de algunos de sus lectores. Siente, piensa, vive, ama, se emborracha y sufre como cualquiera. El inspector sueco anda siempre sumido en contradicciones, en dudas, en deducciones no siempre lógicas, intuitivas. En este sentido, el bosquejo psicológico trazado por Mankell resulta impecable.

Y todo lo anterior lo hemos descubierto poco a poco, a golpes, sin orden y concierto, porque los editores españoles, timoratos ellos, han comenzado a publicar la serie por la mitad, puesto que la primera novela editada en nuestro país fue ‘La quinta mujer’, justamente la sexta entrega en el orden lógico de las desventuras del inspector sueco.

―¿Y eso por ...?

―Vaya usted a saber. Aquí siempre ocurren estas cosas. Mire lo que hicieron con Dan Brown.

O sea que nuestro imaginario ha tenido que reconstruir, como si de un enigma policiaco añadido se tratase, la vida de Wallander a golpe de flash-backs, avanzando y retrocediendo. Ahora que ya se han publicado ocho novelas y un libro de cuentos de este personaje, podemos tener una idea global de quien es Wallander.

A los que como yo vivimos a orillas del Mediterráneo, ese mar que se prepara para recibir la America’s Cup, a Benedicto XVI y a todas las demás herejías que quieran echarle, nos llama poderosamente la atención, por contraste, el medio natural en el que Wallander vive o, mejor dicho, sobrevive. Digo sobrevive, porque en sus nórdicas latitudes, no debe resultar sencillo desenvolverse. Las nieves insaciables, las ventiscas, las lluvias pertinaces ― por aquí las pertinaces son las sequías ― y los hielos, convierten en inhóspito el escenario donde trabaja Wallander. Por ello, al leer sus novelas nos vemos obligados a dar gracias por no sufrir las inclemencias que nuestro hombre padece continuamente en el momento de coger su coche para ir a la comisaría o en una salida nocturna para buscar a su padre, extraviado en la fría madrugada sueca.

El libro de la serie Wallander que acabo de terminar es, como les decía antes, ‘Cortafuegos’, la historia de una maquinación encaminada a ocasionar un caos profundo en el sistema económico mundial. Bajo la apariencia de una muerte simple y de unos asesinatos, en principio poco explicables, Wallander se ve sumido en una red de acontecimientos inesperados. Resulta raro ver a un policía dar palos de ciego, normalmente los grandes héroes de las novelas policiacas van sobre seguro, aportan una convicción y una seguridad en sí mismos que, difícilmente, les permiten errar. Pero aquí ocurre. Wallander avanza primero en una dirección, después en otra e incluso en una tercera si ha menester. Rectificar, enfadarse con sus propios errores es lo suyo. En ‘Cortafuegos’ los acontecimientos le desbordan, le superan, le ganan la mano, es una lucha contra reloj. Una de las grandes aportaciones, a mi juicio, de este relato es que Mankell desvelará el desenlace del cuerpo principal de la novela pero algunos aspectos colaterales permanecerán en el silencio de los muertos, interrogantes, sin explicación.

―Es decir, real como la vida misma.

―Mismamente.

Y un último apunte sobre la riqueza de Kurt Wallander. A lo largo de las novelas, el inspector sueco ha crecido en sabiduría, soledad, amargura y edad. Este último aspecto, el de la edad, me parece especialmente relevante porque Wallander ya no es el mismo de las primeras novelas. En ‘Cortafuegos’ hay determinadas acciones que le incomodan, que le molestan o que, simplemente, no se siente capaz de llevar a cabo por causa de sus años. Y eso hace que, en el seno de su propio equipo de colaboradores, brote la rivalidad para desbancarle de su puesto de mando, algo que Wallander, sin importarle los métodos, no parece dispuesto a consentir.

En fin, no les canso más pero es que cada vez que leo una novela de Mankell-Wallander la gozo como un enano, que se decía antes, y no me importa enfrentarme a un tocho de más de setecientas páginas como ‘Cortafuegos’ porque sé que en su interior voy a encontrarme con Escania, con Ystad, con Martinson, con Hanson, con Nyberg, con Anne-Britt, con Sten Widén ... con Wallander.

Y el 23 de abril es el día de Sant Jordi, una excelente oportunidad de perpetuar esa rica costumbre catalana de un libro y una flor. Y aunque no tengo muy claro si ambos objetos tienen el mismo destinatario, es una buena excusa para conocer a Wallander. Muy buena.

____________________

‘Cortafuegos’, de Henning Mankell. Colección Quinteto. Busquets Editores, 2006. 718 páginas, 8,95 euros.

Noticias relacionadas

La palabra sabía y agradable del escritor. Parte II

Recopilación de pensamientos sin retorno, de la escritora para los animalitos

Milicias antisistema en marcha

"La literatura es uno de los grandes instrumentos de compresión de la subjetividad con el que contamos"

Entrevista al escritor Álvaro Rojas Salazar

Luis Landero, Lluvia fina. Editorial Tusquets

Su reciente novela Lluvia fina, ofrece una historia cuya trama sumerge al lector en situaciones que lo obligan a escuchar un coro familiar de tragedia

Los chatys, chatycos, chateros…

Un poema de Aurora Varela
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter   |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris