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Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

Censura y concordato, o viceversa

Santi Benítez
Santi Benítez
lunes, 24 de abril de 2006, 04:22 h (CET)
Una de las cosas que más me preocupa para este siglo XXI que estamos comenzando, yo soy así de raro, es la incapacidad que demostramos para erradicar la censura en los países democráticos – En los otros, siendo como es un sistema de control, ya sea del arte o del individuo, la cosa toma tintes más fúnebres. Pero no mucho más.

Aunque parezca extraño, y no lo digo yo, lo dicen más de noventa académicos de sociología de Sonoma a través del Proyecto Censura, nuestro país es uno de los cuatro, junto a Holanda, Canadá y, parece increíble, Hungría, en los que la censura es nula ya sea respecto al arte o la opinión – Sé que alguien saltará con el delito de apología o con el cierre cautelar de diarios. Claro que lo primero tiene que ver con que el límite de la libertad de expresión es el derecho a la dignidad humana, y el segundo no tiene que ver con lo dicho en las páginas del diario, sino con las pistolas y bombas que se financiaban con su venta. Y saltarán ejerciendo su derecho a la demagogia. Derecho este que el español conoce bien, no hay más que leer algo de Pío Moa, hojear “El Mundo” o escuchar la COPE. Cuestión de gustos, que diría alguno. A mi personalmente el amarillismo a la americana no es algo que me atraiga demasiado.

Hace muy poco asistíamos a como la religión ejercía de censor con respecto a unas caricaturas. Incluso se quemaron embajadas, no por culpa de las caricaturas, sino por la intolerancia religiosa. Dentro de poco se estrena la película basada en el bestseller de Dan Brown, “El código DaVinci”, y el Opus Dei ha intentado por todos los medios censurar la película, cosa que ya intentó la Iglesia Católica con el libro. El párroco de la iglesia veneciana de San Stae colgó el aviso de “Cerrado debido a razones técnicas”, censurando así la obra de Pipilotti Rist, “Homo sapiens sapiens”, en la bienal de Venecia. Y es que eso de que todo sea criticable es algo que las religiones llevan muy mal.

Lo llevan casi tan mal como convivir con la democracia y el laicismo. Es demostrable que se sienten más cómodos en regímenes dictatoriales, aunque sea en aquellos en los que se les persigue, porque, seamos serios, ¿Qué es una religión sin mártires? Y en los otros, bueno, para que hablar de nacional catolicismo en un país que lo sufrió durante cuarenta años y hace pocos sus obispos salían a la calle en procesión, digo, en manifestación contra el matrimonio de personas del mismo sexo, pero no se les ve el pelo en las manifestaciones contra la pobreza o la violencia de género.

Ya el colmo es cuando hay que leer estupideces como que nuestra democracia es fruto de la tradición cristiana. Que no sé yo si es que ven democracia en el Vaticano o es que se me escapa algo en la tradición judeo cristiana, pero vamos, que Pericles estará vomitando en su tumba. Chorradas neoliberales de apego al conservadurismo más reaccionario.

La libertad de culto es primordial en una democracia, pero desde luego las creencias religiosas no están por encima de la libertad de expresión ni puede esgrimirse como parte de la dignidad de la persona. Hay gente que cree a pie juntillas en la existencia de los ovnis y no por ello queman embajadas cuando se les caricaturiza, ya sea a ellos o a los hombrecillos verdes. Y, desde luego, no es lo mismo poner en una caricatura a dios diciéndole a esos descerebrados inmolados que paren, porque ya no quedan vírgenes en el paraíso, que una viñeta en la que una mujer que está siendo violada ponga cara de disfrute. Lo primero es crítica risible y sana, lo segundo es incitación a la violencia de género.

Y ya que estamos, a ver cuando este Estado nuestro deja de financiar creencias religiosas que tienen dinero para erradicar el hambre del mundo durante treinta años. ¿Alguien podría explicarme porque nos gastamos el dinero que nos gastamos por culpa del Concordato si resulta que estamos haciendo camangos para solucionar el problema de la vivienda? Y lo pregunto sin acritud, que con el dinero del Concordato podrían construirse muchas, muchas, muchas casas para jóvenes, subvencionar adaptaciones de casas para minusválidos, para personas mayores.

Que ya está bien de vivir del cuento. ¡Que cruz!

Buenas noches, y buena suerte...

Suena de fondo “Hey, Jude”, de los Beatles.

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