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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Rusia y EEUU, en vísperas de la cumbre de G-8

Vladimir Simonov
Redacción
sábado, 22 de abril de 2006, 20:27 h (CET)
El encuentro entre los jefes de la diplomacia del quinteto permanente del Consejo de Seguridad de la ONU más de Alemania en Moscú, en el que se intentó resolver el problema de qué hacer con Irán terminó sin resultados, debido a la diferencia de actitudes que Occidente, concretamente EE.UU., por una parte, y Rusia, por la otra, mantienen hacia los métodos a adoptar para prevenir el acceso de Irán a las armas nucleares.

Moscú sigue considerando inaceptable toda forma de coacción por la fuerza. Pero Rusia y EE.UU. coinciden totalmente en que Irán, igual que Corea del Norte, no debe llegar a poseer la bomba atómica.

Mas, lamentablemente, a medida que se acerca la cumbre de julio del G-8 en San Petersburgo son cada vez menos los campos en que predomine la unanimidad entre Rusia y Estados Unidos. Entre Moscú y Washington parecen haberse roto las amistades. Los expertos rusos se sienten alarmados observando un brusco recrudecimiento de la crítica que Washington mantiene tanto respecto a la democracia como la política exterior de Rusia, crítica que, además de injusta, encubre los intereses hostiles respecto a nuestro país.

Veamos la situación con los ojos de un sencillo ciudadano ruso. Iván Ivanov se extraña de ¿por qué a Washington le gustaba tanto la situación en Rusia en los años 90, en la época de Borís Yeltsin? En aquellos tiempos aquí dominaba una raquítica fachada de democracia que encubría el desborde de clanes oligárquicos y corruptos que manejaban el Kremlin como les venía en gana. ¿Por qué la élite norteamericana, comenzando por el presidente Bill Clintn, estaba convencida e insistía en que Yeltsin, a pesar de los defectos que tenía, guiaba la nación por un camino acertado?

La mayoría de los ciudadanos rusos no dudan de que Vladimir Putin ha heredado a Borís Yeltsin un caos en vez de un país. No obstante, el nuevo presidente ha sabido restablecer el sistema de administración y prevenir la desintegración de Rusia.

Ahora es de moda acusar a Rusia de pecados como autoritarismo de la cúspide, la restauración de ambiciones imperiales y el empleo del gasoducto como medio de solución de problemas externos. El Consejo Norteamericano para las Relaciones Exteriores publicó en marzo pasado un informe en que se afirma que Rusia bajo Putin “camina en una dirección errónea”. En aquellos momentos la Casa Blanca publicó su renovada “Estrategia de Seguridad Nacional” en que advirtió displicentemente: “Los intentos de Rusia de frenar el proceso de democratización dentro y fuera de su país pueden impedir el desarrollo de sus relaciones con EE.UU…”

Salta a la vista una misma fórmula: el flujo de acusaciones aumenta a medida que Rusia se recupera después de la enfermedad provocada por el cambio del régimen económico-social. Cuanto más fuerte se hace el país menos gusta a alguien en Estados Unidos. Para decirlo en otras palabras, las causas de la actual guerra fría recuerdan en buena medida las de la primera. En aquella época a Occidente le preocupaba la creciente influencia de la Unión Soviética en Europa del Este. Ahora, debido al hecho de que Rusia vuelva a convertirse en un Estado prestigioso y enérgico a que la comunidad internacional tiene que respetar.

La falta de coincidencia en la interpretación de la democracia entre Rusia y EE.UU. se incrementó después de que Concilio del Pueblo Ruso, que representa un amplio círculo de movimientos sociales de Rusia, adoptó hace días bajo la dirección de la Iglesia Ortodoxa la “Declaración sobre los Derechos y la Dignidad Humanos”. Este documento de hecho acusa de inmoralidad el modelo occidental de libertades cívicas. Los derechos y libertades fuera del contexto moral hacen que el hombre sea proclive a la xenofobia, al desprecio por sentimientos religiosos de otros y demás pecados. La concepción occidental confunde los derechos del hombre con la permisibilidad total, afirman los autores del documento que ha provocado una amplia resonancia en el seno de la sociedad.

Estas ideas podrán parecer polémicas a muchos. Pero de lo único de lo que no cabe duda es de que el convencimiento mesianista que EE.UU. tiene de su propio modelo de democracia difícilmente puede ser aceptado en Rusia.

Afortunadamente para Moscú y Washington, además del programa democrático, existe otro programa de relaciones ruso-americanas, basado en intereses menos ideologizados y más pragmáticos. Estados Unidos necesita colaborar con Rusia, mientras que Rusia necesita colaborar con Estados Unidos en campos como neutralización de las huestes terroristas de Al Qaeda, conservación del carácter civil de las investigaciones nucleares de Irán y Corea del Norte, la seguridad de la producción y distribución de recursos energéticos. Sin la participación de Rusia que posee talentos humanos y tecnologías el mundo sería más vulnerable frente a nuevas amenazas transnacionales como la epidemia de gripe aviar o el caldeamiento global.

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