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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Hacer turismo

Francisco Rodríguez (Granada)
Redacción
viernes, 21 de abril de 2006, 01:47 h (CET)
La rapidez de los viajes aéreos, la mejora de las autopistas y autovías, los vehículos cada vez más rápidos y cómodos unidos a una mayor disponibilidad de dinero o crédito de los ciudadanos, incluso a los programas de las administraciones públicas para la tercera edad y la ausencia de conflictos armados en buena parte del mundo, han intensificado los desplazamientos turísticos de grandes colectivos de población.

Estos desplazamientos tienen como objetivo visitar de forma fugaz y apresurada ciudades de España o del extranjero para ver monumentos, museos, palacios, castillos, iglesias, catedrales, monasterios y los restos más o menos auténticos de los cascos antiguos de pasadas formas de vivir. No tendrán oportunidad de conocer a nadie de los lugares que visiten, quizás tan solo de establecer amistades efímeras con los que viajen en el mismo autobús, pues los viajes en autobús suelen durar horas y dan oportunidad para la conversación. Tampoco podrán asimilar gran cosa de la historia que justifique la existencia de palacios, castillos, monasterios, iglesias o catedrales pues los guías darán sucinta noticia de ello dando por supuesto conocimientos de historia, de arte, de religión, que quizás sólo tengan algunos de sus oyentes.

Gracias a los aparatos fotográficos, cada vez más fáciles de manejar, todos tratarán de apresar en formatos digitales lo que llame su atención, aunque es posible que una vez en su casa les cueste trabajo ponerle pie a tantas fotos.

Algunos comprarán las guías de la ciudad, sobretodo los que hacen turismo por su cuenta en vez de integrarse en viajes organizados. No sé si estas guías se leerán con reposo ni si fueron adquiridas antes del viaje para documentarse sobre lo que iban a ver. Muchos escuchan la explicación del guía que les muestra por ejemplo el retablo de un templo o de una catedral. Les explica lo que representan los relieves e imágenes distribuidas en los diferentes cuerpos del mismo, el desarrollo catequético que el artista concibió para “meter por los ojos” a los cristianos de su tiempo los contenidos de su fe. Es posible que hoy todavía, bastantes de las personas mayores que lo contemplamos lo entendamos o al menos nos suenen nombres y situaciones, pero dentro de unos años los turistas que lleguen hasta el retablo ¿entenderán algo? ¿No será algo externo y lejano, como cuando miramos las pirámides?

Con los monumentos, palacios y castillos puede pasar lo mismo, incluso más acentuado. Si estamos en un país extranjero desconocemos su historia, salvo excepciones. Apenas si sabemos nada de la nuestra ¿cómo vamos a saber algo de la historia de Francia, de Inglaterra o de Alemania? ¿Qué batallas se riñeron con ese castillo al fondo? ¿Quiénes eran los almohades o los benimerines? ¡Claro que hay quien lo sabe!, pero todo esto es un saber de minorías cultas y no un conocimiento generalizado. El pueblo normal y corriente apenas si sabe nada de su historia, de la historia de su nación, la que engloba a todos bajo un mismo nombre, y cada día menos. Es posible que desde otras perspectivas se trate de inculcar “otra historia”: la que nos enfrente a otros, no la que nos une, no la que hicimos en común, sino la que puede ser utilizada en beneficio de minorías disolventes.

Hacer turismo puede ser una forma de distraerse, legítima por supuesto, pero no un deseo de saber ni conocer. Si hubiera deseo de saber y conocer, cada cual conocería en primer lugar su propio pueblo, su propia ciudad, su propio país y esto no ocurre. El retablo de la iglesia de nuestra propia parroquia ¿cuántos podrían describirlo? ¿Cuántos podrían entenderlo? Seguramente han entrado muchas veces en su iglesia, en su catedral, en algún santuario de su entorno, pero ¿su curiosidad ha conseguido interesarlos por aquello? Hay visitas guiadas en la propia ciudad para los mayores de esa misma ciudad. ¿Cómo se entiende que esas personas mayores no conozcan su ciudad? Pero si pueden, harán turismo, visitarán otros sitios, harán fotos, comentarán luego con sus amigos lo bien que lo pasaron, lo bien que comieron y la cantidad de “cosas bonitas” que vieron. Posiblemente se distrajeron, cambiaron de ambiente, ocuparon parte de su tiempo libre, pero ¿aprendieron algo, enriquecieron su saber, ampliaron su capacidad de conocimiento, gozaron de la belleza del arte, del paisaje, de la variedad de un mundo maravilloso?

Quisiera que estas preguntas pudieran contestarse afirmativamente pero para ello pienso que habría que aumentar una educación previa y organizar nuestro turismo en forma más reposada, más reflexiva, menos apresurada.

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