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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Milenio

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 19 de abril de 2006, 22:13 h (CET)
"Harlem es un precioso fruto del Jardín de Edén, la gran manzana", escribió Alain Locke, filósofo afroamericano. Con estas palabras, el pensador estadounidense bien seguro de que su pensamiento no se quedaba encerrado dentro de los límites del barrio marginal neoyorquino. Es muy posible que tuviese en cuenta toda la fealdad que como consecuencia de haber comido Adán el fruto prohibido embadurna la belleza con que la Tierra fue creada.

Rosa Montero, en su escrito que lleva el mismo título que el que el lector lee, publicado en El País (21-09-05), dice: "Desde que entramos en el tercer milenio, se diría que también hemos llegado a la antesala del Apocalipsis. Primero fue el 11-S, que no sólo reventó las Torres Gemelas, sino también los cimientos de la realidad. Desde entonces hemos intentado acostumbrarnos a la inseguridad del terrorismo, pero resulta que, sin haber conseguido reconstruirnos psíquicamente, siguen sucediendo cosas pavorosas".

Alain Locke, en su cita se refiere al Jardín de Edén y a la supuesta manzana que comieron nuestros primeros padres. Podemos considerar mitológico este pasaje que aparece en las primeras páginas de la Biblia y que nos transporta a los albores de nuestra existencia. De censurar este texto, no hace falta extirparlo de las páginas bíblicas, basta con decir hasta la saciedad que es pura mitología, para que el hombre no lo crea. En consecuencia se siente incapacitado para entender los acontecimientos desagradables que nos acaecen con tanta frecuencia. A pesar de que Rosa Montero diga que "somos duros, somos tenaces y estamos llenos de desganas de vivir", lo cierto es que lo hacemos a regañadientes y sin esperanza convincente. Continuamos porque no nos toca más remedio que hacerlo. Sí de nosotros dependiera ya hace tiempo que hubiéramos tirado la toalla o nos hubiéramos lanzado a la vía del tren.

Adán y Eva se fueron de excursión al campo en un día soleado y cálido, llevando consigo una cesta repleta de suculentos manjares que con todo esmero había preparado Eva. Tendieron una manta debajo de un frondoso árbol que les proporcionaba un fresco reguardo. Mientras se zampaban la comida, los esposos comentaban las delicias que disfrutaban. Se tumbaron sobre la manta para disfrutar de una reparadora siesta. Antes de que sus ojos se cerrasen por el sueño, Eva se dio cuenta que de las ramas del árbol que los protegía de los rayos solares pendían unos frutos apetitosos que le estaban diciendo: "¡Cómenos!" Comió y lo compartió con su esposo. Algo sucedió. Ambos se dieron cuenta de que estaban desnudos. Dios les dijo el motivo de su nueva percepción y las consecuencias de la ingestión prohibida: "Maldita será la tierra por tu causa, con dolor comerás de ella todos los días de tu vida" (Génesi,3:17).

Las consecuencias de la desobediencia afectaron a nuestros primeros padres y a toda su descendencia. Caín mató a Abel. Lamec fue el primero en expresar en voz alta la sed de venganza. El mal va creciendo en intensidad: "Y vio el Señor que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal" (Génesis, 6:5).

Dios pone fin a esta carrera de maldad que es irreversible enviando el Diluvio que borró de la faz de la tierra a toda la humanidad. Sólo se salvaron de la terrible catástrofe Noé, sus hijos y sus esposas respectivas. El sol brilla de nuevo y una nueva humanidad emerge de las aguas, humanidad que sigue manchada por el pecado. La maldad vuelve a ser mucha en la tierra. A partir de ahora ya no son juicios globales los que caen sobre los hombres. Son sentencias limitadas. Sodoma y Gomorra son el ejemplo más conocido. Las guerras que nos narra el Antiguo Testamento son juicios de Dios para castigar la impiedad humana utilizando la maldad que alberga el corazón del hombre. Algo estremecedor brota de los labios de Dios: "Con todo, no se han arrepentido y persisten en su impiedad".

Rosa Montero apunta en su escrito "Milenio" a "un barrunto milenarista del fin del mundo". El apóstol Pedro, refiriéndose a este acontecimiento futuro que pondrá fin a la existencia humana en la dimensión actual, dice: "Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche…y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas". Esta profecía viene arrastrándose de generación en generación desde Enoc que anunció: "He aquí vino el Señor con sus santas docenas de millares" (Judas,14).Han pasado milenios desde que Enoc predijo este acontecimiento final y nada ha sucedido. Esto es un mito para embaucar a los ignorantes, piensan algunos. Pedro, refiriéndose a esta aparente tardanza, escribe: "El Señor no retarda su promesa como algunos tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos se arrepientan". Ya que el mundo tal y como hoy lo ven nuestros ojos ha de dejar de ser para dar paso a un "cielo nuevo y tierra nueva en donde mora la justicia plena", Pedro nos exhorta a "vivir de una manera santa y piadosa".

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