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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los nazis y los comunistas

Francisco Rodríguez Barragán (Granada)
Redacción
miércoles, 19 de abril de 2006, 01:11 h (CET)
Desde la subida de Hitler al poder en 1933 hasta su definitiva derrota en 1945, el régimen nazi invadió países, eliminó por razones étnicas a una parte importante de su población y provocó la espantosa y sangrienta II Guerra Mundial. Todos nos sentimos satisfechos que tal régimen desapareciera y sus doctrinas y símbolos arrojados al basurero de la historia. Sólo algunos grupúsculos de descerebrados agitan, sin audiencia apreciable, los fantasmas de aquel pasado, que no tiene papel alguno en el mundo actual.

El régimen comunista ha durado seis veces más, ha asesinado a muchas más personas que los nazis, ha avasallado pueblos enteros, promovido innumerables guerras, ha ejercido una inmensa tiranía sobre millones de personas a través de estados policíacos, purgas y revoluciones. Terminó cayendo en 1989 baja el peso de su propia podredumbre, sin que hasta el momento haya conseguido facilitar a sus ciudadanos más libertad ni más bienes.

Pero es curioso el distinto tratamiento que se les dispensa a los que dentro del mundo que no cayó bajo su oprobio se siguen proclamando comunistas y tienen la desfachatez de hablar de justicia y de democracia sin dejar de ser comunistas. Me sorprende que todavía haya gente que se congregue bajo sus banderas rojas creyendo que ello es progresista, que bajo los postulados comunistas se está defendiendo la libertad, la democracia o la justicia social. Después de la caída del muro de Berlín ¿cómo existen aún catervas de seguidores de tan nefasta teoría?, ¿por qué se les sigue admitiendo en los parlamentos y en las instituciones de los estados libres en lugar de expulsarlos definitivamente como se hizo con los nazis?

Pienso que los comunistas actuaron siempre más motivados por su odio a los ricos que por su amor a los pobres. Y aunque se haya hundido su imperio ideológico su siembra de odio no ha sido contrarrestada debidamente. Ellos siguen atizando el odio, especialmente contra Norteamérica, aunque ahora su lenguaje falaz utilice la democracia, en la que nunca creyeron cuando mandaron, para hacer circular sus consignas, para seguir engañando al personal con promesas de revoluciones que han demostrado que han tenido un costo de sangre y muerte como ningún otro régimen.

Por supuesto que la democracia está llena de defectos, pero por el momento todos los sustitutivos que se han presentado han resultado peores. El mercado absoluto no es una solución justa. El sistema de representación a través de la mediación de los partidos, en los que inexplicablemente está el comunista, que si ganara terminaría con toda democracia, tiene muchas cosas criticables: la primera que los ciudadanos eligen a aquellos gobiernos que entienden que pueden gestionarle una mayor seguridad y un mayor disfrute de bienes de consumo. Que las relaciones entre los países sean más justas y más equilibradas es una idea que se abre paso con grandes dificultades, pues hay que reconocer que es el egoísmo y no la solidaridad lo que, desgraciadamente, decide nuestros votos. Ya es algo que dentro de cada país se vaya consiguiendo un cierto equilibrio a través de la redistribución de la renta y los mecanismos impositivos, sin olvidar que estas medidas políticas se hacen muchas veces pensando más en los votos que pueden mantener en el poder al partido gobernante que a la realización de una mayor justicia distributiva.

Los problemas del mundo y de las democracias no se pueden resolver sembrando odio, ni sembrando confusión. Tengamos claro que todos actuamos por intereses, los políticos y sus votantes aunque tratemos de disfrazarlos con grandes palabras. Si cada cual pusiera de manifiesto abiertamente lo que pone en marcha sus acciones y decisiones, a lo mejor sería más fácil entendernos. ¿por qué votamos a un partido en lugar de a otro? ¿qué ventajas esperamos obtener de que ganen los “nuestros”? Esos partidos ¿buscan el poder para hacer una sociedad más justa o para favorecer a sus militantes y si acaso a sus votantes? ¿o esperan obtener el poder para hacerle la vida imposible a los contrarios?. Mientras sigamos ocultando nuestros intereses reales, de verdad, bajo el mando del “progresismo” o de los “valores de la derecha” esto no tiene salida.

Pero en ningún caso la salida puede buscarse en los que fracasaron abiertamente con sus banderas rojas de odio y sangre, en los que siguen sembrando odio, en los que generan confusión. Al igual que se hizo con los nazis, arrojemos al muladar del pasado a las teorías y símbolos comunistas, dejemos de seguir sus trasnochadas banderas, sus trasnochados eslóganes, su carroñero oportunismo. Busquemos otras salidas desde la verdad de nuestras propias motivaciones y si al examinarlas comprendemos que no son realmente valores defendibles, cambiemos nuestra conducta personal, nuestra actitud y nuestro voto.

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