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Etiquetas:   Políticamente incorrecta   -   Sección:   Opinión

Por el derecho a una vida digna… para los pollos

Almudena Negro
Almudena Negro
@almudenanegro
martes, 18 de abril de 2006, 02:57 h (CET)
Es la última tontería que he encontrado en la red. La imagen de un activista -ecologista y marxista, por supuesto- disfrazado de pollo, ensangrentado con ketchup y colgado por los pies. O sea, haciendo el idiota. La pancarta que acompañaba a tan ridícula imagen rezaba –en alemán-: “El Kentucky Fried Chicken tortura a los pollos”.

Además de la propia falacia que acompaña a toda la escena –no creo yo que los pollos lleguen vivos a ningún restaurante de esta cadena norteamericana; reto a los ecologistas y demás fauna y flora a encontrar la vaca viva en la sala de torturas de cualquier McDonalds-, nos encontramos ante el marxismo más rancio y trasnochado de todos los posibles: el ecologismo. El penúltimo refugio de los liberticidas de todos los colores y pelajes.

Nuestro ecologismo proteccionista odia los restaurantes de comida rápida por varios motivos: en primer lugar porque representan el triunfo de la democracia liberal así como de la globalización y, encima, a mayor escarnio de la progresía, son useños.

¿Recuerdan a José Bové, ese presunto terrorista que se dedicaba a alentar atentados contra la cadena de restaurantes McDonalds en Francia hasta que una empleada de un restaurante falleció a causa de un atentado con bomba? ¿Recuerdan los elogios a Bové que teníamos que leer en casi todos los medios de comunicación españoles durante años?

Ya saben que se dice que la libertad en los países se puede medir según el número de McDonalds que haya en sus ciudades. Y nuestra izquierda odia la libertad.

En segundo lugar los ecologistas detestan esos restaurantes porque a ellos pueden acudir los trabajadores acompañados por sus familias sin tener que desembolsar un dineral. Porque esa es la realidad: los McDonalds son restaurantes que crean miles de empleos en todo el mundo y que dan de comer por poco dinero a millones de familias sencillas. Así, son numerosas las familias de clases medias que no se pueden permitir, por ejemplo, celebrar los cumpleaños de sus hijos en restaurantes de lujo. Esas excentricidades quedan reservadas para los ricos miembros de la nomenklatura, que, por otra parte, no soporta que se haya popularizado eso de salir de comilona. ¡Ay, el elitismo socialista! ¡Cuánto odio hacia las clases medias que han hecho imposible el sueño leninista!

Y en tercer lugar porque anteponen la vida del animal a la del ser humano, al que desprecian. En palabras de Carl Amery, que fue portavoz de Los Verdes alemanes: “Nosotros en el movimiento ecologista aspiramos a un modelo cultural en el cual talar un bosque sea considerado más despreciable y más criminal que vender niños de seis años a los burdeles asiáticos”. ¿Se puede decir más claro? Sí. En palabras de Jacques Costeau (¿recuerdan a aquél amable viejecito francés de las series de televisión?): “Para estabilizar la población mundial debemos eliminar 350.000 personas por día”. O en palabras de David Graber, destacado ecologista norteamericano: “La felicidad humana, y ciertamente la fecundidad humana, no son tan importantes como un planeta salvaje y saludable. Algunos de nosotros sólo confiamos en que llegue el virus adecuado”.

Además, no me digan que no es curioso que los mismos que hablan de la dignidad de los pollos o de la protección de la vida para los “whoppers” sean los mismos que “comprenden” y, en numerosas ocasiones, justifican los movimientos terroristas que sesgan miles de vidas humanas o que sean los mismos que no ven motivo alguno para respetar la vida del nasciturus. Y que sean los mismos que, drogados por un ansia de paz infinito, estén dispuestos a llegar a componendas con criminales. Los mismos que cuando hay que elegir entre una democracia liberal y una dictadura siempre encuentran alguna justificación para ésta última.

Cualquier día de estos vemos a Otegui, el portavoz de Batasuna/ETA, disfrazado de pollo arremetiendo contra los Kentucky Fried Chicken del País vasco al grito de: “por el derecho a una vida digna de los pollitos”. Sería la astracanada final.

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