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Opinión

Etiquetas:   A sangre fría   -   Sección:   Opinión

Testamento

Jesús Nieto

martes, 18 de abril de 2006, 02:57 h (CET)
Aquella noche envejecí. Segundos después de retomar el aliento, titubeando una respuesta digna, apenas acerté a fingir sorpresa. El peso de la palabra hundió los instantes previos de una felicidad primaria, sepultada en el lodazal del recuerdo. La memoria de un tiempo de sol y Madrid, de primeros y furtivos sentimientos, que iniciarían en la maltrecha alma, la senda de un sufrimiento que irrumpió en mí camuflado en la dicha de un palpitar en el pecho que nunca sentí, y que como presagio funesto del sino al que soy eternamente condenado, me burló con la facilidad de un ilusionista perverso.

Sí, aquel verano sería distinto. Visto desde la distancia, en instantes inmortales en la eternidad del objetivo fotográfico, percibí que no era yo quien vivió esos momentos.

Que acomodado en el sueño que es la vida para Calderón, apenas pude testificar con la verdad de una caricia, o con el soplo del terral que viví un tiempo que no pertenecía.

Que era esclavo de un tirano, quien escondido en las redes del destino, asesinaba con lentitud pasmosa los destellos de felicidad que pudiese aspirar.

Andaba exiliado de mi propio interior. Errante y difuminado en las calles, paseaba sin dirección ni horizonte, hastiado de inquirirme qué era la felicidad, a la vez que conocía lo cercana, y a la vez lo distante que se me presentaba.

De una muerte de madrugada, con un cubata en la mano y yaciendo en cualquier tugurio de Malasaña, no me libró más que la perversa rutina de los días.

Pero el tiempo me concedió calma. Detuve el acontecer de los segundos, de las miradas y los semáforos. De los gritos y los llantos, y sólo así, reconfortado en el engaño de un beso, y la promesa de un amor eterno “ de saldo y esquina”, que diría el tito Sabina, armé de valor mi pluma, y no sin vicisitudes comencé a redactar semanalmente cuartillas ácidas, plenas de bilis y amargor, que lejos de transportarme a los abismos, me sumían en el liviano sueño de lo cotidiano.

El mero hecho de detenerme a otear la realidad, la ópera bufa de la política, me calmaba balsámicamente de una existencia de romántico, que el utilitarismo de la sociedad, triunfante y genocida, se hubiera encargado de inhumar en el rebosante vacío del ostracismo.

No se que soy. Puede que un letraherido temeroso de narrar sus miserias. Quizá un poeta frustrado, que por higiene mental, cambie el amor por la política, y el endecasílabo por la columna semanal.

Son mis columnas un homenaje a esa “España peregrina”, a esas voces perdidas y condenadas a vil garrote por la mediocridad del franquismo. Son un grito de libertad, desgarrado e izquierdista de alguien estafado por la existencia, de un escritor que sangra ante la injusticia con la fiereza del desamor. Son, por ello, textos periodísticos en el formato, pero si escarban algo más de la propia tipología acomodada al rotativo digital, convendrán que con modestia es, ni más ni menos, que literatura; literatura condenada al presente, a la grandeza y la miseria del parlamento y sus marionetas.

Porque en el fondo, el mundo se sintetiza en buenos, malos, y alguien que lo cuente.

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