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El dilema de Alexander Lukashenko

Tatiana Stanovaia
Redacción
martes, 18 de abril de 2006, 02:57 h (CET)
La Unión Europea ha prohibido oficialmente la entrada en su territorio para el presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, y otras 30 personalidades oficiales bielorrusas.

El acto de toma de posesión del líder bielorruso se celebró el pasado 8 de abril en un ambiente de absoluta soledad política: lo felicitó mayormente la élite bielorrusa, mientras que las autoridades de Rusia estuvieron representadas solamente por el Secretario de la Unión Rusia-Bielorrusia, Pavel Borodin, el Secretario Ejecutivo de la CEI, Vladimir Rushailo, y el Secretario General de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, Nikolai Bordiuzha.

Moscú parece querer que después de su elección al cargo de presidente Lukashenko haga una opción clara en cuanto a la integración con Rusia: o adopte relaciones de mercado con Moscú, luego de lo cual el “milagro económico” de Bielorrusia pasará a la historia, o crear una Unión, a raíz de lo cual Bielorrusia contará con apoyo económico y político por parte de la Federación de Rusia.

Esta opción difícilmente le conviene a Lukashenko porque, en todo caso, esta integración le hará perder su poder.

Veamos la primera variante, a saber: Alexander Lukashenko renuncia a la integración, o sea, rechaza el Acta Constitucional que le conviene a Moscú, se niega a introducir la moneda única ni cumple la promesa dada hace tiempo a la “Gasprom” de venderle el paquete de acciones de la “Beltransgas”. En realidad, esta es la forma en que las relaciones entre Rusia y Bielorrusia se han mantenido en los últimos años. No cabe duda de que para el amplio público el proceso de creación del Estado Único de Rusia y Bielorrusia y los procesos integracionistas en general siempre han estado en el orden del día, ora sumergiendo con renovada fuerza ora comenzando a extinguirse. Mas, en realidad no ha habido ninguna unión. La idea de introducir la moneda única quedó enterrada en 2003 porque Lukashenko exigió compensaciones y privilegios inadmisibles en materia de la política financiero-crediticia. La última vez que el proyecto de Acta Constitucional dio señales de vida fue en el otoño pasado, pero a Minsk no le convenía a este respecto la propuesta de establecer cargos elegibles de presidente y vicepresidente. Y por último, en el caso relativo a la “Beltransgas” tampoco se logra encontrar una fórmula de compromiso debido a las divergencias en cuanto a los precios.

Mientras que durante varios años este lánguido “proceso de integración” convenía a ambas partes, después de las recientes elecciones todo es distinto. Rusia no quiere actuar más como abogado desinteresado del régimen bielorruso en Occidente, mientras que el interés estratégico por la fusión de Bielorrusia y Rusia (en una forma u otra) adquiere rasgos cada vez más definidos. Ahora el problema se plantea de forma muy clara: si Lukashenko se niega a tomar en cuenta los intereses de Rusia, ésta se niega a tener en cuenta los intereses de Bielorrusia. De ahí, el anunciado aumento de los precios del gas al que puede seguir la desestabilización macroeconómica y recrudecimiento del aislamiento internacional (Lukashenko quedará absolutamente solo) lo cual acarreará problemas sociales.

Es difícil prever lo que puede pasar en lo sucesivo. Aquí se presenta esta disyuntiva: el régimen de Lukashenko caerá por obra de su propio pueblo, es decir, como resultado de una explosión social (lo que no se descarta si falta el apoyo a la economía nacional por parte de Rusia) o por obra de Occidente que hacia las elecciones siguientes tendrá un terreno más favorable para lanzar una “revolución de color”.

La segunda variante es que Lukashenko acepta integrarse con Moscú. Para él sería una decisión muy difícil pues en tal caso pierde la mayor parte de su poder. Le será muy difícil pasar a ocupar el cargo de presidente elegible en el Estado Único pues es dudoso que pueda ganar los votos de los electores rusos. Pero es muy probable que pase a ocupar un alto cargo no elegible.

Todas estas variantes tienen mucho en común: Lukashenko pierde el poder. Pero también hay diferencias. Se puede perder el poder inevitablemente y en forma voluntaria sin consecuencias graves, pero se puede perderlo en forma forzosa y con consecuencias poco agradables. Una explosión social puede llevar al poder a las fuerzas políticas que opten por revisar la herencia de Lukashenko, lo cual dista poco de persecuciones criminales. Es que si, a raíz de las elecciones, la oposición prooccidental llega al poder, Lukashenko no será “Kuchma” bielorruso: cabe recordar que el ex presidente de Ucrania estaba preparado a que Víctor Yuschenko ganara las elecciones, llevó a cabo una reforma constitucional y les permitió en muchos aspectos a “los naranjistas” llegar al poder.

En caso de que Bielorrusia se integre con Rusia, aun cuando pierda el cargo de presidente de su país, Lukashenko siempre podrá pasar a ocupar uno de los cargos claves en el Estado Único. En este caso Rusia creará, sin duda, condiciones más propicias para conservarle una activa vida política.

Mas, supongamos que ninguna de estas variantes le convenga al propio Lukashenko. Sus cálculos se basan en gran medida en que, primero, sus posibilidades sociales y políticas internas quedarán inagotables todavía por mucho tiempo y, segundo, este “juego de integración” con Rusia puede continuar siempre sin que ello ocasione obvias consecuencias.

No obstante, si antes, en cuanto empeoraban las relaciones con Moscú, el líder bielorruso no tardaba en insinuar que podía cambiar de orientación (adoptando una postura prooccidental), ahora será, por lo menos, ridículo pues ha pasado un punto detrás del que este cambio de casaca resulta ya imposible.

De modo que en realidad podemos presenciar ahora la lucha entre dos “visiones” del futuro de Bielorrusia: Lukashenko piensa que podrá sobrevivir aun sin contar con apoyo externo, mientras que Moscú está seguro de que ello es imposible. El tiempo ya se encargará de mostrar quién lleva la razón.

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Tatiana Stanovaia es directora del Departamento Analítico del Centro de Tecnologías Políticas, para RIA Novosti.

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