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Opinión
Etiquetas:   La parte por el todo  

Cuando el otro eres tú

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 16 de abril de 2006, 01:58 h (CET)
Esta semana, en el barrio barcelonés de Gràcia, se ha arrestado -y puesto en libertad con cargos- al propietario de una librería que distribuía publicaciones de aire nacionalsocialista, de contenido xenófobo y de negación del holocausto judío en la Alemania del nazismo. El detenido tenía pendiente una sentencia del Tribunal Constitucional desde el 1998, por presentar un recurso a una sentencia de cinco años de prisión por apologías e incitaciones.

En la época de los relativismos, en la que casi cualquier comportamiento está admitido por la supuesta defensa de la libertad, no se admite que alguien pueda predicar a favor de las fuerzas del eje. En la edad del “todo vale”, la ley y la opinión pública se oponen a la libertad de expresión de un librero.

¿Qué es lo que hace que unas situaciones nos pongan en un compromiso a la hora de decidir si son “buenas” o “malas”, y en otras lo tengamos tan claro? ¿La distancia? Quizás la distancia cultural. Cuando en Estados Unidos se comete algún acto que nos ofende, quizás porque creemos que estamos muy cerca de su manera de pensar, no dudamos en hacerlo saber. Pero cuando el conflicto se localiza en otro lugar, en África o en el lejano Oriente, por ejemplo, nuestra opinión se ve nublada por lo exótico del lugar, del no sentirnos con potestad para decidir.

En el caso de la librería de Gràcia, el tema nos toca a muchos muy cerca de casa. La distancia es corta. La distancia temporal tampoco es demasiado extensa, unos de setenta y cinco años tanto para la experiencia fascista en Europa como en España. En esas publicaciones se banaliza el sufrimiento de millones de personas. Su dolor no puede tomarse tan a la ligera.

Parece que hay valores que están por encima de otros en una supuesta jerarquía. No cabe, pues, decir que todo depende del color del cristal con que se mire. En el momento en que se tocan ciertos temas, lo relativo se vuelve absoluto. El holocausto supone la impartición de muerte y sufrimiento de un grupo humano sobre otro. El holocausto estuvo mal.

Pero otras cosas no parecen estar tan mal vistas. ¿No creemos que nos valoramos en demasía si consideramos que nuestro dolor, como comunidad de “civilizados”, cuenta más que el que puedan sentir las niñas que sufren la ablación del clítoris? Su mutilación supone, en muchas ocasiones, un paso necesario para la consecución de la vida adulta, por lo que su elección se limita a la amputación o al rechazo social (dolor físico o muerte social). La eliminación de la población judía no era más que un medio a través del cual llegar a la Alemania que idearon los nazis.

Creo que habría que dejar de lado el relativismo, al menos en la cuestión ética; no condenemos el dolor que nos provocan únicamente porque es nuestro sino porque, por encima de todo, es dolor provocado. No digo que deba rebajarse el dolor de los judíos, ni el de los que sufrieron la represión tras perder la guerra civil. Sólo digo que a ellos (a los que no somos nosotros) también les duele.

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