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Etiquetas:   Sálvese quien pueda   -   Sección:   Opinión

Crucifixión y botellón

Joan Torres

viernes, 14 de abril de 2006, 20:18 h (CET)
Llega la Semana Santa y con ella toda la liturgia católica que invade las calles sin pedir permiso a la ciudadanía. Como dice el artículo 16.3 de la Constitución: 'Ninguna confesión tendrá carácter estatal'. Sin embargo, en esta época televisiva de 'Ben-Hur', 'Espartaco' y 'Los diez mandamientos', el chirriar de los coches nos recuerda que acechan los capirotes nocturnos. Amigos, es época de procesiones. A mí, plin, que se paseen con su cera y se flagelen me parece bien. Especialmente esto último. Pero que lo que hagan en el campo, donde no molestan a nadie. Cientos de calles en toda España se cierran para que los católicos puedan pasear sus maderas moldeadas antropomórficamente en un desfile algo siniestro. Ah, y no hable o intente cruzar la calle, será reprendido por la turba exaltada. Los ateos o seguidores de otras religiones ya querrían para sí esa permisividad de las autoridades.

Hay un claro paralelismo que hace unos días inundó los medios de comunicación generando ríos de tinta de indignación, asombro y demás discursos apocalípticos: el macrobotellón. Por una parte y extrañamente, las procesiones se aceptan sin más. En cambio, los jóvenes alcoholistas fueron tachados de falta de valores y hubo quejas sobre la celebración del ultrabotellón por las molestias que causaba y su incivismo manifiesto. En cambio, nadie ha reparado en las infectas procesiones. Cientos de adultos se pasean, muchos de ellos descalzos, con una capucha puntiaguda y vela en mano a dos por hora por las calles públicas. Y ellos también ensucian, basta oír qué ruido hacen los coches al circular.

Hablando de la Semana Santa es impensable no relacionarla con cruces y clavos. La crucifixión, ese castigo agonizante tan popular en las películas de romanos. Quizá convendría recuperarlo para según qué personajes de la escena internacional. Entre otros, el primer ministro italiano -de momento-, Silvio Berlusconi. Sus pecados: Antes de las elecciones llama 'coglioni' (literalmente 'genitales masculinos' o como se ha traducido en los medios 'gilipollas') a aquellos que no le voten. Después, pierde las elecciones por una distancia ínfima, 25.000 votos. Un margen que le otorga mayoría absoluta al líder de la izquierda Romano Prodi gracias a una ley que promovió el ejecutivo de Berlusconi. Entonces el dueño de media Italia se empeña en impugnar el resultado electoral. Crucifixión ya. Pero por pesado.

En este caso, Il Cavaliere probablemente emularía a Eric Idle en la inefable 'La vida de Brian', cuando los condenados tienen que ir a recoger su cruz. Recuerden:

- ¿Crucifixión?

- No, libertad.

- ¿Cómo?

- Sí, libertad. Dijeron que no había hecho nada así que me puedo ir a vivir a una isla.

- Ah, enhorabuena, primera puerta a la izquierda.

Idle se mofa del guardián y después de sí mismo, al reconocer que debe ser crucificado y recoger su cruz. Silvio se libraría también, a saber con qué jugarreta. Ante estas disyuntivas, un halo de luz acaba de iluminar mi mente y os voy a ilustrar a modo de Evangelio. Sería del estilo Joan 7/13, ¿no? Digo pues, que la solución está clara: instalar cruces en los parlamentos de medio mundo. Así seguro que entes como Berlusconi no se escaparían. Por otra parte, los botellones se podrán celebrar donde y cuando uno desee. Bastará con ponerse un capirote, encender una vela y transportar una botella de Johnnie Walker de madera que pese 100 kilos. Así, el apoyo del pueblo y del clero está asegurado.

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